ESPECTáCULOS

Una leyenda que es pura sangre

 Por Horacio Bernades

Entre agosto y noviembre de 1888, un hombre que por su precisión en el corte y la ablación de órganos tal vez fuera un cirujano eximio sembró el terror en Londres, burló la persecución de Scotland Yard, se cargó cinco víctimas, fundó la práctica del asesinato en serie y terminó evaporándose en el misterio, sin que jamás haya logrado develarse su verdadera identidad. De allí, su paso a la condición de leyenda y la consiguiente frecuentación de su figura por parte del cine y la televisión, que sin embargo no supieron sacar de él todo el jugo. Con una única excepción: The Lodger, film mudo de 1926 que, por pura casualidad, aparece mencionado en otro de los estrenos de esta semana, Gosford Park. El nombre del director de The Lodger explica la diferencia: se trataba del por entonces muy joven Alfred Hitchcock.
Ahora, el cine le pone rostro a ese hombre que nunca lo tuvo, agregando nuevas y sin duda descabelladas hipótesis sobre sus móviles e identidad. La película en cuestión es Desde el infierno, título que refiere al lugar que, en sus cartas, el propio destripador decía habitar. Basada en el comic homónimo –publicado un par de años atrás por Alan Moore y Eddie Campbell–, la tesis de fondo de Desde el infierno es que el monstruo no habría sido un loquito solitario sino, muy por el contrario, algo así como el brazo ejecutor –ligeramente extraviado, pero brazo al fin– del victorianismo. En ese sentido, todo el comienzo de la película dirigida por los hermanos Hughes (que, a diferencia de otros congéneres del cine, son mellizos) pone al criminal en contexto, haciendo de sus degüellos y destripes la decantación lógica de un espeso caldo de cultivo social.
Habitado por prostitutas, pordioseros e inmigrantes llegados de países pobres, el barrio de Whitechapel parecería ocupar, como en una novela de Dickens, el lugar de submundo oscuro del Imperio. Torcidos mafiosos, ladeados por matones de cicatriz, amenazan a las trabajadoras del sexo. Agentes de los servicios de seguridad cumplen sucias misiones, encomendadas la propia casa real. Tanta crueldad se desprende del maletín quirúrgico que porta el asesino como de la prédica antisemita de los poderosos o la lobotomización pública de una presunta psicótica. Tanto morbo hay en las extirpaciones genitales practicadas por el asesino como en la delectación con que el cuerpo médico estudia a un hombre deforme, que a la sazón no es otro que aquel célebre “hombre elefante”.
Salido directamente de un fumadero de opio, esa suerte de Sherlock Holmes narcótico que es el inspector Abberline (Johnny Depp) suma, a sus habilidades deductivas, la posibilidad de alucinar crímenes reales, con la ayuda del láudano y ajenjo. Como surgidas de esas ensoñaciones, las pistas lo llevarán a descubrir, en los crímenes de Jack, una matriz ritual, abundante en antiguos arcanos, saberes secretos y sacrificios sangrientos. De alguna manera no del todo precisada, cierta enfermedad deshonrosa del hijo de la reina, la orden de los francmasones, la más alta autoridad delpalacio de Buckingham, un médico encumbrado (Ian Holm) y el asesino se probarán parte de una misma madeja. Madeja revuelta, por cierto, y sin duda disparatada. Pero ese galimatías sirve sin embargo para despabilar a un film que, por largos pasajes, parecería amodorrarse en uno de esos sueños de opio en los que se enfrasca, la vista perdida y el cerebro embotado, su principal investigador.

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