SOCIEDAD › EL GLACIAR PERITO MORENO SE ROMPIO, DESPUES DE CASI DOS DECADAS

El gran show que tardó dieciséis años

Ante una multitud fascinada, que en muchos casos había hecho noche a orillas del lago, el glaciar dio su retrasado espectáculo, perdiendo inmensas torres de cientos de toneladas de hielo. El público llegó a tiempo porque se había detectado a tiempo una fisura que avisaba que el rompimiento era inminente.

 Por Horacio Cecchi

Desde El Calafate

Rrrrruummblee, crashhhh, splashhh. Ohhhh, ahhh, uhhhh. Como una cortadora de fiambre, el agua del Brazo Rico, socava la base del glaciar Perito Moreno, deshojando la inmensa pared de hielo de 70 metros de altura y desparramando lonjas congeladas de miles de toneladas sobre el canal de los Témpanos. Es la primera vez que se produce el rompimiento del glaciar en hace 16 años, lo que transforma el suceso en un hecho histórico. Rrrumble. Ohhhh. Una multitud estalla en exclamaciones en todos los idiomas, mientras las cámaras fotográficas intentan reproducir lo imposible. Muchos han permanecido durante toda la noche, en vela, durmiendo a la intemperie con tal de no perderse el fenómeno (rrumblee) con horario impredecible. Los que supieron mantener el ánimo y la espera tuvieron un bonus extra: vieron a la senadora Cristina Kirchner sumarse a la multitud, en los miradores, para exclamar ohhh, ahhh, como lo haría cualquiera.
Son 78 kilómetros los que separan El Calafate del glaciar Perito Moreno. La mitad, exactamente, es camino de ripio y cornisa. Cuando se entra en el recorrido de montaña, la espesura del monte de un lado y el agua embalsada del Brazo Rico del otro, dejan una sensación de soledad que sólo se interrumpe sólo al llegar a la Curva de los Suspiros, donde se ve a unos diez kilómetros el glaciar en pleno. La sensación también se pierde al llegar al borde del glaciar para comprender que hay al menos mil tipos interesados en lo mismo que está interesado uno.
Sólo el rrrrrummble de uno de los cientos de gigantescos desprendimientos hacen olvidar tanta humanidad. Hay también minutos, larguísimos minutos de un silencio pavoroso, en el que nadie se anima a decir nada, todos concentrados en algún bloque, qué bloque, un tremendo trozo de pared de 70 metros de altura, que hace equilibrio y no cae, y no cae, y todos los silencios sumados que parecen empujar el bloque. Hasta que, rrummble, estalla la exclamación. Es curioso, pero el hielo del glaciar no es blanco sino de un azul transparente con vetas negras. Dicen que azul porque está tan comprimido que falta oxígeno en su composición lo que da ese color. Las vetas, llamadas trefas, porque en su avance el glaciar arrastra aluviones que aplasta hasta dejarlos como las delgadas líneas de una madera. El arrastre no es cosa de un mes ni un año. El hielo que forma la pared que ahora está desplomándose tardó 150 años en bajar desde la cima del glaciar, a razón de 1,40 metros por día.
Son tres los miradores (balcones los llaman, poéticamente), cada uno en un nivel diferente. El más bajo también es el más cercano, a unos cien metros del último, pero inmenso bloque de hielo que resiste a los embates del agua y sigue haciendo dique. En el balcón (en los tres) hay turistas para todas las edades e idiomas. Este cronista pudo escuchar al menos cinco: francés, inglés, alemán, español (de España) y japonés, además del español (argentino). Todos hablaban en sus diferentes lenguas, hasta que un rrumbbble los unía en la gutural e internacional onomatopeya oooooohhh.
Pero, además, junto a las barandas se podían escuchar los comentarios más disímiles. “La secuencia de la caída del hielo es regrosa”, dijo él, tratando de seducir con sus conocimientos de fotografía a una jovencita. “Sí –le contestó ella medio cortante y ya verán por qué–. Una secuencia no es lo mismo que una sola foto pedorra.” Al lado, una guía explicaba en un depurado francés la historia del glaciar a una pareja de galos septuagenarios que el proceso de ruptura se había iniciado el jueves por la noche, cuando se descubrió una filtración. “Parecía que habían abierto una canilla y el agua salía a presión”, les explicaba a los dos galos, mientras dos chiquitos japoneses correteaban entre las rodillas del público. Su madre intentaba la imposible tarea de mantener quietos para la foto a los chicos y simultáneamente a los bloques de hielo cayendo.
Esa filtración parece haber llegado a oídos del presidente Néstor Kirchner, que había planeado viajar a Chile junto a Cristina. La orden fue que lo tuvieran enterado de la inminencia. “Parece que está por romperse”, le comentó a Cristina. Y Cristina no fue de la partida a Chile. “Aunque parezca mentira, nunca pude ver el rompimiento del glaciar”, dijo la senadora, ya ocupando un lugar contra la baranda del mirador, y deslizó un párrafo cargado de ironías: “No se formaba el embalse desde el ‘88. Vino Kirchner y se formó. Es toda una señal”. Para entender la ironía habrá que hurgar en la historia. El ‘88 fue el último año en que se produjo el proceso del glaciar avanzando sobre la península Magallanes y cerrando el paso del agua, para después romper con estrépito. En el ‘90, pasó Carlos Menem presidente y el glaciar no avanzó más. Desde ese momento, hasta ahora, los santacruceños imaginaban que el fenómeno del rompimiento jamás se repetiría, perdido entre las incógnitas de la naturaleza y las fuerzas de la mufa. Ayer, un turista reconoció a la primera dama entre el mundanal de gente y le deslizó una recomendación de actualidad: “Por qué no traen a los del FMI acá y les congelamos la deuda”. Cristina Kirchner prefirió no hablar de política: “Hoy no es un día para mensajes, es un día para ver estas imágenes”.
Entretanto, los rrummble seguían haciendo crashhh y splashhh al caer estrepitosamente al agua. Parece mentira, pero algunos ya le habían encontrado el reloj a la cuestión. Como el glaciar no tiene una hora precisa para romperse en mil pedazos, los ya experimentados apelaban a la oreja: la mantenían atenta mientras conversaban, pero apenas se escuchaba el atisbo de un rumor de hielo, ya exclamaban aahhh, ohhh antes de girar la vista buscando en cuál de los sectores del frente de 4 kilómetros era el que provocaba el desprendimiento. De todos modos, muchos perdían el momento imperdible, con la consecuente queja. “Te dije que justo ahora no tenías que ir al baño”, le decía ella, y él le respondía “y qué querés mujer, la naturaleza obliga”, y ella contraatacaba con que él se había llevado la cámara al baño. La queja se comprende: la pareja había pasado toda la noche a la intemperie esperando el momento, y él dejaba pasar ese momento por una nimiedad.
De todos modos, había rrumble y crashh para hacer ohhh y ahhh por varias horas más, hasta que el inmenso bloque, el último que seguía taponando como un dique, cayera estrepitosamente y el lago se nivelara.

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Una de las torres de hielo que cayeron rugiendo al agua.
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