PSICOLOGíA › LA IDENTIDAD DEL OBESO

Diabólicas gorduras

El autor señala la presencia de “un contexto social que naturaliza las condiciones de la obesidad”, convirtiéndolas en una constelación que define la identidad del sujeto: así las cosas, esas condiciones se establecen como hábitos y “en torno del ‘abrir y cerrar la boca’, lo diabólico se instala en lo trivial”.

 Por Rubén Zukerfeld *

“Afirmo que quien pretenda componer acertadamente un escrito sobre dieta humana debe, antes que nada, reconocer y discernir la naturaleza del hombre en general.”
Hipócrates,
Sobre Dieta, 400 aC.

“¿Cómo está Don Inodoro?
“Mal, pero acostumbrao.”
Roberto Fontanarrosa

En una escena memorable del film Le Diable, probablement, de Robert Bresson, los pasajeros de un ómnibus charlan, intentan explicar la causa de los problemas del mundo. Uno de ellos dice que la culpa es de los gobiernos, pero otro dice que “algo nos conduce contra nuestra voluntad”. Un tercero dice: “Hay que seguir y seguir, si no parece que estás siempre protestando”. “Entonces, ¿quién se burla de la humanidad? ¿Quién nos maneja sin darnos cuenta?”, pregunta una mujer. Y el que habló en segundo lugar contesta: “Es el diablo, probablemente”. Y, entonces, el ómnibus se estrella. Lo diabólico se instala en lo más trivial, en los comportamientos rutinarios, normales, naturalizados: los hábitos. Estos procedimientos repetidos regularmente impresionan por su fijeza, la que hoy en día las neurociencias entienden como parte de la memoria implícita procedural. Estos hábitos, en el obeso, son lo que el sujeto debería modificar, pero se sostienen a partir de la inexorable articulación de dos círculos viciosos alrededor del “abrir y cerrar la boca”.

El primer círculo se basa en que la vivencia subjetiva de descontrol es inversa a la de autoestima. Por lo general, el paciente necesita mejorar su autoestima, que suele ser deficitaria en función de su historia personal y de los conocidos factores culturales en juego en la cuestión de la obesidad. El acto impulsivo afecta negativamente la representación de sí mismo y esta condición es, a su vez, precipitante del desborde. Se trata del primer clásico círculo vicioso: pérdida de control-disminución de la autoestima-incremento de la pérdida de control.

Esta condición se naturaliza en un hábito cristalizado –que incluye variedad de excesos y restricciones– en el que no se puede “cerrar la boca”. El segundo círculo, el que hace cerrar la boca, es propiciado por el sentimiento de culpa, que lo hace sentirse “hijo del rigor”. Así es que se deposita en el otro el control, como punición natural para lo que es vivido como pecado (Silvia Bleichmar solía comentar que, en la posmodernidad, una mujer de clase media siente que es más pecaminoso comer una torta de chocolate que tener sexo con el cuñado). El rol proyectado y actuado estabiliza la secuencia transgresión-punición-incremento de la transgresión, a partir de la fantasía de que sólo el rigor generará control y, por ende, es normal que el otro cumpla esa función.

El obeso mórbido circula por diversos tratamientos, consume ofertas de todo tipo, se confunde con los/las usuarias de sobrepesos estéticos, deglute psicologismos variados y, si abre la boca, come sin poder dejar de hacerlo y, para cerrarla, busca que algo o alguien se la cierre. Esto se desarrolla en un contexto social que naturaliza estas condiciones patogénicas convirtiéndolas en una constelación identitaria.

Es posible describir tres peculiaridades de la obesidad en el contexto cultural contemporáneo. La primera es la relación, notablemente directa, entre modificaciones alimentarias y de movimiento con el cambio corporal. La balanza –instrumento sencillo, popular y accesible– pone en evidencia lo anterior y es el objeto donde se definen estados de ánimo y regulación de la autoestima. Este instrumento está siempre presente, tanto en su rechazo como en la obsesión de su uso. No hay ninguna otra condición o patología en la que exista tanta ambivalencia frente al instrumento que la evalúa.

La segunda peculiaridad es el contraste entre la frivolidad de los mass media y la información de la medicina, que define la obesidad como causa de numerosas enfermedades. Y la tercera peculiaridad es la evidencia de un cuerpo notablemente alterado que parece no ser visto, hecho que se agrava en la medida en que las palabras que lo describen o no pueden ser dichas o sólo son dichas en el registro de la queja crónica. Además, el grupo social de los obesos, que padecen una condición ni elegida ni irremediable, ha sido agrupado junto a otras minorías que poseen condiciones elegidas o irreversibles, con la diferencia de que estas últimas luchan contra la discriminación, mientras que el grupo obeso la suele justificar con cierta pasividad característica.

Estas peculiaridades generan una condición específica del hacer/no hacer: la figura del obeso-dietante subvierte permanentemente la lógica y la saludable intención médica de cambio de hábitos-cambio corporal-mantenimiento. Es así como la cronicidad destituye la representación subjetiva de “cambio”, y la lógica de la sobreadaptación constituye lo que llamamos “obesidad identitaria”, es decir un sujeto resignado –sin ser del todo consciente de su resignación–, alternando entre diversas ofertas y consumos. Se trata de un acostumbramiento al malestar, similar al que desarrolla el que vive en un lugar con olor nauseabundo: después de un tiempo, no lo percibe. No alude a la aceptación de una tendencia biológica o de una característica personal, sino al habituamiento a una condición. Este es un aspecto de la naturaleza del hombre –a la que se refiere Hipócrates– que hay que reconocer, sin lo cual una dieta para nada sirve. Este acostumbramiento queda graficado y sintetizado en la fórmula de Inodoro Pereyra, que “está mal, pero acostumbrao”. El “síndrome de Pereyra” resume la condición en la que están muchos pacientes obesos cuando llegan a un analista.

El exorcismo

“El doctor George se aclaró la garganta. Antes que se ponga usted cómoda –dijo– creo mi deber decirle en seguida, con toda honradez, que nosotros en el campo de la psiquiatría no hemos conseguido inhibir el apetito. De modo que si ha venido usted a buscar esa ayuda, he de catalogarme entre los incapaces.” “Gracias por su honradez, doctor –dijo Emma–, pero no quiero adelgazar. Preferiría que me ayudara usted a aumentar otros cincuenta kilos, o quizás cien”, escribió Ray Bradbury en “La mujer ilustrada”, incluido en Las maquinarias de la alegría.

En 1978, en mi trabajo “Imagen corporal y deseo” (en Psicoterapia de la obesidad, ed. Letra Viva), cité el texto de Bradbury para ubicar al analista en un lugar más acorde con una realidad compleja y frustrante desmitificadora de la buena intención de adelgazar. En realidad esta frustración ya estaba planteada por Freud en Más allá del principio del placer, donde inclusive define las ventajas secundarias de la enfermedad. Lo “diabólico”, entonces, cambia de lugar: abandona el cuerpo de las histéricas y se instala en la insidiosa repetición tanática. Es así que se asimila a la destructividad de la pulsión de muerte. Andre Green (“Por qué el mal”, en La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud, Amorrortu, Buenos Aires, 1993), cuando se ocupa del Mal –es decir, del diablo– plantea dos orígenes: la desmentida radical que destruye al otro para mantener la integridad narcisista y el sin por qué, el que no persigue ningún fin, el de la negatividad radical, el de la carencia de sentido. Y en 2000 afirma: “La enfermedad somática se mantiene porfiadamente en el orden del sinsentido. En el mejor de los casos lo que se podrá hacer es llevar al sujeto a dar un sentido a lo que ocurre en él o con nosotros, con una gran prudencia. A deslindar una parte de lo que fue englobado en el sinsentido y dirigirse a ella para considerarla de otro modo y lograr hacerla significativa, pero el sinsentido de la enfermedad somática sigue presente”.

La palabra ha perdido su poder cuando quienes la enuncian están inmersos en el mismo vacío rutinario y sin sentido y la destructividad impera impunemente. Sin vínculo no hay efecto de la palabra y la desesperanza –esa herramienta del diablo– domina la situación. Lo que llamamos aquí obesidad identitaria recorre un camino parecido, que a veces puede impresionar como comedia de costumbres o como melodrama, pero que siempre lleva escondida el aroma de la repetición trágica, esa boca por donde ingresa el diablo. Sin embargo, a veces el cambio se produce y se sostiene. No suele ser sólo por buena voluntad yoica ni por el desciframiento de algún enigma histórico; no depende de ninguna técnica en particular o moda atractiva. Parece necesitar de creatividad y de la co-construcción de una legalidad compartida que incluya la resignificación de lazos sociales. Así se puede observar que algo de esa identidad del hábito se desmantela, su perseverancia cambia de signo y surge la responsabilidad por sí mismo. Este “exorcismo” se produce (probablemente, advertiría Bresson) a partir de algún vínculo humano significativo.

* Texto extractado de un artículo que se publicará en el próximo número de la revista Imago Agenda.

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