SOCIEDAD › ABRIERON EL PASAJE, EN BARTOLOMé MITRE, FRENTE AL BOLICHE DE LA TRAGEDIA

Una peatonal de una década

Inauguraron la peatonal sobre Bartolomé Mitre al 3000, en la cuadra donde funcionaba el boliche Cromañón. Los familiares de víctimas y sobrevivientes asistieron a la inauguración. Se realizó una breve ceremonia a la que fueron funcionarios porteños.

 Por Soledad Vallejos

Caía el sol y sobre lo que hasta hace una década era la calle Bartolomé Mitre se arremolinaba un centenar de personas. Cargaban fotos, nombres, pancartas, como quien lleva de la mano a una persona que no está. A un día de que se cumplan diez años del incendio en el boliche Cromañón, ese tramo de la calle se convirtió oficialmente en peatonal y en lo que sobrevivientes y familiares de víctimas llaman santuario. “Es un homenaje a nuestros chicos. Al fin tienen su calle”, dijo Mónica Schill, madre de una víctima, al comenzar la breve ceremonia, a la que asistió la vicejefa de Gobierno porteño, María Eugenia Vidal. Ese espacio, a metros de la estación Once, fue “el principal testigo de la mayor masacre no natural de la historia argentina”, el lugar “donde esa noche se escuchaban gritar nombres para ser encontrados, llantos y dudas” y también el mismo en el que “ese primer año muchos pasamos la Navidad”, enumeró Schill. Poco después, Nilda Gómez decía a este diario que ese espacio “es sinónimo de lucha y resistencia” para un colectivo que puede tener sus diferencias, pero se reconoce como “la familia Cromañón”.

Lo que hasta los últimos días de 2004 fue un tramo de la calle Bartolomé Mitre hoy es una peatonal llena de nombres. Donde durante años hubo un techo de chapas protegiendo algunos bancos de hormigón y zapatillas colgando de cables, ahora hay tres paneles de fotos: nombres, apellidos, fechas de nacimiento y edades al momento de morir por el incendio del boliche Cromañón. Persiste el mástil levantado sobre ladrillos colorados; también el árbol de Navidad que “la familia Cromañón” arma cada 8 de diciembre con las fotos de quienes murieron en 2004; contra el alambrado que separa el espacio público del estacionamiento de una línea de colectivos, algunas flores de plástico ya descoloridas todavía acompañan carteles ajados que recuerdan “los chicos presentes, ahora y siempre”.

La cuadra está bordeada por canteros y un camino de agua con ruido a arroyo, que termina casi en la esquina de Jean Jaurès, acompaña un ensayo fotográfico protagonizado por sobrevivientes y familiares. Por ese espacio, que ayer empezó a poblarse de a poco mientras caía el sol, antes del acto se escuchaban recuerdos. “¿Sabés lo que era esto? Yo me acuerdo de que salí corriendo por el otro lado”, decía un treintañero fornido a un amigo que lo acompañaba en el recorrido de las fotos, la calle, el lugar que cambió pero no.

“Esta calle fue un punto de encuentro. No nos conocíamos, pero nos conocimos cuando vinimos a protestar contra el mayor suceso que le puede pasar a un ser humano: perder un hijo. Ese primer año muchos pasamos aquí la Navidad. Para más de uno, en este lugar están ellos”, dijo Schill al comienzo de la inauguración. Si sobrevivientes y familiares se opusieron durante años a que la calle fuera reabierta para el tránsito vehicular, explicó, fue por eso. “Quisieron abrirla, pero pudo más el amor. Enfrentamos hasta a topadoras, no pudieron pisotear la memoria. Esta calle se la debían a nuestros hijos. Es un ejemplo de lucha, porque jamás vamos a bajar los brazos. Siguen presentes en esa maldita noche eterna”, agregó Schill, y a los aplausos siguió el centenar de voces: “¡Los pibes! ¡Presentes! ¡Ahora! ¡Y siempre!”.

Poco después, el director de la Agencia Gubernamental de Control porteña, mayor (R) Juan José Gómez Centurión, citó al monje benedictino Ansel Grün para referirse a los modos de sanar los traumas. Sobrevivientes y familiares, dijo, procuraron “la persecución de justicia y dieron el ejemplo a la sociedad”, tuvieron “el valor de haberse puesto a trabajar para que no vuelva a pasar” y participaron del “diseño de gestión y la obra de esta calle”. A su turno, la vicejefa Vidal agradeció “haber trabajado y habernos dejado hacerlo” desde el gobierno porteño. El cura Juan Isasmendi, de la parroquia Virgen de Luján, antes de comenzar la bendición dijo que ese lugar es “una pequeña tierra santa”. Luego, pidió a los concurrentes que levantaran, como él, una mano y participaran de la bendición de “la calle de los chicos de Cromañón”. “Que podamos seguir trabajando para nuestra ciudad y nuestros chicos”, deseó.

“La familia Cromañón somos un grupo”, dijo Nilda Gómez, a su turno. “A diez años, todos los que somos parte formamos esta familia que reconoce el dolor, sabe luchar, sigue” y considera el espacio como “una conquista de la lucha una conquista de la resistencia”. “Con la bolsa negra que tenía el cadáver de nuestros hijos, nadie nos dio un manual de cómo luchar. Claro que cometimos errores, pero no tenemos un manual.” Gómez recordó a los chicos, pero también “a los padres que no están, a los padres que están enfermos, a los padres que murieron” y se congratuló de haber logrado que esos cien metros no sean “un lugar donde quienes quieran ahorrar estacionamiento vengan a poner su auto”. Empezaba la noche cuando el acto terminaba. Gómez decía a este diario que hay fortaleza, pero “las lágrimas están siempre”. “Estamos en vísperas, esto es una vigilia”, agregó.

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Un centenar de familiares concurrió a la ceremonia y recordó con fotos, nombres y mensajes.
 
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