ESPECTáCULOS › EL FENOMENO DE “SON AMORES” SE TRASLADO AL TEATRO

Otro formato para el éxito

Las reglas del éxito televisivo se repiten en el Opera, pero en vivo: miles de fans gritan y lloran ante cada aparición de los galancitos.

 Por Julián Gorodischer

La tarta salió “como el culo”, y el que viene del baño es “un asqueroso que meó en el piso”. Así todo el tiempo: los Marquesi dejan “un submarino” en el inodoro, estornudan y se asombran por el resultado. “Mirá cuánto moco”, dice Pablo (Nicolás Cabré) y Martín (Mariano Martínez) responde: “Sos un paspado”. Las de la platea, ante cada mención escatológica, parecen a punto de sufrir “el ataque”, que varía entre la lipotimia y la hipertensión pero, en cualquier caso, las encontrará desesperadas. “¡Me muero!”, grita en coro la barra de Berazategui, desde la fila 20, y aplaude con fervor cada vez que Martín se desabrocha la bragueta o se queda en cueros. Las chicas rezan para que la obra se desarrolle sobre el lado derecho “para estar más cerca” y preparan el ritual que llegará cuando la hora y media de “Son amores” se termine: conseguirán la foto (a un peso con cincuenta) y la marcarán con un autógrafo de un Marquesi. Pero ahora, en plena actuación bailantera de Mariano Martínez, ellas asumen que el costo de estar aquí en el teatro es alto, altísimo –perderse un capítulo de “Son amores”– pero vale la pena.
“Te amo”, gritan las románticas. Las conmueve la ingenuidad, el beso interruptus entre Sánchez y Lola, el romance que sobrevuela a la medida de un clásico marplatense pero esta vez en Buenos Aires. Este es el teatro como la tele: líneas gruesas y colores flúo para diseñar el living, voces microfonadas, todo fuerte, ampuloso, evidente, a tono con lo que la tele propone. Las fanáticas se adaptan a la novedad de estar en el teatro: reaccionan como en la cancha o el recital ante cada movimiento tenue (una puerta se abre, alguien se sienta), vivan a los señores y condenan a las mujeres, aunque esto último varía entre función y función. El director, conocedor del clásico marplatense pero en Buenos Aires, fue designado para complacerlas. “Lo importante –dice Santiago Doria– es no perder la noción del target: el público quiere reencontrarse con los personajes de carne y hueso. Miran y rumorean, confirman: esto ya lo vi, esto lo conozco.”
Las calentonas siempre terminan ganando. “Si te agarro...”, se escucha, y el grito de guerra es más fuerte que el suspiro recatado, formal. Los guardias escoltan la función desde el costado, y los Marquesi disfrutan con el extraño numerito que tienen a su cargo: una forma particular de la seducción que da buen resultado en el Opera repleto. A saber: se revuelcan en el piso como en el catch, o se zarandean de una esquina a la otra de la escena, o se escupen y moquean.
Cuando Nicolás Cabré dice que “la tarta salió como el culo”, las chicas aúllan, reacción amplificada que se repite con cada “culo”, “moco” o “sorete”. Ellas, las de la platea, siempre quieren más y, entonces sí, el clímax no espera, y Martínez se atreve a la coreo bailantera con remate efectista y rendidor: “Imaginame en lentejuelas y neoprene”, dice, y renueva la misión apurada de los acomodadores: bajarlas de las butacas, pedirles amablemente que “¡por favor, abajo!” –como implora uno–, aunque después, concientizado, relativice el mal (t)rato: “Está todo bajo control”. Las chicas entienden, se moderan y dan rienda suelta a la obsesión: identificar en cada bajada del telón con cortina de Los Auténticos Decadentes, en cada gag repetido de la tele, aquello viejo y conocido que dominan como un especialista. La que se queda callada da prueba de su falta de mérito: no miró el programa lo suficiente.
A diferencia de la tele, que recrea una red de relaciones, el teatro concentra la trama en una única situación: el beso postergado en el living de Sánchez. Cuando el beso se concreta es la señal inequívoca de largada, y las chicas corren hacia adelante para estar cerca del escenario a la hora del saludo. “Me dio la mano Nicolás Cabré”, tartamudea Agustina, de seis, mientras vuelve a la fila veinte. Su mamá planifica, mientras espera, el final de este viernes a la noche: comprar la foto de “Nico” a la salida, dos porciones en Las Cuartetas y llegar a casa rápido para que no se haga demasiado tarde y puedan ver “Son amores”, el programa. Fueron previsoras, y lo dejaron grabando.

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El cuarteto fundamental del programa más visto de la televisión.
 
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