PSICOLOGíA › CREACION, ARTE Y VIDA COTIDIANA

Locura de todos los días

El autor avanza en una caracterización de la locura que, en lugar de confinarla en una determinada psicopatología, la refiere a una ética de la vida cotidiana. Locura es plantarse en: “Yo no tengo nada que ver con lo que me pasa”. Y el arte tiene mucho que decir y que hacer ante esa negación.

 Por SERGIO ZABALZA *

Generalmente se asocia locura con aquellos fenómenos que no se condicen con la escena que –aunque inventada– no deja de aceptarse como única y presente desde siempre: la realidad. Así, se dice que quien escucha voces tiene percepciones sin un correlato objetivo, y que quien irrumpe con actos violentos o desarrolla un discurso delirante está loco. Estamos aquí para decir que de ninguna manera coincidimos con esta perspectiva. Que los fenómenos mencionados se compadezcan con un cuadro de psicosis no los hace exclusivos detentores de la locura. Un sujeto psicótico puede construir un saber hacer allí para que ese síntoma se transforme en un recurso para desenvolverse en la vida. La locura es otra cosa: básicamente consiste en no hacerse cargo del síntoma, y para esto no es necesario ser paranoico o esquizofrénico. Antes bien, el sujeto psicótico está confrontado con la disyuntiva según la cual se hace responsable de su padecer o sencillamente queda aplastado por él. Distinta es la realidad de los neuróticos, sujetos que –por disponer del recurso simbólico que ordena las significaciones comunes al conjunto social– cuentan con la posibilidad de eludir la responsabilidad de sus actos, de su falta, de sus decisiones y consecuencias.

En efecto, tanto la queja histérica como el “castillo interior” del obsesivo constituyen las sintomáticas metáforas con que los denominados normales solemos expresar: “Yo no tengo nada que ver con lo que me pasa”. Desde esta perspectiva, la locura es precisamente ser normal, o bien, como se ha dicho, estamos todos un poco locos. Esta posición subjetiva tiene el nombre que Hegel supo acuñar hace ya casi doscientos años: “almas bellas”. Estamos aquí para decir que la locura es ser un alma bella.

Sólo que el hecho mismo de advertirnos acerca de nuestra condición de almas bellas es la inversión dialéctica que nos habilita a dejar de serlo. Es la llave para asumir cierta dignidad.

“Qué hermoso sería ocupar el lugar de una mujer en un acoplamiento”: esta frase no deja de ser un juicio estético, pero es la que disparó el desencadenamiento de la psicosis en el “presidente Schreber”, caso sobre el que escribió Freud. Si en la dimensión de la psicosis encontramos algo del orden de la belleza, en lo que a perversión se refiere podríamos recordar que las orgías de Calígula no excluían cierta invocación a la Belleza.

Por lo demás, ¿no acabamos de hablar de “almas bellas” para referirnos a la locura cotidiana en la que muchos participamos sin ser psicóticos o perversos? Entonces, ¿de qué belleza hablamos cuando nos referimos a la creación cotidiana?

Ya desde hace muchos años se habla de “creatividad” en ámbitos que exceden largamente lo propiamente artístico. En todas las disciplinas donde reina el diseño –arquitectura, moda, imagen, incluso gastronomía–, se insiste en la necesidad de la creatividad.

Por otra parte, se denomina “creativos” a los que, en el ámbito de la publicidad, proponen ideas que triunfen en el mercado. Esta cuestión empieza a tornarse inquietante al recordar la función que cumplen los asesores de imagen en las carreras políticas de quienes gobiernan el planeta, y termina por hacerse intolerable cuando colegimos que, para diseñar armas, aparatos de represión e instrumentos de tortura, probablemente se solicite cierta creatividad. En todo caso, la creatividad no excluye el ingenio empleado con el fin de obtener alguna utilidad.

Ahora bien, pareciera que al término “creación” le está reservado otro estatuto. La creación sugiere la inauguración de un orden inédito, la apertura de un nuevo lugar, la emergencia de un objeto cuya sola actualidad –por convocar la dimensión de la belleza– no abreva ni participa en lógica de utilidad alguna. ¿De qué estética, de qué belleza hablamos cuando nos referimos a la creación?

Aquí debe ser convocado el orden de la ética. Rainer Maria Rilke escribió que “la belleza es ese último grado de lo terrible” (Elegías de Duino). No por casualidad es un poeta quien acude al velo de la representación y la ficción para separar aguas entre lo que es arte, goce impúdico o mero entretenimiento. Se trata de la belleza como recurso para bordear una ausencia, una falla, un agujero que, aun insoportable, es constitutivo del sujeto.

¿Qué le enseña, entonces, el arte al psicoanálisis? ¿Por qué tanto Freud como Lacan sostuvieron que es el arte el que enseña al psicoanálisis, y no al revés? Basta recordar el efecto que producen el momento de concluir en un poema, los cortes en una película, la síncopa en la música, la puntuación en la prosa o la composición en el arte cubista, para apreciar la radical función del tiempo en el arte. El arte proporciona una estética del corte, esa puntuación, ritmo y escansión que habilitan al sujeto a ceder algo de goce en un objeto, sea éste una canción, un gol, un portarretratos, una opinión o simplemente un chiste. ¿Acaso un puñado de mujeres no puso en ridículo al terrorismo de Estado en la Argentina?

El arte enseña la oportunidad del bien decir: la palabra en tanto acto que quiebra la hegemonía de un sentido totalizador; la palabra que, al enunciar la diferencia y por no excluir al cuerpo, sólo se orienta por el pudor.

Intentaré ilustrar con un breve ejemplo clínico cómo la temporalidad del arte provee una estética del corte. Se trata de un taller de música en un dispositivo de Hospital de Día de una institución pública; ocho o nueve pacientes y dos coordinadores. Una mañana, la guitarra, nunca sabremos por qué, quedó marcando el resto rítmico de una canción. Alguien propuso entonces que, en forma sucesiva y ordenada, cada integrante formulara una frase para que el grupo la entonara de acuerdo al ritmo y la armonía que flotaban en el aire. Mientras aparecían las primeras frases –”Hace frío ya”; “Mi mamá me llama para desayunar”; “Por amor...”– la melodía se iba definiendo. Pero cuando llegó el turno de Bruno, manifestó: “No se me ocurre nada”. La coordinadora, sin vacilar y de acuerdo con la consigna acordada, incluyó en la canción literalmente el enunciado de Bruno, que así pasó a formar parte de la creación colectiva. Al tiempo que despertaba de su letargo, Bruno sancionó con una sonrisa el aporte que el dispositivo musical había permitido.

No sabemos qué lugar ocupa “No se me ocurre nada” en la economía libidinal de Bruno, pero sí que la respuesta no sólo habilitó que el sujeto se hiciera cargo de sus dichos, sino también que ese enunciado se constituyera en rasgo a partir del cual trabajar lo propiamente sintomático del sujeto.

* Extractado de una exposición en la mesa “La creación cotidiana como forma de evitar la locura”, Congreso Internacional Salud Mental y Derechos Humanos, Asociación Madres de Plaza de Mayo, noviembre de 2005.

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