EL PAíS › EL RELATO TRAS SALIR DE PRISION

La odisea de Erna

“Ahora, por fin estoy con mi hija”, dice Erna Ibáñez, después de haber recuperado la libertad. Los ojos, entonces, se le ponen brillosos, húmedos. A Sebastiana Elizabeth, de seis años, la mantiene sentada sobre sus piernas y la rodea con sus brazos. La tiene atrapada, como para no dejarla escapar. Es uno de esos momentos que ninguna de las dos pudo tener en el último año y medio, durante el que Erna permaneció presa y era juzgada por la muerte de su otro hijo, a quien ya muerto llamó Cristian. Sus abogados intentaron demostrar que la muerte del bebé fue consecuencia de los maltratos que sufrió Erna por parte de su madre en el embarazo, ya que se oponía a la unión entre ella y su pareja. “Si lo tenés, te mato a vos y a tu hijo”, cuenta que le gritaba su madre mientras le pegaba.

–¿Cuándo llegó a la Argentina?

–Yo soy de Itapúa, en el sur del Paraguay. Vine en septiembre de 2004.

–¿Qué la llevó a decidirse a venir al país?

–Me vine para acá por el maltrato de mi mamá. Me pegaba porque no lo quería a él –cuenta y lo señala a Fulgencio Benítez, a su lado, un ex seminarista a quien su familia no quería como novio y que hoy la sigue acompañando–. “Si tenés el bebé, te mato a vos y a tu hijo”, me decía mi mamá. Por eso vine para acá. Gregorio, mi hermano, me mandó plata y los pasajes.

–En su país, ¿pudo hacerse algún control prenatal?

–No, allá donde vivía es todo campo. No hay nada. Con el otro embarazo sí me pude atender porque estaba en San Ignacio, en Misiones. Entonces sí, no bien tenía un dolor salíamos corriendo al hospital.

–Y en Buenos Aires, ¿qué pasó?

–Acá pude ir al hospital. Me atendió una doctora que me hizo una ecografía. El domingo, el 17 (de octubre), tenía que volver porque tenía turno para internarme y tener al bebé, pero no alcanzó, no llegué.

–¿Por qué?

–El 16 a la noche me desperté con sed. No me dolía nada, pero tenía mucha sed. Cuando bajé de la pieza a la cocina y fui a agarrar una taza para tomar agua, entonces sí, me dolió mucho la panza. Le grité a mi hermana. ¡Sonia, Sonia! Para que bajara y me ayudara. Y ahí vino y me desmayé. Me acuerdo de que me desperté en el piso de la cocina con mi hermana al lado. “Tu hijo está muerto”, me dijo. Yo le pedía que me lo mostrara, le dije que lo quería ver, pero ella no me lo mostraba. “¿Para qué querés ver?”, me decía. Yo todavía tenía la placenta adentro, les pedía a mis hermanos que me llevaran al hospital. Les gritaba “me duele mi panza”, pero no me llevaban.

–¿Por qué?

–Mi hermana me decía que para qué iba a ir, que no hacía falta.

–¿Cuándo pudo ir al médico?

–El lunes me cansé de pedir auxilio. Ya no aguantaba el dolor. Aparte iba a mirar abajo, a ver si estaba mi bebé y no lo encontraba. El lunes entonces mi hermana me acompañó hasta el hospital. Yo iba agarrándome del dolor y la gente me miraba. Había visto que antes de salir, Sonia había metido algo en una mochila. Le preguntaba qué era y ella me empujaba para que no pudiera ver. Después vi que ahí tenía al bebé y en el camino lo tiró en una alcantarilla que había cerca de un parque. Cuando llegamos nos dijeron que la doctora no estaba porque atendía en otro lado. Entonces volvimos el martes, pero la doctora no me quería escuchar. Decía que yo había matado al bebé, que tenía que haber ido el 17. Pero si lo maté, para qué iba a volver al hospital. La doctora me tuvo media hora esperando y llamó a la policía. Me volvieron loca. Me llevaron a la comisaría y también detuvieron a mis hermanos. Después me llevaron a (el penal de) Ezeiza. Ahí se dieron cuenta de que tenía una infección porque me había quedado la placenta y me internaron una semana. Mi hermana no tiene cara, no quiero que vuelva a pisar mi casa.

–¿Qué espera para el futuro? –preguntó Página/12 a Fulgencio.

–Ahora tenemos una vida nueva. Nos costó un montón estar juntos. La familia hizo siempre todo lo que pudo para separarnos. Nos hicieron perder a nuestro hijo que tanto buscamos y que queríamos. Todo porque a mí no me querían. Es un sufrimiento terrible.

Erna también quiere pintar el futuro. Pero el presente la deslumbra. “Ahora estoy feliz, porque por fin puedo estar con mi hija”. Y Sebastiana es apretujada otra vez, hasta el infinito.

Informe: Lucas Livchits.

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