SOCIEDAD › TODOS COINCIDEN: “LA MEJOR TEMPORADA DE LOS úLTIMOS TIEMPOS”

En Gesell, casi no hay lugar para uno más

En la playa hay menos construcciones que el año pasado. Los paradores deben ser ecológicos, de madera, desarmables en invierno. En la ciudad, dicen, no queda lugar hasta fin de mes. Lo certifican las multitudes en la peatonal y la arena.

 Por Soledad Vallejos

Desde Villa Gesell

Podrá decirse de todo menos que este verano es piadoso: cuando despunta la mañana, la tormenta parece temporal infinito; cuando acaba de pasar el mediodía, el sol cae a pleno y no deja grano de arena sin sombra. En medio del agua y el viento fuerte, la Avenida 3 recibe la peregrinación: treintañeros cargados de niños y abrigos, algún grupito perdido de adolescentes que por azar no trasnochó. Ya todos los que yiran por las calles donde la arena se convierte en barro desayunaron cuando, de a poco, pero también de repente, el agua ralea. Se hace la magia: las nubes se van, la migración va hacia la costa. Nadie hubiera pronosticado, a media mañana, la tarde de sol arrasador.

La ciudad es apenas un poco distinta cuando amanece soleada. Los balcones dejan ver departamentos llenos de chicos y chicas. Hay quienes todavía están despiertos y coquetean desde las alturas; al asomarse en el fervor que arrastran de la noche –que fue larga–, algunos chicos se bajan los pantalones y ofrendan, como prenda amorosa, la imagen de sus asentaderas a un grupo de chicas que pasaban por ahí. Ninguna se detuvo a preguntar por la oferta, apuradas como estaban por alcanzar la orilla del mar. Lo ven unas señoras que terminan de baldear una vereda en el centro, mientras las tazas de café con leche pueblan las mesas de los bares recién desperezados. En la ciudad, dicen, no queda un lugar libre. Lo sostienen los encargados de los edificios poblados por jóvenes, la peatonal que bulle al caer el sol, los hoteleros que disimulan mal las sonrisas cuando dicen que no hay “nada, nada hasta el 29”. También, claro, lo ha dicho el intendente local, para quien esta temporada es “la mejor de los últimos tiempos”.

El desafío es buscar refugio en la sombrilla acarreada hasta la arena, en el mar que se acerca cada vez más, en el bar de algún parador; donde sea, mientras exista. Desde diciembre, Villa Gesell dejó atrás los edificios en la arena: fueron derribados antes de comenzar la temporada, porque, en adelante, los paradores deben volverse ecológicos, ser desarmables en invierno y rearmables en verano. Windy, el bar con forma de barco, es pasado; la novedad son estas construcciones de madera, que siguen el tono de la rambla y ofrecen vista irrestricta del mar. Sólo con este modelo de paradores, sostiene el proyecto municipal, el viento y la arena podrán interactuar libremente casi todo el año y preservar las playas de la ciudad tal como se las conoce.

Los reparos son pocos. Quizá por eso cientos de personas bordean la orilla de una punta a otra de la ciudad, aunque también podría deberse a las rutinas de ejercicio matinales. Brazos arriba, brazos abajo, arriba, abajo, se esmera un señor, mientras a su lado un amigo intenta darle charla sin prestar atención al énfasis de los movimientos. Un poco más allá, familias jóvenes ven pasar uno, dos, montones de grupos de señoras encapelinadas y con sonrisas inmensas como la playa que se extiende hasta el infinito. Tampoco pasando el muelle se encuentran parajes solitarios. “Agua, gaseosa, ¡no compren licuados! Hace mal el licuado. ¡Arriba la gaseosa!”, arenga un vendedor ambulante al pasar por uno de los chiringuitos con la música a todo volumen. Da unos pasos más, todavía sin respuesta apasionada del público. Lo intenta otra vez al pasar cerca de una familia tipo de cuyas vacaciones no se salvó ni la mascota: “¿Un agua para el perro?”. Pero no hay suerte.

El paisaje está lleno de termos y mates pasando de mano en mano; para gastar 8 pesos por la gaseosa falta un rato. Distinta es la suerte del hombre que viene voceando que “hay facturas y medialunas”, que, como los típicos churros que los vendedores ambulantes llevan en canastos, cotizan algo más que en panaderías (20 pesos la docena).

En la orilla se van multiplicando los caminitos: las pisadas duran segundos antes de que las muerdan las olas, pero alcanzan para demostrar que todos vienen, van, vuelven, se internan entre las olas de media tarde. Los barrenadores que semejan tablas de bodyboard rankean alto entre los niños; en ocasiones, sólo el dibujo de Ben 10 (al tope de las preferencias entre los varoncitos) delata que el uso es más lúdico aún que el amateur. Pero las tradiciones permanecen: las excavaciones para “llegar al otro lado del mundo” causan furor entre nenes y nenas más chiquitos; los castillitos de arena también, en especial cuando todavía es temprano y el horizonte está libre de adolescentes que, en su distracción, den por tierra con todo el trabajo de ingeniería improvisado.

Y es que pasado el mediodía, que puede resolverse en los restaurantes de la costa (algo, no mucho, más costosos que los de la ciudad, donde una comida puede costar entre 60 y 80 pesos el cubierto) o aprovechando ensaladas de fruta, choclos o sandwiches de milanesa (entre 12 y 15, 6 o 20 pesos, respectivamente), el paisaje rejuvenece.

Chicos y chicas son multitud: con hits cumbieros imponiéndose desde los parlantes de celulares, con mates, termos, libros, incluso con heladeritas. Los adolescentes reinan en la arena, especialmente comenzada la tarde, cuando algunos mayores parecieran homenajear la siesta. Mientras, grupitos de tarjeteros se reúnen a la vera de la rambla de madera que separa ciudad de playa. Como si fuera un equipo antes de jugar un partido decisivo, trazan estrategias, acuerdan horarios, se dispersan.

La luz del día huye con pereza, vuelven las nubes y el viento. Todavía falta la noche.

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Los castillos de arena causan furor, sobre todo antes de que lleguen los adolescentes con las paletas.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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