ESPECTáCULOS › “GOSFORD PARK”, REGRESO EN FORMA DE ROBERT ALTMAN

Las reglas del juego del crimen

El director de “M.A.S.H.” se muda a la campiña británica para ofrecer una comedia de costumbres sobre las diferencias de clase, que termina con un muerto en la biblioteca. “Desde el infierno” recrea el mito de Jack el Destripador. Y “Día de entrenamiento” borra la frontera entre el bien y el mal.

 Por Luciano Monteagudo

Hacía casi diez años, desde Las reglas del juego (1992) y Short Cuts (1993), que una película de Robert Altman no alcanzaba un consenso tan amplio entre la crítica anglosajona y también entre los socios de la Academia de Hollywood, que incluyeron a Gosford Park en ocho candidaturas al Oscar, entre ellas al mejor film y al mejor director. La segunda incursión de Altman por tierras británicas –después de la ya muy lejana Imágenes (1972), protagonizada por Susannah York– es sin duda uno de sus trabajos más sólidos de puesta en escena, una comedia de costumbres sobre la codicia, el snobismo y las diferencias de clase en la que el director de M.A.S.H. renueva el compromiso con su cine más personal, al mismo tiempo que introduce algunas variaciones en un cuerpo de obra particularmente fiel a sí mismo.
Aquí como en Nashville (1975) o Un matrimonio (1978), films a los que el propio Altman (en una entrevista con Página/12) mencionó en referencia a Gosford Park, también hay una estructura coral, una multitud de personajes que se van cruzando unos a otros y superponiendo sus voces. Pero si aquellos auténticos frescos de la sociedad norteamericana estaban organizados de forma horizontal, de acuerdo a la cultura que reflejaban, ahora en Gosford Park se advierte un marcado orden vertical, que responde al rígido sistema de clases que dominaba a Gran Bretaña hacia 1932 (una fecha que Altman eligió deliberadamente para no tener que enredarse con las complicaciones políticas que sólo un año más tarde traería la aparición del nazismo en el mapa de Europa).
Gosford Park avanza a medida que van llegando los numerosos invitados a la mansión de Lord y Lady McCordle (Michael Gambon, Kristin Scott Thomas), anfitriones de una tradicional partida de caza en la campiña británica. No todos los huéspedes tienen previsto tomar las armas, sin embargo. Está por ejemplo la condesa de Trentham (Maggie Smith), al borde de la ruina y dispuesta a asegurarse el estipendio que le pasa su hermano, el odioso dueño de casa. O la hermana de Lady McCordle (Geraldine Somerville), que también se casó por dinero. El actor inglés Ivor Novello (Jeremy Northern) simplemente parece buscar refugio de sus últimos fracasos de boletería y el productor norteamericano Morris Weissman (Bob Balaban) se está documentado para la próxima película de la serie del detective Charlie Chan, que transcurrirá en Inglaterra (Novello y Weissman existieron realmente, lo mismo que la película Charlie Chan in London, estrenada en 1934).
Se diría, sin embargo, que la fauna más interesante se encuentra escaleras abajo, entre el personal de servicio de la mansión, toda una compleja sociedad en sí misma, donde se establecen distintas y muy nítidas jerarquías entre el mayordomo (Alan Bates), el ama de llaves (Helen Mirren), la mucama en jefe (Emily Watson) y la primera cocinera (Eileen Atkins). Estos a su vez afirman su condición de amos y señores de las entrañas de Gosford Park ante la servidumbre que llega de afuera,acompañando a los invitados. En la cocina, cada uno de ellos deberá responder no a su propio nombre sino al de su señor, como una forma de evitar confusiones pero también de someter incondicionalmente su voluntad a la de sus patrones. “Soy la sirvienta perfecta, no tengo vida propia”, afirma con una mezcla de orgullo e ironía el ama de llaves que compone con acritud Helen Mirren.
Como suele ser su costumbre, Altman filma con varias cámaras simultáneamente, siempre en movimiento, tomando la misma situación desde distintas perspectivas, o captando acciones diferentes. Así logra desestructurar el típico film de época, pero también, en medio del vértigo, introducir un recurso muy eficaz, el de incluir siempre –aún en aquellas escenas que transcurren en los salones– a algún integrante del personal de servicio, lo que le confiere a toda la película un carácter especular, en la medida en que todo lo que sucede arriba tiene su reflejo en lo que pasa y se dice abajo.
Se le podría objetar a Gosford Park una indefinición en su tono y hasta en su objetivo: lo que comienza como una crítica de costumbres se transforma –pasada más de la mitad del film– en una relectura satírica de los típicos enigmas policiales de Agatha Christie, donde todos tienen buenos motivos para ser el asesino. Aparece un cadáver en la biblioteca y llega un detective (Stephen Fry) que, por su torpeza, se parece más al inspector Closeau de Peter Sellers que al riguroso Hercule Poirot. Tiene su gracia, pero allí se desnuda que el guión de Julien Fellows brilla más por la permanente agudeza de sus diálogos que por su consistencia dramática. En un elenco que parece el “quién-es-quién” del teatro y el cine británico, resulta difícil señalar un actor o una actriz en particular, pero si hubiera que elegir un nombre ese sería el de Maggie Smith, que dice sus líneas como si su lengua fuera una daga.

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Ryan Philippe y Kristin Scott Thomas, practicando las buenas maneras en la alcoba.
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