SOCIEDAD › LOS FAMILIARES DE LOS MUERTOS

Dolor y reclamos

 Por Adrián Pérez

“Esto ya pasó varias veces, la gente se pone delante del tren y lo para, pero esta vez le mandaron corcho” (le dispararon), comenta un comerciante en el paso a nivel de la estación de José León Suárez, a doscientos metros de donde la formación de la línea Mitre descarriló en la tarde de ayer. Oscar comenta que la carga llevaba azúcar, cereales y autopartes. Y que cuando los “ratis” llegaron, fueron recibidos a balazos por los supuestos saqueadores. Detrás del puente Márquez se levanta el parque industrial de José León Suárez, una mole de cemento cubierto por la oscuridad de la noche. Cerca de allí, en la tarde de ayer, dos pibes de 16 y 17 años cayeron muertos por disparos de balas de plomo. Después de los incidentes frente a la comisaría, familiares y vecinos esperan el traslado del cuerpo sin vida de Franco Almirón, de 16 años, en la puerta del Centro de Salud Luis Agote. Todos les apuntan a los de la Bonaerense como quienes comenzaron a disparar sobre la gente que se acercó a mirar a la formación que había volcado. Todos coinciden en que el descarrilamiento se produjo de manera espontánea. El fiscal Raúl Soracco considera, en diálogo con Página/12, que en principio “no tenemos elementos suficientes para decir que fue el personal policial”, y que “los peritos de TBA dicen que el descarrilamiento fue intencional”.

Tres siluetas de gomas quemadas quedaron estampadas como fósiles en el asfalto de la esquina de Echagüe y Brigadier Rosas. El enfrentamiento con los policías comenzó cuando se conoció la segunda muerte, la de Mauricio Ramos, “El Pela”, de 17 años. Por eso, el frente a la Comisaría 4ª de José León Suárez está celosamente custodiada por un doble cordón de la Guardia de Infantería. Leonardo, un militante del Movimiento Evita que hace trabajo de base en el barrio La Cárcova, también señala a la Bonaerense por la muerte de los chicos: “La policía dejó que se llevaran todo, pero cuando terminaron de saquear, comenzaron a disparar con balas de plomo”. Al cierre de esta edición, Joaquín Romero, uno de los pibes alcanzados por los disparos, se encontraba internado en la terapia intensiva del Hospital Thompson. Leonardo asegura que recibió tres disparos por la espalda, uno con orificio de salida cerca del corazón. “Va a la quema todos los días, su mujer está embarazada de tres meses”, dice la madre de Joaquín, que arregla veredas y limpia zanjas en el Programa Argentina Trabaja.

“Es mentira que tenían armas”, afirma. Jésica vive a una cuadra de las vías del tren. Indignada por las muertes se arrima y sostiene que “se escuchó un estruendo muy fuerte” y que es mentira que “descarrilaron el tren”. Sentados contra la pared del Agote, tres chicos esperan que devuelvan el cuerpo de Franco; entre ellos está Javier, su hermano. “Nos fuimos a ver el tren que había descarrilado, había mucha gente, chicos, grandes, cuando llegamos la policía comenzó a disparar balas de verdad –recuerda–. Le dije a Franco que nos fuéramos pero cayó junto a mi amigo Pela.” Alberto, un amigo de la familia, abona la teoría de un descarrilamiento espontáneo. “No fueron los pibes, en el lugar hay un montón de escombros”, asegura.

Un puñado de curiosos se asoma para mirar por la ventana del centro de salud, cerca de una imagen de la Virgen María, mientras el furgón de la Policía Científica espera para trasladar el cuerpo de Franco, celosamente custodiado por efectivos de Gendarmería. Franco estaba por cumplir 17 años. Estaba por comenzar noveno año en una escuela ubicada a cinco cuadras de la comisaría. También iba a cartonear al Ceamse, junto a su madres, para buscar entre la basura. Luis, su padrastro, les había advertido a él y a sus hermanos que no se acercaran al tren porque corrían peligro. Isidora, tía de Franco, lo recuerda como un chico que no se metía con nadie, al que sólo le gustaba ver cómo se peleaban en la quema. Mientras Javier atiende el celular de su madre y de rington suena “No hay dolor”, una canción de No Te Va a Gustar, en la salita Zulma espera y augura: “Esta noche va a ser un infierno, puede pasar cualquier cosa”.

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Imagen: Jorge Larrosa
 
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