ESPECTáCULOS › “HOMBRES DE NEGRO II”, CON EL DUO TOMMY LEE JONES Y WILL SMITH

Contra los bichos... mejor Kay & Jay

La secuela de la exitosa comedia de Barry Sonnenfeld será más de lo mismo, pero si lo mismo es bueno, ¿qué tiene de malo? Lo que importa acá no es tanto la historia como la diversión, y de esto hay en cantidad. Al menos por un rato.

 Por Horacio Bernades

Hay tres clases de secuelas: las que continúan la historia de la película anterior (las tres partes de El Padrino; la primera trilogía de Star Wars), las que practican alguna variante con respecto a la predecesora (las distintas Alien, Indiana Jones, Parque Jurásico, Misión Imposible 2) y las que son más de lo mismo. Básicamente, Hombres de negro II pertenece a esta última categoría: reaparecen los personajes originales y hasta alguno de los monstruitos, y la historia “nueva” es apenas una excusa argumental, desarrollada con bastante desidia. Aún así, la segunda parte de la comedia espacial con bichos tiene una dinámica propia, nuevos especímenes y muy buenos chistes. Será más de lo mismo, pero si lo mismo es bueno, ¿qué tiene de malo?
Ahora, la misión de los hombres de negro consiste en detener a una alienígena llamada Serleena (la morocha Lara Flynn Boyle, cuya gelidez siempre despertó sospechas). Recién bajada a la Tierra, el plan de la malvada Serleena pasa por volver a hacerse con una Luz que ya había robado veinte años atrás, o algo así. El único que sabe qué pasó con aquella Luz de Zartha es el agente Kay (Tommy Lee Jones), que tras ser “neuralizado” por propia voluntad al final del episodio anterior no recuerda nada de lo que pasó. Deberá ser rescatado y desneuralizado por su compañero, el agente Jay (Will Smith) y puesto de nuevo en circulación para salvar la Tierra. Porque, aparte de llevarse la Luz de vuelta, Serleena, de puro jodida, quiere destruir todo a su paso, reclutando para ello un ejército de bichos tan asquerosos como ella, que oculta sus mil tentáculos de Gorgona debajo de una apariencia terrestre.
Y eso es más o menos todo, aunque sea prácticamente nada. No importa. Lo que importa acá no es tanto la historia como la diversión, y de esto hay en cantidad. Al menos por un buen rato. Allá por la hora de película, da la impresión de que a los guionistas se les terminó el chorro, y veinte minutos más tarde vienen, del modo más abrupto del mundo, los títulos finales, por la sencilla razón de que a nadie se le ocurrió otra cosa. Mientras duró fue bueno, desde ese arranque que imita a películas como Plan 9 del espacio sideral (con mujeres que se peinan estilo Marge Simpson y platos voladores a los que se les ven los piolines) hasta la intervención de cuatro lagartijas bon vivants, que viven entre baños de burbujas, habanos, drinks y chicas. Uno de los aportes que intenta esta segunda parte tiene que ver justamente con las chicas: el agente Jay se siente solo y se enamora de una empleada de pizzería (la linda morocha Rosario Dawson), y el agente Kay revela que alguna vez estuvo flechado por una extraterrestre. Puro relleno para matar el tiempo.
En cambio, la otra novedad de MIB II es una de las cosas más graciosas de la película. Se trata de un perro parlante llamado Frank, raza pug (como un bull dog chiquitito), que resulta ser un alien “captado” por la organización de hombres de negro. Aunque ellos no lo soporten demasiado, el charlatán de Frank (habla más que el burro de Shrek) acompañará a los agentes Kay y Jay en su aventura. Cuando Frank se junta con las lagartijas (a las que el subtitulado trata injustamente de gusanos) proporcionan algunos de los momentos más divertidos de la película, confirmando que el arte de Hombres de negro consiste en la apología de la irresponsabilidad. Cierta aparición de Michael Jackson confirma que el muchacho nunca fue un ser humano y un aporte inicial de Patrick Warburton ratifica que el que hacía de novio idiota de Elaine en la serie “Seinfeld” no era un actor sino un zombie. Por otra parte, el sistema de evacuación de la base de los Men in Black no tiene desperdicios y una civilización entera de extraterrestres-midget (que viven en un cajón y reverencian como un Dios al primero que se asome) constituye casi un corto aparte, en una de las invenciones cómico-cosmológicas más delirantes del siglo. No servirá para salvar la Tierra, pero ayuda a esperar el fin con muy buen ánimo.

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El agente Jay se enamora de una empleada de pizzería y el agente Kay revela que alguna vez estuvo flechado por una extraterrestre.
 
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