SOCIEDAD › LA COLECCION QUE ES PURA NOSTALGIA

Una historia de las figus

Por S. V. @

“Yo no conseguía ninguna figurita difícil, debe ser esa frustración lo que me lleva a coleccionar”, dice Rafael Bitrán, historiador, docente, librero y coleccionista de figuritas argentinas históricas en mucho más que sus horas libres. Bitrán fue uno de los primeros en detectar que en muchas familias circulaban colecciones que nadie sabía muy bien dónde guardar, para qué, hasta cuándo, por qué. Lo observaba desde la librería de usados que, hace más de dos décadas, abrió con amigos y socios. De a poquito, empezó a comprar. Con el tiempo y la obsesión, encontró un par en otro coleccionista, Francisco Chiappini, con quien publicó Malditas difíciles en 2002, Idolos en cartón en 2005, y Difíciles eran las de antes. Historia de las figuritas de fútbol en la Argentina (1910-2013), este año. Antes, durante y mientras fueron (son) objeto de estudio y reflexión, para él las figuritas nunca perdieron ese encanto de pasión que no se agota. Gran parte del placer, hoy, consiste en ver las reacciones del público cuando asoman a los cientos, miles, de pequeñas imágenes que cuentan casi un siglo de historia de la vida cotidiana. Bitrán lo explica sentado en una de las escaleras del Palais de Glace, donde puede verse “Difíciles eran las de antes”, parte de su colección, una selección de piezas producidas en la Argentina entre 1920 y 1990 (originalmente programada hasta el 20 de abril, la muestra generó un boca en boca tan extenso que continúa hasta hoy en la planta baja de Posadas 1725).

–Puede ser un laburante o un gerente, no importa: vos ves que a medida que va viendo las figuritas y recordándolas, se transforma. Hay una cosa nostálgica, ingenua, lúdica. Es como una cajita de la memoria que remueve algo, despierta una felicidad ingenua. Pero no porque las figuritas sean ingenuas.

Entre paneles, mesas y gigantografías, se despliegan historias de las infancias, de muchas, de distintas generaciones. Dibujados, Tato Bores conversa con el Topo Gigio, mientras en otro panel, casi como una ventana a la década del ’40, las figuritas Gran Capitán prometían ser “la sensación del año” con sus imágenes de futbolistas en “la colección más extraordinaria que podrá reunir en un hermoso álbum”. Ahí nomás, los chocolates Piraña prometían grandes regalos: “Un carnet para el cine de su barrio durante seis meses”, pelotas de fútbol usadas en determinados partidos entre grandes equipos y firmadas por los jugadores; alcanzaba con coleccionar las 60 imágenes hallables en los paquetes de la golosina, que tanto podía traer a Jesús, Sarmiento o Clark Gable como a un caballo, una bandera británica o un jugador de Boca. En la exposición dominan las colecciones de fútbol, seguidas por temas generales y algunas dedicadas al público de niñas. No debe tomarse eso como representativo de lo que fue la producción local, dice, sino como resultado de sus gustos personales. “De hecho, emtre 1950 y 1980, en la Argentina la colección más vendida fue Caperucita, de 1964”.

En el aire, a un tango sigue una milonga, y una señora se conmueve tanto por reconocer las imágenes puestas sobre pared, exhibidas en sus cajitas, sus sobres sin abrir, dentro de un vitral, que busca con la mirada a la persona más cercana, por desconocida que sea, para compartir en voz alta el asombro. El desconocido le responde; sonríen con complicidad y sigue cada uno por su lado. Entre los paneles también sobrevuelan los murmullos de los hijos de Bitrán, el coleccionista cuyos tesoros muestran los hilos del entramado que sostuvo infancias y días de gente que no se conocía y ahora, sin embargo, se reconoce porque una figurita les arranca un gesto de sorpresa.

Bitrán dice que, aunque tiene algunas figuritas difíciles en sus colecciones, deliberadamente no quiso exhibir esas. Que la gracia era recurrir al pasado en común de distintas generaciones: las figuritas que cualquiera puede haber visto, las que hagan recordar algo. “Quería que la gente se sintiera emocionada, que viera algo significativo. A las figuritas raras no las conoce casi nadie”, explica.

Algunas gigantografías, en cambio, sí muestran ejemplares difíciles. Otras, una rareza: imágenes de Platos voladores al ataque!”, el álbum de figuritas ilustrado por Alberto Breccia y escrito por H. G. Oesterheld que, en realidad, era más una novela gráfica. “Era una historieta en figuritas. Traía 100 figuritas, cada una con un texto. A medida que completabas el álbum, armabas la historia”, explica Bitrán. La historia contaba una invasión extraterrestre a la Tierra, que para defenderse sellaba una alianza con otro planeta; como en un culebrón, una vez lograda la victoria, la Tierra es traicionada por sus aliados; la salvación llegará de la mano de unos argentinos.

–¿Las figuritas son un juguete?

–Según el fabricante de las figuritas Crack, son el juguete del pobre. Es un juguete al que, por lo menos antes, podían aspirar casi todos. Hoy un paquete sale cinco pesos, es más caro tal vez, porque a un chico al menos tenés que comprarle de a tres. Pero antes, también, pasaba otra cosa que cada vez se ve menos: las figuritas servían para jugar. Venían, además de las cuadradas, las redondas, las de cartón. Se podía jugar a la tapadita, al chupi, al punto, que era arrojando las redondas contra la pared. Y si un chico no podía comprarse muchas figuritas, sabía que jugando podía acceder a un montón más. Si era bueno, podía ganar un montón de figuritas. Pero ahora las redondas no vienen más. Y las figuritas son de un papel liviano, o sea que tampoco podés jugar a arrojarlas y ver quién la tira más lejos. Sé por mis hijos, que son chicos, que en los recreos no se juega con las figuritas, pero sí persiste esa fantasía lúdica de completar el álbum. Sigue habiendo fascinación por el sobre cerrado, por la intriga de qué habrá, por canjear las repetidas, ver cuál tenés, cuál no. La sociabilidad de las figuritas hoy pasa por el canje, digamos.

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Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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