SOCIEDAD › EL TRAFICO DE ORGANOS

La eterna sospecha

 Por Juan Ignacio Provéndola

Cecilia Giubileo había vivido mucho tiempo en Córdoba y pululó por varias localidades de Buenos Aires antes de establecerse en Luján. En los últimos tiempos, además, alquilaba un departamento en Recoleta, donde dormía cuando cursaba alguna de las especializaciones que estudiaba. Estaba divorciada, sin hijos y la relación con su familia era constante, pero fría. Cultivó unas cuantas amistades porque, al fin y al cabo, era una persona dada, agradable y muy inteligente. Pero también discreta.

“Tenía una forma de ser muy particular. Era amiguera, entradora, pero no contaba toda su vida. En ese sentido, era muy callada”, recuerda su ex compañera de facultad y amiga Teresa Merino.

Su hermano Francisco, en cambio, había logrado ingresar en su intimidad. Fueron novios durante ocho años y, luego, sucedió lo que no es habitual: una amistad profunda y sincera. De esas noches de confianza, Francisco Merino recuerda las veces que le decía que “el trato a los enfermos mentales era desastroso”. Todas fueron iguales, menos la última: “Allí me contó que en la colonia habían empezado a perseguirla porque quería denunciar algunas irregularidades. Me dio a entender que a los muchachos les sacaban las córneas y luego los mataban en una caldera. También hablaba de órganos. Estaba muy asustada”, recuerda Merino, 25 años después. “Veníamos de la dictadura y yo le dije que no se involucrara en líos, que vivamos tranquilos porque hay organizaciones con las que es muy difícil meterse y al que jode, lo matan.” Desapareció una semana después.

Hoy, Merino es camarista de la localidad de San Francisco y se arrepiente de no haberse presentado a declarar. “La había pasado muy mal durante el Proceso y sentí mucho miedo de hacerlo”, se excusa.

Pero para Julio Acedo, ex compañero de Giubileo y actual referente gremial de ATE Luján, la historia no cierra en absoluto. “Un órgano no es una caja de chicles que se compra en un kiosco. Para un óbito orgánico hacen falta un lugar personalizado, personal especializado y compatibilidad genética. En ningún pabellón de la colonia se puede ablar órganos, porque sería para tirarlo a los chanchos.” Marcelo Parrilli coincide, pero observa: “En la colonia no había capacidad quirúrgica, ni médica, ni farmacológica, ni higiénica como para hacer absolutamente nada. Es estúpido decir que había tráfico de órganos ahí. En todo caso, era más probable que hubiera tráfico de personas. Tranquilamente podías llevarte un tipo y, al mejor estilo desarmadero de Warnes, sacarle los órganos adonde a vos se te ocurriera sin que nadie se enterase, ya que cualquier chacarero debía tener más control sobre sus gallinas que el que tenía la colonia con sus internos”.

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