PSICOLOGíA › EL GRUPO BUFFET FREUD RESPONDE TODAS LAS PREGUNTAS

¿Por qué los inodoros son ovalados?

En el último libro de Rudy, los destacados psicoanalistas de la institución Buffet Freud –entre ellos Karl Psíquembaum, Monique Delanuc, Anafreudiana Traumengarten, Jean Jean Dusignifiquant, León Neurotsky y el Padre Goldstein– responden absolutamente todas las preguntas. He aquí algunas de sus respuestas.

 Por Rudy *

Si bien no creo demasiado en eso del “lugar del supuesto saber”, tampoco es cuestión de pasar por un ignorante calificado (calificado como ignorante). Por eso, yo suelo responderles a mis pacientes con ejemplos de cine, arte que no domino pero tampoco cobro dinero por hacerlo en relación con esa disciplina. Por ejemplo, si un paciente me dice “doctor, siento que me persiguen”, le respondo: “¿Como a Harrison Ford en El fugitivo, como a Dustin Hoffman en Marathon Man, como a Paul Newman en Silent Movie o como a Steve McQueen en Bullitt?”. Y allí el paciente se queda en silencio. Si me dice “sufrí mucho de niño”, le interpreto: “¿Como Carrie con su madre, como Blancanieves con la madrastra, o como el bebé del cochecito de El acorazado Potemkin?”. En general, estas respuestas son efectivas y el paciente no insiste, pero, si lo hiciera, ante cualquier cosa, pongo mi mejor cara de Marlon Brando en El Padrino y le digo: “Le voy a hacer una interpretación que no podrá rechazar”.

A mis colegas trato de impresionarlos demostrando un nivel de sabiduría al menos superior al de ellos mismos. Así, ante sus preguntas, suelo responder “esto deberías saberlo”, “no puedo creer que en serio me quieras preguntar eso” o “¿te permite tu supervisor trabajar sin que conozcas ese tema?”. Con mis maestros, en cambio, me esforcé por responder ya que, si no, corría el riesgo de que me reprobasen. No siempre mi respuesta era la adecuada, pero, si era errónea y ellos me decían “esto debería usted saberlo”, yo respondía: “Debería, debería, siempre con el principio del deber... ¿y el placer?”. Cada uno asciende como puede.

Tratamiento precoz

Si pienso en mi primera entrevista con mi analista, recuerdo que me tomó mucho esfuerzo llegar al consultorio. Había estado nueve meses encerrado preguntándome qué era, sintiendo que mi cuerpo se modificaba día a día, con serias dudas sobre mi identidad sexual y con la total convicción de que estaba viva gracias a mi madre, a quien me sentía sólidamente unida.

De hecho, fue ella quien me convenció de que debía salir de una buena vez, de que podía pasar así toda la vida. También fue ella quien me acompañó a esa primera sesión. Más que acompañarme, me llevó, estuvo conmigo, se recostó en el diván, me miró con amor mientras yo, como primera reacción a ese mundo hostil, lloraba y lloraba. No recuerdo mucho los primeros tiempos de análisis, pero sé que recién al cabo de unos meses pude decirle mis primeras palabras. Parece que dije “ajá, ajá”, con lo cual todos dedujeron que yo iba a ser psicoanalista. A decir verdad, mucho tiempo después, mientras estudiaba psicología, reconstruí aquella primera sesión. Mi mamá me dijo que, más allá de lo que pudiera evocar, para ella esa sesión fue un verdadero parto.

Cortar el cordón

Recuerdo que, hace unos años, atendí a una paciente en avanzadísimo estado de gestación. En cuanto se recostó en el diván, Elena me dijo:

–Ayúdeme, doctor, acabo de romper bolsa.

–Me parece muy bien –le dije–, ya era hora de que rompiera con esa bolsa que no la dejaba crecer.

–¡Doctor, estoy muy dilatada!

–No, no dilate más. Es hora de resolver el Edipo de una vez.

–Siento que se me está saliendo, doctor.

–Es claro, se identifica usted con su madre y evoca su propio nacimiento.

–Buaaaaaa...

–No llore, Elena.

–No soy yo, doctor. Es él, doctor. ¡Corte el cordón!

–Ay, Elena, el cordón lo va a tener que cortar usted misma, pero en varios años de análisis vamos a poder lograrlo.

Igualmente, tomé al bebé en mis brazos, corté el “cordón real”, sentí algo extraño en la mano con la que sostenía al nene... Me había ensuciado.

–¡Vaya, vaya...! La felicito, Elena, ¡es un obsesivo!

Matrimonio estable

En ciertas culturas aún existe la costumbre de arreglar los matrimonios: las parejas se casan casi sin conocerse y, obvio, sin estar enamoradas. Con el tiempo y el roce, en algunas nace el amor, pero en la mayoría sólo se instala el respeto y el cariño hacia el acompañante, sin separarse jamás. En la cultura occidental, existe la costumbre de casarse enamorado. Con el tiempo, algunos mantienen el amor, pero la mayoría, desenamorados, se divorcian. Por tal motivo, sería ideal que uno se casara por conveniencia: así se garantizaría una pareja estable en la que los cónyuges se acompañen y respeten hasta la muerte, pero también debería existir legalmente la posibilidad de tener otra pareja, si uno se enamora de otra persona –manteniendo la pareja anterior, claro–, y, cuando uno se desenamore, se puede divorciar sin quedarse solo. Además, uno debería poder casarse con otra si se enamora de nuevo y así, sucesivamente, por toda la vida. Es decir, legalizar la libertad de armar dos parejas, una fija y otra transitoria (o no, según la duración del amor). Y, obvio, que ambos cónyuges tengan ese derecho.

Se eliminarían los celos: la pareja fija no cela porque no está enamorada, y la parte enamorada no cela porque sabe que la otra es sólo una compañía. También se reducirían las infidelidades, se reforzaría el concepto de familia, se sumaría otro sueldo al núcleo familiar... Sería como una tercera vía entre el neoliberalismo, con su exacerbación del individualismo (la monogamia), y el comunismo, con su masificación del individualismo (el harén).

Un mundo sin Edipo

Si Sófocles no hubiera escrito Edipo Rey, quizá Freud habría estudiado La Odisea y, en vez de querer matar al padre y acostarse con la madre, la fantasía inconsciente del varón sería dejar a su esposa y volver veinte años después diciendo que estuvieron en una guerra, que vencieron a un gigante tuerto y que una ninfa transformó en cerdos a todos sus compañeros. Las mujeres harían como si les creyeran, mientras tejen y destejen.

El valor de la palabra

El problema no es creer en las palabras, sino en qué palabras se cree. No es lo mismo creerle a un “te quiero” que a “síganme, no los voy a defraudar”, “no te va a doler” o “no te preocupes por la plata” ni mucho menos “dejemos aquí por hoy”. En realidad, esta última frase no es cierta, ya que el analista se la dice a un paciente, pero es el analista quien se queda aquí por hoy, mientras que al paciente esa frase le funciona cual experiencia pavloviana indicándole que debe irse. Más correcto, aunque menos glamoroso, sería “déjeme aquí por hoy”.

En busca del tiempo perdido

Las personas miden el tiempo de diversos modos. Por ejemplo, los psicoanalistas tenemos horas de cincuenta minutos. ¿Y los diez minutos que faltan para una “hora ortodoxa” dónde están, en lo inconsciente? Porque uno podría decir que uno, en sesión, busca el tiempo perdido, pero... ¿y el tiempo perdido en sesión? ¿Por qué uno busca el tiempo perdido? Bueno, no tiene ningún sentido buscar el tiempo “no perdido”, el que uno sabe dónde está, pero sonaría ridículo, tanto como mi reflexión sobre “dónde” quedan los diez minutos que le faltan a la hora psi. El “dónde” en una pregunta sobre el tiempo no resistiría una evaluación de escuela primaria, ya que el tiempo no queda en ningún lugar, sino en algún momento. Tiene que ver con el “cuándo”, no con el “dónde” ni con el “por qué”. Quizá busquemos el tiempo perdido con la esperanza de encontrar ese tiempo o algún otro, de la misma manera que, cuando buscamos un libro, encontramos el que buscábamos la otra vez, de la misma manera que las parejas suelen revalorizar el amor y las virtudes de sus ex a partir de cierto cotidiano con sus “actuales”. Entonces, ¿cuándo buscamos el tiempo perdido? Seguramente cuando no tenemos otra cosa que hacer, con lo cual podría decirse que perdemos más tiempo aún; o bien cuando tenemos otra cosa que hacer, de modo que también perdemos tiempo.

Quizá la vida sea justamente eso, pero, si quiere saber qué es “eso”, ya es otro precio.

Y por qué?

En más de veinticinco años de trayectoria, nos hemos enfrentado a numerosísimos interrogantes. En todos los casos, el “¿y por qué?” venía acompañado de un objeto; en general, con un verbo que los vinculaba.

Nos han preguntado, por ejemplo:

- ¿Y por qué “todo junto” se escribe separado y “separado” se escribe todo junto?

- ¿Y por qué se llaman “bienes gananciales” si, cuando las parejas se separan, pierden cosas?

- ¿Y por qué los inodoros son ovalados cuando los tujes son más bien redondos?

- ¿Y por qué millones de personas creen en un dios al que no ven, pero, si ven un cartelito que dice “pintura fresca”, tocan para ver si es cierto?

Nunca antes habíamos recibido un “¿y por qué?” sin nada más, vacío o lleno de significados ocultos. Luego de varias reuniones, mesas, congresos y simposios, hemos decidido responder con nuestra más contundente conclusión: “¿Y por qué qué?”.

Comida o sexo

En mi larga experiencia como licenciado en Gastronomía Inconsciente, he conocido casos extrañísimos, como el de un paciente que me dijo que a menudo “engañaba al estómago”. “¿Qué es lo que le hace, se acuesta con otro estómago?”, le pregunté. Lo cierto es que, si Sigmund Freud señala el peso de lo sexual en las vicisitudes de nuestra vida cotidiana, no es menos importante el componente alimentario; sobre todo, en el peso. De hecho, se suele decir we are what we eat (“somos lo que comemos”), según lo cual, en vez de histéricos, fóbicos, paranoicos u obsesivos, seríamos albóndigas, milanesas, berejenas o polenta, de acuerdo con nuestra personalidad. Ya Roberto Fontanarrosa, en su cuento “El mundo ha vivido equivocado”, señala que “yo no sé por qué carajo, en todas las películas, el tipo, para atracarse una mina, primero la invita a cenar (...) morfan como leones, le dan al champagne mientras se la parla (...) ¡yo, si hago eso, me agarra un apoliyo...!”. En cambio, si “acabás de encamarte con una mina de novela, ¡tenés un hambre de lobo!”. Por eso la gente elige “primero” el sexo: porque estimula el apetito.

Hijos nuestros

He tratado numerosos casos en los que el paciente expresaba un conflicto real, imaginario o simbólico con sus padres; dicho conflicto, actual o infantil, era la causa primigenia y a veces principal de sus síntomas neuróticos actuales. Vale decir que su condición de hijo o hija era la que lo había conducido al tratamiento. Esto me llevó a pensar que el hecho de que la gente tenga hijos nos provee a los psicoanalistas de una abundante fuente de trabajo. La expresión “padre proveedor” nunca fue más exacta.

Por lo tanto, los psicoanalistas debemos invertir nuestro esfuerzo, nuestro discurso, toda nuestra energía en que la gente tenga hijos, cuantos más, mejor (aunque los hijos únicos valen por varios, a veces), como manera de asegurar nuestro sustento, el de nuestros colegas y, por qué no decirlo, el de nuestros propios hijos.

Ahora bien, si dejamos de lado “los hijos en general” y pasamos a considerar el tema desde la perspectiva de nuestra propia prole, se vuelve mucho más complejo o, por así decirlo, mucho más complejo de Edipo: si no fuera porque se trata de nuestro propio hijo, ¿qué ser humano que se precie de tal invertiría afecto, tiempo y dinero en sostener a otra persona que te va a matar y se va a acostar con tu mujer?

Buena inversión

¿Cómo diferenciar si un hijo es un gasto o una inversión?: si lo que uno puso supera a lo que obtuvo, es un gasto, mientras que, si lo que obtuvo supera a lo que puso, se trata de una inversión. Es cierto que hay gastos que valen la pena e inversiones que no, pero ese tema lo debería resolver cada uno con su psicoanalista. Un hijo parece ser una buena inversión, ya que mucha gente la elige, incluso hay quienes tienen varios. ¿Lo harán para diversificar el mercado, para diluir los riesgos? Supongamos que a uno le sale un hijo filósofo al que tendrá que mantener toda la vida, aguantarle frases incomprensibles y actitudes más incomprensibles aún; la hija puede salirle empresaria exitosa y, de ese modo, compensaría el gasto.

¿En qué momento comienza el vínculo gasto/inversión? En el momento mismo de la concepción. El varón invierte millones de espermatozoides sabiendo que, con suerte (o con mala suerte, depende de la cartera de inversiones elegida), solamente uno logrará la fecundación. La mujer arriesga apenas un óvulo, no millones. Sin embargo, ese óvulo es el único del cual ella dispone por veintiocho días, con lo cual está arriesgando buena parte de su capital.

Otro factor, fundamental a la hora de las decisiones, es que no se trata de una inversión individual: los hijos –al menos, históricamente hablando– se tienen de a dos. Demasiadas veces, ante el fracaso de un negocio, hemos escuchado “yo hice todo bien, pero mi socio me cagó”.

Hay que tener mucho cuidado con la elección del partenaire. Por eso, algunos eligen un portfolio, o sea, diferentes socios para cada ocasión. Otros (más frecuentemente, las mujeres) prefieren la “sociedad anónima”.

Lecturas

En varias ocasiones afirmé no haber leído libros sobre psicoanálisis. De hecho, esas afirmaciones fueron publicadas en algunos libros sobre psicoanálisis; eso creo, al menos, ya que no los he leído. Seguramente habrá textos que señalen que mi falta de lectura influye negativamente en mi formación como psicoanalista, pero tampoco he leído esos textos. ¿Acaso el padre del psicoanálisis, el mismísimo Sigmund Freud, leyó muchos libros de psicoanálisis mientras se estaba formando como analista? ¿Cómo hacía: los iba leyendo mientras él mismo los escribía? Podrían impugnarme afirmando que, a diferencia de Freud, yo cuento con una gran cantidad de libros de psicoanálisis a mi disposición. Me opondré a una objeción semejante ya que pretendo ser lo más “a imagen y semejanza de Freud” posible y, si él no leyó libros de psicoanálisis, entonces yo tampoco.

* Fragmentos de Buffet Freud responde. El libro de las preguntas, de reciente aparición (Ed. Galerna).

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