ESPECTáCULOS › CLAUDIO TOLCACHIR INAUGURA UNA SALA CON “JAMON DEL DIABLO”

“Uno puede transformar su lugar”

La misma obra de Roberto Arlt que inauguró Andamio 90 le sirve al director para encarar la aventura de su sala Timbre 4. “El entorno es difícil, pero me están pasando cosas buenas”, explica.

 Por Hilda Cabrera

El público ingresa a una sala con clima de cabaret y es conducido hasta mesas donde le sirven vino. La escenografía es artesanal, “de reciclado, hecha por nosotros”, como le gusta señalar al actor y director Claudio Tolcachir, quien hoy a las 23.30 inaugura con esa atmósfera sala propia. Le puso el nombre de Timbre 4, sencillamente porque se trata de una “casa chorizo” ubicada en Boedo 640, a la que se accede tocando precisamente ese timbre. El espectáculo que se ofrece (irá viernes y sábados, este día a las 21 y 23.30) lleva el nombre de Jamón del diablo (cabaré), inspirado en 300 millones, de Roberto Arlt (1900-1942).
En diálogo con Página/12, Tolcachir, quien en esta ocasión asumió sólo el papel de director, dice haber descubierto humor en esta pieza de Arlt, estrenada en 1932 en el Teatro del Pueblo a instancias de su director y fundador Leónidas Barletta. Y ello a pesar de “la negrura y tristeza de la historia que cuenta”. Como escribió el mismo Arlt, hijo de inmigrantes (su madre era austríaca y el padre, alemán), la historia de Sofía –la sirvienta que “sueña despierta” y fantasea, entre otras cosas, con recibir una herencia de 300 millones– surgió de un hecho cierto: el suicidio, en 1927, de una sirvienta española de 20 años que se arrojó bajo las ruedas de un tranvía que pasaba frente a la puerta de la casa donde trabajaba.
La asociación con el ambiente de cabaret pasa en Jamón del diablo por la época, “decadente y de un humor oscuro”. Dedicado desde los 12 años al teatro, Tolcachir participó últimamente de los elencos de El juego del bebé, pieza de Edward Albee que dirigió Roberto Villanueva, y De rigurosa etiqueta, sobre libro y dirección de Norma Aleandro. En cuanto a puestas, condujo una versión propia de Chau Misterix, de Mauricio Kartun, y Orfeo y Eurídice, de Jean Anouilh. Esta vez intenta recrear un nuevo entorno para la sirvienta Sofía. Promete canciones y situaciones desopilantes, con personajes característicos de Buenos Aires. “Pero la verdadera protagonista es una moza que puede pasar inadvertida para el público”, apunta. “En un momento del espectáculo, ella se ubica a un costado del cabaret, y desde ese rincón va introduciendo su historia y transformando a los personajes del cabaret en los otros de su fantasía.”
En el texto original de Arlt, la vieja Azucena sentencia en una de las escenas: “Un pobre soñando imagina los disparates más truculentos”. Lo dice con desprecio, pero es soñando que la muchacha adquiere protagonismo. También en esta versión la Muerte acecha. Es un personaje misterioso y solitario, apartado del resto en el cabaret. La Muerte espía, a la espera del momento oportuno: “Todavía no está a punto la palomita fantasiosa. Todo le pasa por no comer jamón del diablo”. Es justamente esta última frase la que dio título al espectáculo que dirige Tolcachir y que incluye boleros y tangos clásicos, algunos jazzeados, con arreglos musicales de Hernán Crespo. Entre otras composiciones, se escuchan “De mi barrio”, “Chamuyo cafiolo”, “Fumando espero”, “Inocencia” y “La casita” (canción española del año 20, que grabó Imperio Argentina).
–¿Cómo es esto de combinar tristeza y humor?
–En esta propuesta, una línea de trabajo es la propia del cabaret, donde las historias avanzan con sus caracteres algo decadentes pero simpáticos, y otra la de 300 millones. Combinamos dos planos, el de la sofisticada realidad del cabaret y la cruda realidad de esta moza que fantasea, pero cuidando de no plantear las situaciones desde la tristeza sino desde una rebeldía escéptica. Es como poner una cuota de ironía al dolor, mostrar que, aun soñando, algunas fantasías optimistas se ennegrecen y conducen a quien sueña a la locura.
–¿Modifica el texto original?
–No. Siempre me gustó esta obra, y la estudié bien cuando se la eligió en Andamio 90 para inaugurar esa sala. Me interesa respetar el texto, y si digo que ésta es una versión es porque cuento la misma historia de otra manera.
–¿Qué significa hoy abrir una sala?
–Soy consciente de que el entorno es difícil, pero a mí me están pasando cosas buenas. Me preparé desde chico lo mejor que pude para esto que hago. Hace dos años que vengo charlando con Norma (Aleandro) sobre mi necesidad de generar obras y abrir un espacio. Estudié canto en el Conservatorio Nacional y me formé en Andamio 90, donde fue Alejandra Boero la que me puso, siendo yo un adolescente, como ayudante de dirección. El lugar en el que se construyó Andamio fue antes una fábrica de bulones. Estaba sin terminar cuando los alumnos ayudamos a poner la sala en condiciones. Esa experiencia me dio una omnipotencia de trabajo que no perdí. Sé que uno puede transformar el lugar en el que está. Donde hoy está Timbre 4 había una fábrica de zapatos. Me hice un lugarcito para mi casa y el resto lo convertí en teatro. Norma me apoyó con sus consejos. Los que tienen experiencia empujan, y eso está bien. Si ellos se arriesgan, por qué no me voy a atrever yo que tengo 27 años. Uno prueba, y a veces fracasa. A algunos les va mal siempre, tienen un destino trágico. Alejandra usa una frase terrible pero cierta: hay gente que ama el teatro, pero a la que el teatro no la ama. Abrir una sala es como poner una bola a girar. Cuando me quedé sin trabajo, puse Chau Misterix y tomé fuerza. Me reinventé. Hice la obra con 300 pesos, y nos fue bien.
–¿No lo tienta irse del país?
–Tengo muchos amigos que se fueron. Cuando me desanimo o me canso, me lo planteo. Pero éste es el lugar que conozco y donde puedo reinventarme.
–¿Participó en otras piezas de Arlt?
–Sólo en talleres. Trabajé en Saverio el cruel (de 1936), una obra que relaciono con El juego del bebé por esa cosa de llevar el juego al límite, convirtiéndolo en locura. Eso de apostar a lo loco hasta transformar una situación en algo macabro o trágicamente patético lo encuentro en las obras de Arlt y Armando Discépolo, que son mis clásicos. Cuando leo Mateo pienso en algunas historias familiares. Ahora estoy ensayando Babilonia, para estrenar en el ciclo de semimontado Teatrísimo. Es asombroso comprobar la vigencia de lo que se dice ahí, que la plata hay que guardarla en el colchón y no dársela a los bancos, por ejemplo. Sin estar dentro del grotesco de Discépolo, Arlt se le parece por la mezcla de comedia y tragedia que hay en sus obras, y por su humor corrosivo.

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Tolcachir fue uno de los alumnos que trabajó para convertir una fábrica de bulones en Andamio 90.
 
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