ESPECTáCULOS

Teresa Stratas en gran versión de “Los 7 pecados capitales” de Weill

Esta obra genial, con texto de Bertolt Brecht, se verá mañana en Film & Arts, con puesta de Peter Sellars y conducción de Kent Nagano.

 Por Diego Fischerman

1933 no fue un buen año para vivir en Berlín. Sobre todo si se acababa de estrenar, bastante escandalosamente, una obra llamada Der Silbersee (El lago de plata) y se llevaba como nombre Kurt Weill. Apenas unas semanas después de que Hitler subiera al poder, Weill se mudaba a París. Allí, Balanchine le pidió una obra. Para que actuara Lotte Lenya, la composición terminó siendo un “ballet cantado” y el libretista, después de la negativa de Jean Cocteau –la primera opción–, fue Bertolt Brecht. Se cuenta que trabajó a regañadientes. La fructífera pareja creativa que había producido la Opera de tres groschen, el Requiem de Berlín, la Mahagonny Songspiel (una colección de canciones alrededor del tema de la ciudad erigida sobre el vicio) y la ópera Ascenso y Caída de la Ciudad de Mahagonny, ya no funcionaba y el fracaso del estreno parisino de Los siete pecados capitales pareció demostrarlo. Serge Lifar, por ejemplo, opinó que era “un ballet podrido”. Sin embargo, la obra se convirtió con el tiempo en una de las más populares y reconocidas de Weill.
Entre las numerosas muy buenas versiones de esta obra, empezando por la legendaria de Lenya, la de Brigitte Fassbaender con dirección de Cord Garben, la de Ute Lemper y la de Marianne Faithful, hay una, dirigida por Kent Nagano y con Teresa Stratas como protagonista, que logra aunar con gran claridad varios aspectos fundamentales del estilo de Weill: el contrapunto à la Bach, ritmos del cabaret –incluyendo algunas marchas–, una instrumentación sumamente detallada en la que los vientos son protagonistas, sentido teatral y, por supuesto, una suerte de ironía permanente en la que la famosa distancia brechtiana no es un dato menor. Esta lectura, que en CD fue publicada por Erato y se completa con la notable Sinfonía Nº 2, también compuesta en París, fue registrada en 1997. El mismo elenco la había presentado en la Opera de Lyon en 1993, con puesta de Peter Sellars y, como resultado, el propio régisseur realizó una versión fílmica.
En esa película –que el canal Film & Arts difundirá mañana a las 21, como parte de su excelente ciclo de ópera– se alternan las escenas en las que las dos hermanas llamadas Anna (la cantante y la bailarina, encarnada por Nora Kimball) y la familia (un coro masculino a cuatro voces, donde uno de los hombres representa a la madre) aparecen contra un fondo neutro, sin escenografía de ninguna clase, y tomas filmadas en exteriores que marcan el viaje de las dos Annas a través de varios estados del sur estadounidense buscando dinero para comprar una casa para ellas y su familia y, claro, finalmente fracasando. En el prólogo, Anna 1 cuenta la partida, habla de la travesía y de cómo envían todo el dinero a su familia y explica: “Ella es la bella, yo soy realista; ella es un poco loca, yo tengo la cabeza bien puesta”. Los siete números restantes corresponden a “La pereza”, “El orgullo”, “La ira”, “La gula”, “La lujuria”, “La avaricia” y “La envidia”. El único elemento corpóreo de la escenografía aparece en la última escena cuando, después del regreso y de la metafórica “frustración de la clase media” (en palabras de Weill), ambas Annas, junto a la familia, aparecen en el piso, apoyados contra cajas de cartón. Los primeros planos de Anna 1 primero y de Anna 2 después las muestran llorando en un caso y con un gesto de infinita tristeza, que termina cuando cierra los párpados, en el otro. La imagen se funde con la de un atado (apenas una pequeña bolsa de género anudado) flotando en el agua.
Además de una Stratas deslumbrante –capaz de encarnar con igual convicción a la joven que hace dedo, al principio de la película, y a la mujer diez años mayor que llora al final, pasando por una exitosa bailarina de cabaret y por alguien desesperado por comer– participan de esta puesta los cantantes Peter Rose (la madre), Howard Haskin (el padre), Frank Kelley y Herbert Perry (los hijos). La coreografía es de Donald Byrd, el vestuario de Dunya Ramicova y la orquesta es la de la Opera de Lyon. En el mismo programa se emitirá otra obra breve, la ópera en tres actos (actos cortísimos, desde ya) Las desventuras de Orfeo, de Darius Milhaud, con libreto de Armand Lunel, en la puesta de la maestría del Atelier lírico de la Opera de Lyon, en 1992. Aquí la historia del encantador de animales tiene un transfondo de xenofobia (Orfeo, el médico, es rechazado porque atiende pacientes de otras comarcas, y Euridice se casa con él con la oposición de su familia a que “mezcle su sangre con la de alguien de otro pueblo”) y es representada por un excelente grupo de cantantes encabezado por Thomas Teruel y Virginie Pochon, conducidos, junto a la orquesta de Lyon, por Claire Gibault. La puesta en escena es de Myriam Tanant, la escenografía de Annie Tolleter, el vestuario de Christine Vargas y la dirección del film de Michele Reiser.

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Teresa Stratas junto a Kent Nagano en la grabación de la obra.
 
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