SOCIEDAD › CASI 41 GRADOS DE SENSACION TERMICA EN LA CIUDAD

Quién dejó el horno prendido

La temperatura fue sólo unas décimas menos. La mínima fue de 25 grados. El Servicio Meteorológico anunció que esta noche puede llover y recién mañana habrá un descenso. Una recorrida en la tarde por una ciudad que se derretía.

 Por Soledad Vallejos

A primeras horas de la tarde, la sensación térmica en Buenos Aires fue de 40º 9 grados. La marca real distaba apenas unas décimas. El sol no caía, y la temperatura, aunque algo más leve, siguió siendo impiadosa el resto del día, como lo fue desde la madrugada, desde el amanecer de un jueves que tuvo en los 25 grados su marca más baja. No hay esperanzas en lo inmediato: el Servicio Meteorológico Nacional anunció que “recién” mañana es posible que desciendan “las temperaturas a valores inferiores a los 30 grados”, aunque tal vez para esta noche comiencen las lluvias. La clave del agobio fue la alta humedad (llegó al 51 por ciento); también es posible que sea la del alivio.

“Hay que pasar el verano”, sentencia Estela mientras se calza los guantes de goma para seguir trabajando. “Pesa –reconoce– el día y espero que el calor termine, porque es duro salir a trabajar sin haber dormido bien, no poder dormir después de trabajar, o dormir mal y seguir durmiendo mal...” Ella y Karina, la compañera de tareas con la que se alientan para abandonar la sombra y encarar hacia la arena de la playa municipal con vista al arroyo Cildáñez, en Villa Soldati, estuvieron “tomando unos mates, un poco de agua, así todo el día”. En el aire vuelan reggaetones entrecortados por el bullicio de Rocío, “la profe” que parece inmune a que sean las seis y cuarto de la tarde, a que el termómetro ronde los 38 grados y el Ministerio de Salud haya recomendado, específicamente, evitar salidas y actividades físicas para prevenir golpes de calor. Será que la playa es otra dimensión. Se puede elegir una silla (amarilla, como las sombrillas, como las remeras) con vista al arroyo, o tal vez ubicarse de cara a los juegos para niños, inclusive zambullirse en un rincón del área de lectura donde no habrá libros pero sí sombra. Y, sin embargo, algunos valientes se ponen en marcha para no desairar la clase de aerolatino, convocada para una hora atrás, pero casualmente iniciada cuando Página/12 llega a la zona.

La cámara fotográfica había tenido el mismo efecto mágico un rato antes; bastó que una de las turistas accidentales señalara que sólo dos de las cuatro duchas funcionaban (“es una lástima, sería tan lindo que funcionaran todas las duchas”) para que de la nada surgiera un señor con remera amarilla municipal capaz de todo, por caso, de abrir una llave de paso, de dar vida a un bebedero. Chicos que no llegan a los 10 años, descalzos, en cueros, acalorados, corren hasta el chorro de agua que empieza a brotar, tal vez porque en el kiosquito del lugar (una concesión de Coas que parece no tener demasiada clientela) la botella chica de agua sale tres pesos, la de gaseosa cuatro, el helado de agua tres y el de crema ocho.

“Al rayo del sol” es la expresión del momento. Cabe con justeza a los guardias urbanos apostados a un lado de la autopista para practicar controles de alcoholemia, a Jacquelin y Micael, que aunque tengan 4 y 3 años se cansan de la arena y el sol y la falta de viento. Dejan las hamacas y corren hacia un fuerte improvisado con sombrillas donde su madre y una amiga conversan, puro bikini y ojotas, a la vera de la heladerita. “Tenemos agua, cubitos, jugo para los chicos”, dice María recibiendo a sus criaturas, mientras Tamara ceba un tereré de pomelo apropiadísimo. Llegaron a las diez de la mañana porque hubiera sido imposible pasar el día “en el complejo”, los monoblocks donde el aire no corre y la luz, de noche, se corta porque las instalaciones no aguantan las exigencias de las familias acaloradas.

Al caer la tarde, en Costanera Sur comienza a correr una brisa: es la diferencia, enorme, con la quietud agobiante que tuvo el aire hasta ahora. “El calor todo el día fue tremendo”, dice Valeria, que en la temporada de verano cuida un puesto de alquiler de bicicletas a la entrada de la Reserva Ecológica. Como cada día, llegó al comienzo de la mañana, “pero no pasó nada” más que la lucha por la supervivencia propia: “Buscar un poco de sombra acá, otro allá, tomar agua, así me pasé las horas”. La ciudad despierta de noche, con colectivos que repentinamente se llenan con personas expulsadas de oficinas, shoppings, bares con aire acondicionado.

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En la “playa” de Villa Soldati, las duchas empezaron a funcionar a pleno cuando llegó Página/12.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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