SOCIEDAD › EN LAS VILLAS PORTEÑAS, EL TEMPORAL QUEDO SELLADO CON EL “ARREGLATE COMO PUEDAS”

Un día entre los vecinos sin techo

En la Villa 21 murieron cuatro personas. En la Zabaleta los vecinos dicen que fallecieron otras siete. Los techos de chapa fueron arrancados como si fueran de cartón. Los habitantes de las villas esperan la ayuda que todavía no llega.

 Por Emilio Ruchansky

Las imágenes del día después del temporal en la Villa Fátima: cuatro familias quedaron sin techo y sin ayuda.
Imagen: Pablo Piovano.

Cuando se aplacó definitivamente el temporal que azotó la ciudad de Buenos Aires, ayer entre las 2 y las 3 de la madrugada, los vecinos del barrio Ramón Carrillo todavía juntaban las chapas de sus techos. Muchas estaban en la cancha de fútbol, detrás de la Iglesia Virgen de Luján, pero no servían. “Después de la lluvia y el granizo, empezaron las ráfagas. Sentí las chapas que arrancaba el viento pegando contra las paredes”, dice Carlos Amrein, instalador de ascensores. En algunos asentamientos cercanos como Los Pinos, los árboles molieron casas precarias como la de Carmen Ríos. “Cayó en el cuarto de mis tres chicos, que estaban jugando con la computadora, pero el tronco se trabó con la cama marinera”, dice la mujer. Anoche, en la villa 21-24 velaban a Facundo, de 14 años, aplastado por otro árbol. Allí y en Zabaleta, según aseguran los vecinos, fallecieron tres chicos más y dos niños y una persona mayor. La ayuda del gobierno porteño todavía está en camino.

Aunque toda la Ciudad fue afectada, sobre todo en el barrio de Mataderos donde cayeron cientos de árboles, en los barrios periféricos de la zona sur el viento dañó hasta los semáforos de la avenida Cruz o Perito Moreno, que quedaron mirando para cualquier lado. En Carrillo un árbol rompió el popular centro de reuniones de la iglesia, a tres cuadras de la estación Mariano Acosta del Premetro, que estuvo interrumpido toda la mañana. Muchos debieron recolectar su ropa entre las ramas y las casas de sus vecinos, mientras merodeaban para recuperar algunas chapas.

Amrein, quien llegó al barrio expulsado del demolido Albergue Warnes, amaneció trozando los sauces y álamos que plantó frente a su casa y también su amado paraíso, serruchado por el viento. “Lo planté hace 18 años y hasta le hice ese canterito que ahora no sirve para nada”, se lamenta. Marcelo Yaquet, referente de la Corriente 17 de Agosto, lo anima: “Mirá toda la leña que tenés para hacer asado”. El instalador de ascensores tenía en mente otra cosa: “Vamos a preparar locro a las brasas”. El temporal le voló varios ladrillos apilados en la primera planta de su casa y que sobrepasaban la medianera.

Mientras en el barrio Carrillo los vecinos, que se quedaron sin teléfono ni cable ni Internet, limpian calles y veredas, y un grupo de militantes de la Corriente 17 de Agosto constata daños y coordina pedidos y reclamos. “A la mañana los vecinos llamaron a Defensa Civil, el BAP (Buenos Aires Presente), al Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC), a Defensa Civil. No los atendían. Recién apareció la ayuda cuando anochecía. Repartieron algunos colchones o hubo que ir a buscarlos. No dieron una sola chapa. La ayuda es realmente insuficiente para lo que está ocurriendo”, advierte Cecilia Calderón, militante de esa organización.

En La Esperanza, un pequeño asentamiento a un costado de la autopista Perito Moreno, se oían los martilleos de los propios vecinos, que reparaban techos con maderas, chapas viejas y hasta con bolsas de consorcio, con tal de pasar la noche cubiertos. “Compramos cinco motosierras y la guita la puse yo, así que espero que me la devuelvan en la UGIS (Unidad de Gestión de Intervención Social porteña)”, comenta Maximiliano Glorioso, referente del Movimiento Popular La Dignidad, en el asentamiento Los Pinos, en Villa Soldati, cerca del cruce de las avenidas Portela y Riestra.

Esos terrenos fueron cedidos por la iglesia a sus ocupantes, recuerda la delegada de la manzana 1 Elsa Vedia, a cambio de “no tocar los pinos”. Y fue uno de esos imponentes y viejos árboles el que cayó en la casa de Carmen Ríos. Sobre su frágil techo van y vienen muchachos que trozan el tronco con la motosierra. La situación en La Veredita, un asentamiento muy precario que en gran parte fue desalojado el año pasado, fue muy grave. “Como son casitas de madera, cartón y chapa se deshicieron con la tormenta”, describió Rosemary Chuquimia, vecina de Los Pinos. Los habitantes de La Veredita armaron sus casillas en el día, mojados y mal dormidos.

Barrio Fátima, cerca de Ramón Carrillo, vivió una madrugada de furia, con casas electrificadas por los postes de luz caídos y familias a la intemperie. “Teníamos todas las chapas desparramadas, algunas retorcidas, y veíamos que los vagos se iban juntando... y nos quedamos despiertos para vigilar”, dice Silvia Solís, que comparte una casa chorizo con tres familias, frente a las canchas de Fátima. Mientras los diez niños de la casa juegan, los adultos reconstruyen el techo con la luna llena en el horizonte. Mesas, sillas, electrodomésticos y colchones quedaron afuera.

“Hay una sola cuadrilla, compuesta por una cooperativa de tres personas, que es financiada por la Ugis. No dieron abasto. Volvieron a colocar algunos postes y ayudaron a varios vecinos, pero no tienen ni materiales de seguridad para ellos, ni materiales para arreglar las casas. Como el gobierno porteño no lotea, mucha gente no sabe si invertir o no en su casa”, denuncia Deborah Rico, integrante de la Junta Vecinal. Varias partes del barrio están sin luz y hasta ahora, dicen los vecinos, sólo llegaron colchones y frazadas.

De las 16 hasta las 21, varios delegados y referentes de los barrios del sur reclamaron chapas a los funcionarios porteños reunidos en la Ugis instalada en el cruce de las avenidas Cruz y Escalada. “No nos permitieron participar del encuentro, pero dejamos varios petitorios y mañana (por hoy) vamos a llevar una lista de las necesidades que tiene cada familia. Por lo que vimos, el gobierno porteño no tiene chapas en sus depósitos”, dice Rosemary Torres, del centro Cultural La Chispa, en Barrio Fátima.

Anoche, en la villa 21-24 y el barrio Zabaleta, el desborde de los pozos y cloacas enmarcaba el preparativo de los funerales.

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