SOCIEDAD › FOREST WHITAKER, UNA ESTRELLA ENTRE HOLLYWOOD Y LA TAREA HUMANITARIA

“Busco personajes donde lo artístico y lo humano puedan convivir”

Ganó un Oscar por El último rey de Escocia, cumplió papeles brillantes como el de El juego de las lágrimas. Pero Forest Whitaker tiene otro costado: el trabajo en Uganda con los niños soldados, en la Unesco como embajador, como activista por la paz. Aquí, la charla de Página/12 con el actor.

 Por Mercedes Pagalday

Idi Amin Dada se dirige a un pueblo enfervorizado: “Podré vestir el uniforme de un general, pero en mi corazón soy un hombre sencillo. Yo soy ustedes”. Grita vehemente. La gente salta, baila y lo vitorea hipnotizada. Uganda se vuelve loca. El dictador se seca la transpiración con una mano y se palpa el pecho con la otra para comprobar que sus medallas de guerra siguen intactas.

No es fácil ponerse en la piel de Idi Amin Dada. A mediados de los setenta, Julius Harries y Yaphet Kotto, entre otros, lo intentaron. El paso de ambos por la pantalla grande fue raudo y veloz, sin nada de gloria y, quizás, algo de pena.

Forest Whitaker, en cambio, pudo. Pudo de sobra y con creces. Le dio tanta vida al “Señor de todas las bestias de la Tierra y de los peces del mar” –-título autoimpuesto por el excéntrico líder africano– que cuando atiende el teléfono para esta entrevista, cuesta creer que hable tan suave y bajito; casi en un susurro. Lejos de un Forest intimidante, es un pacifista de bajo perfil que aún se emociona cuando visita a los niños soldados de Uganda y cuando recuerda el triunfo de Barack Obama en las elecciones presidenciales del 2008.

A sus cincuenta años, este actor nacido en Texas y criado en Los Angeles se puede jactar de tener una película por cada año de vida. Su interpretación en El último rey de Escocia le valió el Oscar al mejor actor. Vale aclarar: el cuarto en toda la historia para un afroamericano. “Durante toda mi vida luché para que mi raza no determine mis personajes. No fue fácil, pero finalmente creo que lo estoy logrando”, dice con humildad. Elige sus papeles guiado por la intuición, y por sus ansias de explorar la versatilidad inherente a la actuación.

Cuenta que le aburre ser siempre el mismo. A principios de los noventa generó controversia cuando interpretó a un soldado gay enamorado de una transexual en la película El juego de las lágrimas. Y en años más recientes fue conejillo de Indias de la dupla experimental conformada por el director Wayne Wang y el escritor Paul Auster en el largometraje Smoke. Cincuenta años parecen poco para todo lo que hizo.

Forest es uno de esos actores completos. Completísimos. En la jerga actual se lo definiría como holístico. El éxito pareciera pegársele siempre y en cualquier actividad que emprende. En junio de este año fue nombrado Embajador de la Buena Voluntad de la Unesco y así pasó a integrar el grupo de actores “selectos” (hollywoodenses, en su mayoría) que logra combinar a la perfección sus carreras con el trabajo humanitario. Quizás éste sea un reconocimiento un poco tardío, ya que Forest está involucrado en este tipo de actividades prácticamente desde la cuna.

–¿Cómo surge su interés en cuestiones humanitarias?

–Supongo que de mi juventud, fui criado al sur de Los Angeles donde hay muchas pandillas (gangs) en una época caracterizada por la violencia y por el movimiento de los derechos humanos. Eso tuvo un gran impacto en mí. Empecé haciendo trabajo social con algunos de estos grupos sin proponérmelo, fue algo orgánico, se dio de manera natural... Cuando mi carrera como actor despegó, pude llevar este interés a un plano más global: trabajé en programas contra la malaria en Angola y Nigeria, y mientras filmaba El último rey de Escocia, mi coreógrafo, Okello Sam, me llevó a conocer su fundación, Hope North, al nordeste de Uganda. Después de escuchar las historias de los niños soldados, no volví a ser el mismo.

–¿Qué le produjo aquel encuentro?

–Fue un cachetazo. Ver a niños que a los cinco años ya habían disparado un arma, perdido una pierna o a toda su familia, es tremendo... Okello es un sobreviviente de la guerra civil que se puso al servicio de estos chicos. Cuando los rebeldes asesinaron a su hermano, compró un terreno de veinte hectáreas que hoy funciona como hogar y escuela para más de doscientos ex niños soldados, refugiados y huérfanos. Quedé tan impactado con esta visita que desde hace seis años soy mentor de la fundación.

–Además de ser mentor, lo cual significa que contribuye económicamente, ¿qué otras actividades desempeña?

–Mi vínculo con Hope North mutó bastante en los últimos dos años. En un principio el objetivo era albergar y alejar del conflicto bélico a la mayor cantidad de niños. Pero con el tiempo la fundación se fue sofisticando, ahora contamos con más facilidades, tenemos talleres creativos, de danza, arte y orientación vocacional que sirven para curar las heridas que dejó la guerra. Queremos darles a los jóvenes las herramientas necesarias para que nunca más tengan que volver a las armas y para que puedan reintegrarse a la sociedad ugandesa valiéndose por sí mismos. Esto es bastante difícil considerando todo lo que vivieron. Extraoficialmente, soy la voz internacional de la fundación, la doy a conocer en el resto del mundo y como todos los años visito Uganda, puedo seguir de cerca el desarrollo de los chicos.

–¿Qué hace para que la situación de los niños militarizados gane mayor visibilidad en el mundo?

–Obviamente es muy importante que se conozca la labor de la fundación, pero mi verdadero objetivo es que se sepa qué pasó en Uganda, dar a conocer las historias de estos niños que habiendo sido secuestrados fueron militarizados y convertidos en niños soldados, mostrar el genocidio que dejó un saldo de 300 mil muertos, el quiebre de un país y el deseo de salir adelante... Porque yo lo veo cada vez que vuelvo: esta gente realmente quiere salir adelante. En la medida de lo posible intento darles voz a los “sin voz”, y creo que ésa es mi labor dentro de la fundación, como embajador de la Unesco y principalmente como ciudadano comprometido con la realidad. En mi documental Better Angels (Los mejores ángeles) quise mostrar esta situación, y de esta manera reflejar que lo que pasó “allá” (dice enfáticamente) no les pasó a “ellos”, nos pasó a todos, le pasó a la humanidad...

–Hasta no hace mucho tiempo las repercusiones de una guerra civil estaban acotadas a un contexto determinado y de fronteras cerradas. Usted sugiere que esto no es necesariamente así...

–A ver... Puede que la masacre de Uganda, por ejemplo, sólo haya afectado materialmente a los ugandeses, pero esa guerra, y para el caso cualquier otra, nos afecta a todos en tanto seres humanos... Entiendo que pueda sonar una poco metafísico, o quizás filosófico, no sé... Pero yo veo una conexión entre las pandillas de Los Angeles, El Salvador y México y los niños soldados de Uganda. Sus experiencias –más allá de los contextos y motivaciones– están hermanadas. Esto también lo planteamos en el Instituto para la Paz con Aldo Cívico. El factor común es que se trata de niños obligados a crecer de golpe, a ser grandes cuando no lo son y a manejar la violencia como idioma. Hablé y trabajé mucho con estos grupos y siento compasión por ellos y por todo lo que tuvieron que vivir, escuché sus historias y en algunos casos hasta hablé con sus padres, es devastador ver vidas tan cortas y tan llenas de dolor.

–Usted es el cofundador del Instituto para la Paz en la Universidad de Rutgers, ¿en qué consiste esta iniciativa que a un año de su creación ya se perfila como un centro de referencia intelectual?

–El año pasado con Aldo Cívico, antropólogo y experto en resolución de conflictos internacionales, nos juntamos para darle forma a un proyecto que se venía gestando desde hace tiempo. Creamos un programa académico con sede en Nueva Jersey, destinado a estudiantes de grado y posgrado que promueve la paz y el entendimiento internacional. Estudiamos los fenómenos de violencia urbana y violencia juvenil y tratamos de identificar mecanismos de prevención. Nuestra meta es promover la paz como modus vivendi y modus operandi y capacitar a jóvenes líderes para que lleven este aprendizaje a sus respectivos países.

–¿Qué tipo de vínculo tiene el instituto con la Casa Blanca?

–Queremos contribuir al debate sobre cómo resolver conflictos bélicos, territoriales y mundiales de manera pacífica y priorizando al ser humano más allá de todo. La idea es que los frutos de nuestra investigación les sirvan a las Naciones Unidas y al actual gobierno norteamericano, ya que son ellos los que pueden acortar la brecha entre la teoría y la práctica.

–¿Existe la posibilidad de replicar el instituto en la Argentina?

–¡Nos encantaría! El año que viene vamos a abrir un instituto en México y estamos evaluando otros países, pero esto toma tiempo. El reconocido economista argentino Bernardo Kliksberg también forma parte de esta iniciativa y nos ayuda a proyectar el instituto internacionalmente.

Yo acabo de abrir una sede en Uganda, vamos a abrir una oficina regional en El Salvador y ya estamos colaborando con la Universidad de Columbia. Pero es un proyecto muy nuevo, y como queremos que los cimientos sean sólidos preferimos ir paso a paso.

–Usted tiene una carrera artística muy prolífica y un enorme compromiso social, ¿cómo hace para combinar ambas actividades?

–Esto es muy interesante porque durante toda mi vida traté de interpretar personajes que funcionen como individuos globales en donde lo artístico y lo humano puedan convivir, supongo que de la misma manera que lo social y lo artístico vive en mí. No son cosas separadas e inconexas, yo soy una unidad y busco que mis intereses se complementen. A veces es difícil porque el tiempo es tirano y uno no puede estar en todas partes... Producir documentales, como Common Destiny (Destino común), en donde se plantea la necesidad de encontrar la paz mundial, o películas que tengan un trasfondo social ha sido una buena manera de combinar ambas cosas.

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