EL PAíS › OPINION

Hay dos centrales y una sola reconocida

 Por Luis Bruschtein

La CTA se creó en 1992, cuando un núcleo de gremios, mayoritariamente estatales, se escindió de una CGT que se había comprometido con la política de privatizaciones y ajustes del gobierno de Carlos Menem. Pero al mismo tiempo fue diseñando una lógica interna de democratización de sus estructuras y buscó incorporar una realidad nueva que se planteaba en el mundo del trabajo con la globalización y el neoliberalismo. Abrió así sus puertas a los trabajadores desocupados, a los trabajadores informales, a los que cobran en negro, a los jubilados, las amas de casa, las trabajadoras del sexo, vinculó su actividad con otros movimientos sociales, como el de derechos humanos, los de género, el de los pueblos originarios y el de los chicos del pueblo, entre otros, y diseñó formas de organización territoriales.

Aunque la vieja conducción de Los Gordos fue desplazada por Hugo Moyano, que se había opuesto al menemismo, la estructura de la CGT permaneció inmutable, pese a que el proceso de desindustrialización había achicado los gremios a su mínima expresión, había destruido las obras sociales y llevado a muchos de ellos a profundas crisis financieras. Frente al descalabro y la transformación, la CGT quedó prisionera de la misma lógica de la vieja Argentina de los años ‘50. Una lógica que fue mellada y desvirtuada en 30 años de golpes de Estado y finalmente con el neoliberalismo de los ‘90.

Esta asincronía es un lastre para la CGT que, pese a nuclear a la mayoría de los gremios, tiene dificultades para legitimar su representatividad ante la sociedad. Y cuando lo intentó, modernizó tanto a sus dirigentes que los convirtió en empresarios o, por otro camino, produjo el exabrupto de San Vicente.

El camino que emprendió la CTA, a su vez, no tiene retorno. Por lo menos a esa CGT, porque sería retroceder todo lo que avanzó. Aunque la CTA es minoritaria en relación con la CGT, tiene mejor sintonía con la nueva realidad aun cuando sus posiciones suelen ser más duras. El problema para la CTA es cómo continúa ese camino. En el Congreso de diciembre de 2001, en Mar del Plata, se planteó la construcción de un movimiento social, cultural y político que satisficiera la necesidad de representación política. Por distintos motivos, ese movimiento nunca se organizó y la llegada de Néstor Kirchner al gobierno lo hizo más difícil porque un sector importante plantea un respaldo crítico y otro la confrontación total. De esta manera, las tensiones internas son muy fuertes e impiden la búsqueda unificada de representación política, como hicieron otros movimientos sociales.

Las dos centrales tienen problemas, la CGT para ver cómo cambia y la CTA para continuar el camino que emprendió en 1992. En todo caso, no parece que esos dos caminos fueran a confluir en el futuro inmediato.

La idea de la unidad del movimiento obrero como argumento para negarle la personería jurídica a la CTA no tiene en cuenta la realidad ni la historia. Porque desde la CGT Negra de la Resistencia Peronista y la CGT intervenida por los golpistas del 55, la CGT de los Argentinos y la de Azopardo apoyada por los militares del 66, y desde 1992, la CTA y la CGT, sin contar otras divisiones menos drásticas, lo cierto es que una sola CGT hubo sólo en forma esporádica. Es una realidad que no se borra por negarle la personería. Por el contrario, se crea un cortocircuito al poner fuera de la ley algo que está pugnando por incorporarse a ella.

Para Hugo Moyano, resulta incómodo aceptar que la CGT pierda la exclusividad justamente ahora, cuando él la dirige. El argumento de la CGT es que la personería de la CTA estimularía la división en muchos gremios. A un sindicato no lo afecta demasiado que se desafilien diez trabajadores. Pero si los que se van son suficientes como para organizar otro gremio, entonces el problema está en el gremio original que no los supo contener y por lo tanto debe cambiar para contenerlos. El problema no es de los que se van, en ese caso, sino del gremio que no los supo incluir.

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