ESPECTáCULOS

“La famosa teoría del derrame no se cumplió”

El dramaturgo Roberto Perinelli explica el sentido de “Mil años de paz”, una obra que retrata la violencia ejercida desde los lugares de poder.

 Por Hilda Cabrera

“¿Cómo terminará esto?” “Con mil años de paz” es la respuesta del Conde a Margarita, regenta de un prostíbulo en la tragedia romántica que tras la función especial de ayer estrena hoy el dramaturgo Roberto Perinelli en la Sala Teatro Abierto del Teatro del Pueblo (Diagonal Norte 943). La pieza, que retrata entre otros temas la violencia que ejercen los poderosos, desarrolla una intriga casi a la manera de un policial y en un entorno político convulsionado. Integrante desde sus inicios del teatro independiente, Perinelli debutó en 1969 con Ceremonia de reemplazo o El metejón, pieza a la que le siguieron, entre muchas más, Los pies en remojo, El gallo azul, Miembros del jurado (una historia sobre la justicia por mano propia), Coronación (presentada en Teatro Abierto 1981), Nada más triste que un payaso muerto, Gastón, La cena, Landrú asesino de mujeres y Hombre de confianza. Completa desde hace años esta labor con la docencia: es profesor y director de la EMAD y conduce una maestría en la UBA sobre teatro argentino y el de otros países de América latina. Ha participado, además, con obras propias y seminarios en numerosos festivales y congresos latinoamericanos.
El título de la obra que presenta hoy a las 21 (y los siguientes viernes y sábados) es Mil años de paz, y se relaciona, entre otros males, con la arbitrariedad del poder. En la entrevista con Página/12, Perinelli menciona dos textos inspiradores: El gatopardo, de Giuseppe Tomaso di Lampedusa, y El siglo de las luces, del cubano Alejo Carpentier. Casi a contrapelo de lo que “actualmente se estila”, dice haber optado por escenificar una historia. “Cometí ese pecado en un momento en el que la mayoría prefiere mostrar una actitud contraria al desarrollo de un argumento”, confiesa. Los personajes de esta pieza que dirige Laura Yusem (puestista, entre muchas otras obras, de las relevantes Rápido nocturno, aire de foxtrot, de Mauricio Kartun, y Lo que va dictando el sueño, de Griselda Gambaro) son Doña Margarita (Marta Degracia), el Conde (José María López), Pepita (Nuria Córdoba) y Jeremías (Gabriel Maresca). Se trata de un padre, su hijo y dos prostitutas.
La acción se ubica en el siglo XIX, aunque en realidad lo traspone al tomar indirectamente elementos de años anteriores y posteriores. El autor ha preferido trabajar esta vez sobre lo que se denomina “el siglo largo”. Esto significa, el tiempo que va desde 1789 (la Revolución Francesa) hasta 1914 (el estallido de la Primera Guerra Mundial).
–En “Mil años de paz” se advierten puntos de contacto con características locales, como la relación que mantenía el establishment social y político con el ambiente prostibulario a fines del siglo XIX y comienzos del XX en Buenos Aires...
–Es que además estoy trabajando como docente sobre esa época. Me fascina el siglo XIX, que es el de las certezas, y ese llamado “siglo largo” que se inicia en Europa con la llegada de la burguesía al poder y el “sueño” de un progreso infinito que traería bienestar general. Pero todo eso se cae en 1914. En la Argentina, los primeros años del siglo XX son de gran importancia para nuestra historia teatral. Se consolida un teatro rioplatense interesante, sobre todo por el trabajo de los Podestá, que llevaron el circo criollo a su máxima expresión, y que al pasarse al teatro de escenario “a la italiana” acabaron con él. Esta es una paradoja más del teatro argentino.
–¿Qué quedó de aquel sueño de bienestar que menciona?
–El mundo cambió, y hubo mejoras, pero para una minoría. La famosa teoría del derrame no se cumplió. Se pensaba que el progreso y la eficiencia iban a dejar más que monedas en los bolsillos del pueblo. De todos modos, esa cuestión de época no es lo único que aparece en la obra. El parricidio es un tema central. Me importa el modo como se puede llegar a la propia destrucción...
–En este caso es en contra de un padre violento...
–Un tirano, alguien al que hoy podríamos calificar de reaccionario. Un conservador que adhiere a ritos sociales, algunos desaparecidos, como el del debut sexual de un muchacho en un burdel. En ese lugar, Margarita es tan condesa como el conde. Allí no hay sumisión ni servidumbre.
–¿Por qué califica a su obra de tragedia romántica?
–Me interesan los géneros, sobre todo cuando mantienen su pureza. He hecho obras cruzándolos, como La cena, pero Mil años de paz la escribí pensando en una historia con principio, desarrollo y fin. Es tragedia porque hay sangre, y romántica porque los que están en un primer plano son gente débil, desclasados, los protagonistas preferidos de muchos escritores del romanticismo europeo. En la obra, la violencia está referida a la que parte del poder y no a la que surge como reacción en contra del poder. La escribí en el 2000 y no estaba seguro de poder estrenarla, pero me convenció Marta Degracia. Convocamos a Laura Yusem, a quien le interesó. Ella hizo un trabajo de dirección muy creativo.
–¿Qué quiere significar con “mil años de paz”?
–Es una frase que suelen utilizar los violentos. Están convencidos de que es necesario usar la violencia para conseguir la paz, cuando, en realidad, y como nos enseña la historia, la violencia genera más violencia. Vemos lo que está sucediendo en Irak, por ejemplo, donde se sigue ejerciendo la violencia para –según se quiere justificar– instalar la democracia y restituir la libertad cercenada por un dictador. Para eso se arrasó un país, donde hoy la democracia no existe ni tampoco aparece el reemplazante democrático del dictador.

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Perinelli concretó lo que define como “una tragedia romántica”.
La pieza se estrena hoy en el Teatro del Pueblo, Diagonal Norte 943.
 
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