SOCIEDAD › ENTREVISTA A ENRIQUE STOLA

“El rostro de un golpeador”

 Por Soledad Vallejos

En los casos de femicidio, en especial cuando median antecedentes de denuncias judiciales e intervenciones por violencia machista, la emoción violenta no existe, explicó el psiquiatra y psicólogo clínico Enrique Stola. En casos como el del femicidio de Claudia Schaefer, en el que hubo instancias institucionales dando cuenta de episodios de violencia contra ella, es imposible alegar un rapto de violencia porque esos antecedentes son “muestras sobradas de que hay intención de matar”. “El tipo que golpea furiosamente no sabe cuál va a ser el golpe mortal, pero sí ya tiene tomada la decisión de matar. Suponiendo que vos seas un tipo que te ponés ciego cuando te enloquecés, te ponés violento, se supone que hace muchos años debías haber recurrido a tratamientos psiquiátricos o neurológicos para que no ocurriera, y que nunca deberías haber ejecutado violencia contra la mujer, contra el cuerpo de la mujer que es tu pareja. Te hubieses hecho tratar. Sin embargo, viniste ejecutando acciones en contra de esa persona, tratando de destruir ese cuerpo y lo lograste. Lo único que hacen estos hombres es concretar su fantasía, porque durante años o meses han venido golpeando ese cuerpo y amenazando de muerte. En algún momento iban a llegar a matar. Puede haber estado planificando esa muerte o no, pero decidida, estaba. También hay casos de hombres que tienen esa muerte decidida pero no la pueden ejecutar porque la mujer logra medidas de protección o escapa”, señaló.

El especialista, que años atrás fue perito de las víctimas en el juicio por abuso contra el cura Julio César Grassi, también observó una recurrencia en la resonancia mediática del femicidio de Martindale. “En este tipo de casos, recurrir a la descalificación de la víctima es típico de los abogados contratados para defensas de victimarios de clase media y clase alta. Esos abogados, que están bien pagos, por supuesto, suelen hacer estrategias para destruir a la mujer. Si está muerta, procuran destruir su imagen; si está viva, liquidarla judicialmente.”

–En este caso en particular, durante estos días el abogado defensor de Farré, Gustavo Alvarez, en distintas entrevistas se dedicó a atacar a la víctima.

–Sí, eso de “ella no cuidaba a los chicos”, “lo ponía nervioso a él por no cuidarlos”, “era agresiva y tampoco lo cuidaba a él”. También, el argumento de que ella lo usaba para ascender socialmente. Es terrible el nivel de descalificación, de machismo. Los casos de violencia generalmente son de años o meses intensos, estos tipos siempre intentan controlar a la víctima, controlar el cuerpo de la víctima, hasta que llegan a destruirlo en el caso de los asesinos. De este señor, el abogado ponderaba el amor por sus hijos, pero claramente no le interesaban cuando le pegaba a la madre de sus hijos delante de ellos. Tampoco le importó matarla.

–¿Por qué señala esta estrategia de descalificar a la víctima como algo específico de sectores con más dinero para pagar una defensa? ¿Por qué en casos de víctimas y victimarios pobres no se encuentra esa recurrencia?

–En otros sectores sociales, no tienen dinero para pagar un abogado y la defensa queda a cargo de defensores oficiales. En general, los defensores oficiales la estrategia que tienen es garantizar el debido proceso, no destruir a las víctimas. En cambio, la estrategia de los otros abogados tiene por objetivo destruir a las víctimas en nombre de garantizar el proceso. Y hacen eso con muchas chicanas judiciales, van alargando los plazos. Logran que el victimario goce de prisión domiciliaria y van alargando los tiempos, porque los días que pase en la domiciliaria se van contando como días en prisión en caso de que sea condenado. Así, tratan de ir descontando tiempo de pena permanentemente. Por otro lado, en el caso de Farré, estos días se habló mucho de la fotografía del hombre esposado y ensangrentado. Dicen que con la foto se muestra el estado de conmoción que tenía. Si ese es el objetivo de por qué le sacaron la foto, la cuestión es por qué y quién lo hizo. A él lo llamaron por el nombre y puso la cara para que lo vieran. Pero un tipo conmocionado se queda en el molde, quiere ocultarse. Lo hemos hablado con colegas desde que se conoció esa foto: es el rostro que vio cualquier mujer que sufre violencia machista. No es el rostro de la emoción violenta, es el rostro de un golpeador, nada más: del que amenaza y destruye.

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