SOCIEDAD › ENTREVISTA A DIEGO RAFECAS, DIRECTOR DE LA PELICULA PACO

“El problema no es la droga, es lo que está detrás”

Recorrió fumaderos y comunidades de apoyo, puso su experiencia como ex adicto y la de sus amigos, denunció y explicó. Un director que se opone a la judicialización de la dependencia y que sabe por adentro de qué habla.

 Por Emilio Ruchansky

Acaba de terminar una función de prensa de la película Paco en una productora de Chacarita, cuando dos señores se acercaron hasta la agente de prensa pidiendo un copia para pasar en los colegios de San Miguel. La mujer tardó un buen rato para que entiendan que sólo podía darles un trailer, un resumen del film aún no estrenado. “Este es un material muy interesante para los alumnos, hay que darlo a conocer, el paco es cosa de todos los días”, le decía uno, como para convencerla. Igual se llevaron el trailer. “Todo sirve”, dijo uno. El director de Paco, Diego Rafecas, sonríe al escuchar la anécdota: “La peli se está declarando de interés cultural nacional, se van a hacer funciones en colegios. La verdad es que superó todas las expectativas”.

La trama de este film tiene un marcado costado didáctico y no sólo por la complejidad del uso de esta sustancia derivada de la pasta base de cocaína. Sus personajes principales son adictos a diferentes drogas, que coinciden en un caserón que Norma Aleandro, que hace de directora del lugar, abrió para que trabajaran los psicólogos y terapeutas luego de que su hijo muriera de una sobredosis de heroína. El protagonista es Tomás Fonzi y encarna, con siete kilos menos, al hijo paquero de una senadora nacional. El joven dinamitó una cocina de cocaína en la villa en venganza por su novia, que cambió sexo por dosis y fue ultrajada y asesinada. Entre los adictos está Sofía Gala, que representa a una joven que viene de un manicomio, totalmente empastillada, víctima del llamado “chaleco químico”. Rafecas, hermano de un conocido juez federal, recorrió varios fumaderos de paco, clínicas de rehabilitación y charló mucho con las Madres del Paco. Quería retratar también su propia experiencia con las drogas y principalmente con el tratamiento. Una experiencia feliz si se quiere. Su historia, sumada al relato de amigos y compañeros de terapia, plantea dos paradigmas que deberían seguir granjas, hospitales psiquiátricos y comunidades terapéuticas: la importancia de que el tratamiento sea voluntario y que no se humanice a las drogas para invisibilizar a los usuarios. Rafecas, como su hermano juez, está a favor de que se despenalice la tenencia de drogas para consumo personal.

La judicialización, como vienen denunciando varios ministros del gobierno nacional y la Corte Suprema de Justicia de la Nación, atenta contra la salud de los usuarios problemáticos y hace que muchos sean víctimas de encierros injustificados en lugares subvencionados por el Estado: “Si alguien se va antes, no cobran por el paciente. Por eso no te dejan irte”, dice el director al respecto.

–¿Cómo llegó al tratamiento?

–Yo estuve internado a los 19, hace veinte años, en el programa Andrés. Me picaba cocaína y heroína a veces, cuando conseguía de Europa. El lugar donde estuve tenía una estructura como la que se ve en la película. Había un staff, normas y una estructura: te levantás a tal hora, desayunás, te reunís con los demás, después hay grupos de padres, de amigos, etc.

–¿Era un lugar de puertas abiertas?

-Sí, era un tratamiento voluntario. Era lo único que exigían ahí: “Si te querés curar, quedate, y si no andate”.

–¿Cómo tomó la decisión de entrar?

–Y... yo hice sufrir tanto a mi familia, los veía tan mal cuando nos reunimos y me dijeron: “Diego, aclaremos todo”, y mi viejo lloraba, creo que me interné por amor a ellos. Vivía solo desde los 15. Mis viejos vivían afuera. El tema es estar 3, 4 meses desintoxicándose. Una vez que el cuerpo no quiere más, es más fácil. Tuve una suerte de despertar espiritual, de decir “¿Para qué mierda vivo? ¿Qué estamos haciendo acá?”. Y me fui al otro lado, me hice monje budista y vegetariano. Pero quedó algo pendiente. Siempre quise contar cómo se rehabilita alguien de una droga pesada. En esa época no había paco. Después, investigando y viendo cómo era este tema, me pareció muy interesante.

–La película se detiene más en la vida de los usuarios que en sus problemas de abstinencia, corre a la droga del centro.

–Es que el problema no es la droga, nunca. Es lo que está detrás del uso.

–No todos los lugares de tratamiento tienen esas convicciones, es algo que se ve en la película cuando se muestran otros lugares de rehabilitación.

–Yo pinté un cuadro de una situación con una descripción del mundo tal cual es y eso se transforma naturalmente en una denuncia.

–Pero no es una película meramente didáctica. Tiene su incorrección.

–Sí, Sí. Incluso la senadora corrupta puede ser una buena madre, y el psicólogo que ayuda a todos no puede ayudarse a él. Está siempre el doble filo, de que los malos no son tan malos, ni los buenos son tan buenos.

–¿Qué hicieron para adentrarse en el paco?

–Con Tomás (Fonzi) nos fuimos a un montón de centros de rehabilitación, como el Carlos Gardel, y vimos a “los zombies” de Pompeya. Ahí hay un sector donde están los paqueros, como el epicentro. En los centros los paqueros estaban muy adoctrinados porque al principio se ayudan, rezan todos juntos, incluso en lugares laicos se arengan entre todos. Es algo que a uno le puede parecer raro viniendo de afuera. Se trata de adoctrinar la mente a entender y a cambiar los hábitos. El problema no está en la droga: podés ser adicto al trabajo también. Es lo que dice Luis Luque (hace de psicólogo) en la película: “No van a dejar de ser adictos de un día al otro”. No se cortan los malos hábitos, se hacen nuevos hábitos que ocupan el lugar de los malos. No cortás, construís el día a día, el foco es quién sos, qué amás hacer, descubrir esas cosas.

–¿La escena del escape en una comunidad terapéutica de donde vienen dos personajes que se integran a la casa está basada en un hecho real?

–Sí, es una comunidad terapéutica estatal en la que estaba un compañero de la secundaria que llevaba mucha cocaína a España, de la más pura, y también era muy adicto. Esa cocaína pura lo volvió loco y estuvo seis días sin dormir. Tenía novia y un hijo. Y no se quería suicidar ahí, no quería dejarle el enchastre a la novia. Y se fue en taxi a una comisaría para suicidarse ahí, como para ir directo a la morgue. Lo agarró la policía, le sacaron el arma de la cabeza, le dieron un café con leche y lo mandaron al (Hospital Psiquiátrico) Borda, ahí lo vieron y le dijeron: “Vos no sos un loco, sos un adicto” y lo mandaron a esa comunidad terapéutica. Pasaron 15 días y no hacían nada. Tomaban mate, jugaban al truco y él dijo: “Me voy”. Y enseguida le dijeron: “No te podés ir” y lo cagaron a trompadas. Después se hizo el boludo dos semanas diciendo: “Sí, sí, me tengo que quedar” y se escapó. Tenía que estar 10 meses y el gobierno le paga a ese lugar por cada adicto. Si alguien se va antes, no cobran por el paciente. Por eso no te dejan ir.

–Hay un cuarto de tortura en ese lugar.

–Así es. Es tal cual lo cuenta mi amigo. Lo cagaron a trompadas y le dijeron que lo iban a encerrar con “los temibles”, que eran estos pibitos más pesados, con prontuario.

–En la película se ve la mezcla de desconocimiento de los padres sobre el tema y también un problema para encontrar lugares serios de rehabilitación.

–Hay padres que internan a sus hijos sólo por fumarse un porro. Y sale peor, porque adentro está todo. Uno entra y dice: “Uh, mirá lo que me perdí”. Todo depende del programa y las ganas de lucrar que hay. Si alguien va con algo menor y lo aceptan sólo lo están haciendo por dinero. Es difícil encontrar algo que cuaje con la personalidad del paciente. Es un tema muy delicado y siempre la calidad humana del terapeuta influye, es lo que más funciona.

–¿Y las recaídas?

–Yo no me piqué nunca más, tengo dos hijos, estoy re contento con mi vida. La mayoría de los que estaban conmigo no recayeron, algunos por épocas. Cuando salís, podés caer en 30 segundos si no resolviste una carencia. Generalmente los drogadictos son buscadores espirituales profundos o carentes de afectos. Yo buscaba a Dios en medio de esta chatura. Me drogaba y hablaba de Dios. Ahora me encanta el Zen, meditar y escucharme crecer la barba.

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Imagen: Télam
 
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