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Domingo, 14 de agosto de 2011

DESPEDIDAS > ADIóS A FRANCISCO SOLANO LóPEZ, EL DIBUJANTE DE EL ETERNAUTA

El estrabismo en la concepción del héroe

Con Francisco Solano López muere el último protagonista de la edad de oro de la historieta argentina. Debutó en la Editorial Columba, se hizo exitoso en la revista Misterix y explotó en Hora Cero. Tras salvar a su hijo de la dictadura militar, el exilio lo llevó a Brasil, Inglaterra y España, donde se reinventó con historietas como Slot Barr y luego Ministerio y Evaristo, tal vez sus dos mejores obras de la madurez. Gran dibujante de mujeres, incursionó también en la historieta erótica. Pero su nombre permanecerá siempre ligado al trabajo que hizo junto a Héctor G. Oesterheld en esa cumbre que fue El Eternauta en los años ’50. El viernes pasado a la madrugada, a los 83 años, y habiendo disfrutado un reconocimiento público tan esquivo a los demás miembros de aquella época, murió en Buenos Aires. Guillermo Saccomanno, autor junto a Carlos Trillo de la primera gran historia de la historieta argentina, y que trabajó con él en los ’80, lo despide echando una mirada sobre ese personaje que no para de cobrar nuevos significados.

 Por Guillermo Saccomanno

Si una lección depara Borges en “El escritor argentino y la tradición” es la libertad de escribir con la libertad de apelar a la biblioteca de todo el planeta. Oesterheld, en su obra vasta, inconmensurable, que nutrió generaciones con sus guiones, coincidía en este postulado. Del mismo modo que Borges enseñaba una lectura juguetona y campechana –y no por esto menos culta– una forma de leer a Conrad y Stevenson, a Schwob y Kafka, y construir desde esta intuición una “literatura menor”, Oesterheld no vaciló en adaptar a Melville, a London, entre otros, para guionar sus mejores historias. Hay un episodio unitario de Ernie Pike en la Segunda Guerra, en Japón, que es casi una traducción de un cuento de London. Así, una novela mediocre de Robert Heinlein es la matriz temática de El Eternauta. Las cucarachas, los gurbos, vienen de ahí. (Hace unos años los monstruos de la novela de Heinlein encontraron su versión cinematográfica en una mediocre película de Paul Verhoven, Invasión, donde el héroe intergaláctico Johnny Rico es porteño, sí, de Buenos Aires.) De esa novela norteamericana de Heinlein (el miedo a lo otro) procede El Eternauta como recreación libre. Pensar ahora El Eternauta, su primera versión, como una historia antiimperialista es quizá, en la actualidad, exagerado. Es cierto que en El Eternauta Oesterheld plantea una cuestión inusual hasta su fecha de primera publicación: el héroe es colectivo. Situación que, por otro lado, había planteado ya en el Sargento Kirk, publicada originalmente en Misterix. Es decir, con anterioridad a El Eternauta en el Hora Cero de fines de los ’60. Oesterheld, hay que marcarlo, no era inocente con respecto a sus guiones. Sabía de dónde extraer influencias y también, como operación borgeana, especular con el tema y las variaciones. Adjudicarle a aquel primer Eternauta una connotación antiimperialista, leído hoy, suena como un exabrupto resultado de las intenciones que muchos intelectuales de mi generación –entre los que me cuento– le atribuimos en la etapa de la última dictadura militar. Rescatar por entonces El Eternauta era rescatar a Oesterheld y una literatura desprestigiada por “menor”. Nombrarlo a Oesterheld significaba, ni más ni menos, estar contra la dictadura. Era esa, la primera versión, la que reivindicábamos. Y no las posteriores. Entre otras cuestiones porque la censura lo impedía. Entonces volvimos contestataria la primera versión, la que inaugura explícitamente la noción de héroe colectivo. Explícitamente anticolonialista, en cambio, es la segunda versión de la serie, publicada luego en la revista Gente, ilustrada por Breccia. Por entonces ya Oesterheld no era el del primer Eternauta y Breccia (que tampoco era el mismo y era cada vez más expresionista), junto con Oesterheld, venían de realizar, junto con su hijo Enrique, la Vida del Che, prologada por Eliseo Verón. La editorial Atlántida y sus lectores, previsiblemente, no pudieron tolerar esta reprise. Y la abortaron.

En esos años negros de la dictadura, a Carlos Trillo y a mí nos contactó un hermano del Nono Pugliese, más conocido como el playboy que acompañaba a Claudia Sánchez en los comerciales de LM. El hermano del Nono, actor, humorista, tenía un ciclo televisivo que intentaba replicar Telecataplum. Sus guionistas eran Fernando Castets y Juan José Campanella. Una digresión: El ilusionista, el primer corto que filmaría Campanella, era la versión de una historieta de Trillo y Cacho Mandrafina. Una noche, en su oficina de producción, en Rodríguez Peña y Lavalle, nos encontramos con el Pugliese actor y humorista. Tenía un proyecto descabellado entre manos. Y había pensado en nosotros para adaptarlo. El proyecto era infilmable (el tiempo viene probándolo) y era El Eternauta. Pugliese había transformado la historieta original en un story board, había traducido los globos al inglés y había viajado a Hollywood buscando productor. Le ofreció el proyecto nada menos que a Otto Preminger. Con astucia y sensatez comercial, Preminger le dijo que si pretendía concretar ese film la cancha de River debía ser reemplazada por el Central Park. Pugliese no estaba muy convencido con adaptarlo a la norteamericana. Nosotros tampoco. Y la cosa quedó ahí.

Es que el mérito mayor de El Eternauta, versión primera, consistía no sólo en que la aventura la protagonizara un héroe colectivo (lo que subvertía los códigos de heroicidad yanqui) sino en que su territorio fuera enteramente porteño. (Años más tarde, durante la dictadura, de noche, cuando volvía de la casa de Trillo y volvía al centro, ya fuera por la avenida Maipú o Libertador, el paisaje me remitía a Solano, a la ciudad desierta que Solano había dibujado en el primer Eternauta). Solano, creo recordar, tampoco acordaba en que la cancha de River como escenario de batalla fuera reemplazada por el Central Park. El reconocimiento de ese paisaje –estoy convencido– fue el gran hallazgo de Solano y antes, de Oesterheld, que sabía elegir un dibujante para cada aventura. Los dibujantes de Oesterheld, si adquirieron una identidad –es tal vez la hora de reconocerlo– se debió a que él era consciente de quién disponía del temperamento adecuado para cada clima. En este aspecto, Solano López es quien es gracias a Oesterheld. Y esto no le quita mérito alguno a Solano. En todo caso, halaga su talento interpretativo.

Lo demás, lecturas políticas incluidas, inducen a otra discusión. Solano no era, en el momento del primer Eternauta, ni el dibujante del tercer Eternauta, el Eternauta montonero (que publicaría Ediciones Record), ni el recreador de un Juan Salvo con la cara de Néstor Kirchner. Y ya voy llegando a la parte que más puede resentir en este homenaje.

Cuando con Trillo trabajábamos en Ediciones Record, Oesterheld ya era clandestino y fugitivo. Su tragedia familiar, sus hijas y parejas asesinadas, sus nietos chupados. El Eternauta que Oesterheld escribía para Skorpio lo atemorizaba a Solano. Tenía sus motivos justificados. Su hijo, militante de la JP, podía ser un desaparecido de la ESMA. El resto es historia conocida. La maniquea y patética tercera versión de El Eternauta que escribió el atormentado Oesterheld dejó de publicarse. Solano y su hijo Gabriel (autor de una memorable historieta sobre la represión: Ana) emprendieron el exilio. Oesterheld fue chupado y desaparecido.

Más tarde la serie contó con otros guionistas. Indudable, El Eternauta era, es, seguirá siéndolo, una marca. Ya no sólo comercial sino política. Y el resultado es lamentable. Cualquier guionista que se preciara, con un tanto de respeto por la memoria de Oesterheld, hubiera dejado el personaje en paz con la gloria que bien ganada tenía. Pero no, varios intentaron mojar el pancito en esa historia mítica. El Eternauta nunca volvió a ser lo que era cuando lo leíamos en las entregas semanales de Hora Cero. Allí residía, reside, residirá su auténtico poder de ficción subversiva: la aventura está acá, en la puerta de calle, y los héroes somos nosotros.

Esta mañana temprano me llamó un amigo y me informó de la muerte de Solano. Si un sueño del pibe me concedió el oficio de guionista fue escribir para los dibujantes con los que Oesterheld había trabajado: en especial, Breccia y Solano. Esta mañana me acudieron las instantáneas de la memoria y también estas reflexiones a las que el apuro de la redacción obituaria no les quita la tensión. Fue un gustazo, me acuerdo, trabajar con Solano en los ’80. Y mucho de lo que acá cuento, lo hablé en su tiempo con él. Solano no fue sólo el gran dibujante realista de nuestro paisaje urbano. Era también realista. Y como Breccia, vivía de su dibujo. Un laburante. De la dignidad de un oficio, de esto hablo.

En los últimos años pude ver diversas continuaciones de El Eternauta. En su estridencia, en su efectismo, en su tergiversación de la genética de la serie, las continuaciones literarias fueron parientas mormosas de aquella primera versión. Más torpe ideológicamente me resultó ver en las calles de Buenos Aires la figura del Eternauta con el rostro de Kirchner. Que un creador de literatura popular hubiera pensado el heroísmo como construcción colectiva y ahora lo pudiera ver corporizado en un presidente –más allá de sus méritos, de sus conquistas–, pensé, era no haber comprendido nada. Porque si algo encarnaba El Eternauta como serie era precisamente la destrucción del héroe en su concepción individual y romántica. Que los jóvenes –si es que la juventud es una “clase”– identifiquen a un líder con un personaje de historieta, obviamente, excede a Oesterheld y compromete de un modo discutible el dibujo de Solano. Quienes hoy rondamos los sesenta años, casi la edad de Juan Salvo, sabemos de los riesgos de la construcción elitista del héroe como aventurero político.

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