SOCIEDAD › OPINION

Goleada

 Por Raúl Kollmann

Mi mamá, Lizzi (Alicia en castellano) cumple hoy 100 años. Lúcida, aguda y con esa garra increíble que le permitió sobrevivir al Holocausto, el genocidio nazi que terminó con la vida de sus padres en el campo de concentración de Theresienstadt y que la trajo a este lado del mundo. Me discute los precios cuidados, la tasa de interés que le cobró Hugo Chávez a la Argentina, le parece bien el matrimonio igualitario y más de una vez me dice: “Hoy fue una porquería”, refiriéndose a algún programa o noticiero donde estuve. Esa tozudez invencible le permite sobreponerse a todo: se quedó ciega hace un año, pero rechaza la silla de ruedas. Camina, aunque sea con bastón y tanteando los muebles.

Nació en Viena el 18 de mayo de 1914, a comienzos de la Primera Guerra Mundial. Dice que tiene una imagen: su padre volviendo de la guerra con el uniforme puesto. Seguramente aquello ocurrió al final de la carnicería, en 1918. “Yo tenía un tío rico –cuenta–, que fabricaba pulóveres y se compró uno de los primeros autos que se veían en Viena. El me quería llevar al colegio en el auto, pero en esa época les teníamos miedo a los autos, así que le inventaba excusas para no subirme. A veces me iba media hora antes al colegio para escaparle al auto. ¿La radio? Sí, había. Pero teníamos que ponerle una piedrita, no sé, algo parecido a un imán, para que funcione.”

El mundo cree que Adolf Hitler fue alemán. En verdad nació en Austria, a 250 kilómetros de donde nació mi mamá. No es una casualidad geográfica: Hitler fue producto de un antisemitismo descomunal de la sociedad austríaca de aquel entonces. “Cuando se entraba al colegio, en cada aula, los primeros minutos eran dedicados a rezar. Los niños judíos teníamos que pararnos, como los demás, pero nos teníamos que mantener en silencio. Eso por ahí, en ese momento, no nos llamaba tanto la atención. Pero poco a poco estaba mal visto tener amigos judíos y hasta era peligroso tener un empleado judío. El día que Hitler, desde Alemania, anexionó Austria (12 de marzo de 1938), a mí me despidieron de la cafetería en la que trabajaba. Y en la carta pusieron: ‘por razones raciales’”, recuerda.

Ya por entonces se trasladaron a Austria las leyes de Nuremberg que impedían a los judíos ejercer sus profesiones e incluso ser propietarios de negocios. El camino que quedaba era salir cuanto antes del país, buscar nuevos horizontes. Pero no era fácil. Mi papá, Egon, después de que le expropiaran la panadería familiar, había logrado salir de Austria y mi mamá consiguió forma de llegar a la frontera de Holanda. Ahí la detuvieron. Pasó la noche del Día del Perdón ayunando, presa, en una comisaría holandesa, y al día siguiente la devolvieron a Alemania, es decir a una muerte probable. Finalmente, mi papá consiguió vender su cámara de fotos –en aquel tiempo un lujo– para comprar la documentación que le permitiera salir. Un rabino los casó en una casa: ya no existían las sinagogas.

Sin embargo, el mundo no quería judíos. Conseguir un país que recibiera a los sobrevivientes del nazismo era más que difícil, pese a las extraordinarias gestiones que hacían las organizaciones judías internacionales. La pareja de mis padres logró una visa para ir a Paraguay, lo que les permitió subir a un barco, el Alsina, en tercera clase, y afrontar un viaje a lo desconocido, a una América del Sur en la que se hablaba un idioma del que no conocían ni una sola palabra.

Nada resultaría sencillo. Cuando el barco llegó a Montevideo, se informó a los pasajeros judíos que Paraguay cerró sus fronteras y que no los admitiría. El Joint, una organización de rescate judía, logró finalmente negociar con las autoridades uruguayas que les permitieran desembarcar. Mis padres pusieron así pie en América: tenían encima seis dólares. Lizzi limpiaba casas, mi papá consiguió colocarse como empleado. Pero la obsesión era lograr visas para los padres, sacarlos del infierno nazi. Esa fue la razón por la que llegaron a la Argentina, en 1939: la Argentina daba algunas visas. Pero fue tarde: el país también ya había cerrado sus puertas a la llegada de judíos y los padres de Lizzi nunca pudieron ser encontrados. Murieron en el campo de concentración de Theresienstadt.

Después vino la vida de centenares de miles de inmigrantes. Edificio-colmena en Lavalle 357, progreso lento y esforzado. Y con las secuelas tremendas que deja ser sobreviviente: el temor a perderlo todo otra vez, las inseguridades, el miedo permanente a que algo malo pase. Con ese trasfondo, Lizzi nunca fue sólo ama de casa: siempre trabajó junto a su marido en la empresita familiar y, además, sacándole tiempo (y dinero) a sus vidas individuales para construir uno de los tantos maravillosos clubes de inmigrantes: la Asociación Cultural Israelita de Buenos Aires (Aciba). A veces me pregunto: ¿Valoramos en serio esa obra extraordinaria de nuestros padres y abuelos? Miles de clubes y asociaciones, con elecciones democráticas, que brindan una vida hermosa y amistades para siempre a grandes y chicos.

Lizzi llega hoy a los 100, como siempre, peleándola. Fue viuda dos veces, tuvo hijos y es abuela. Hubo días, en estos últimos años, en que nos dijo “bueno, esto ya está, no quiero más, ya es suficiente”. Pero al rato se le pasa y aparece con la misma garra, sabiduría y polenta de siempre, enfrentando las adversidades de la ceguera y los achaques.

Mi mamá cumple un siglo. Crack en toda la cancha. Frente al nazismo, el destierro, el desarraigo: una goleada de la vida.

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