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Domingo, 14 de agosto de 2011

MúSICA

Cuatro mujeres folkloristas argentinas

 Por Mariano del Mazo

Densa y radiante

Luciana Jury: Canciones brotadas de mi raíz

A esta altura habrá que reducir a viñeta de color el dato biográfico que encabeza gacetillas y notas: ser la sobrina de Leonardo Favio (mejor dicho: ser la hija del guionista y director Zuhair Jury) no presupone mucho. Apenas una sonoridad que remite al flamenco y que habrá que rastrear en su origen árabe y español. Su rostro la delata; ella lo define con gracia: “Mezcla rara de gitana y refugiada palestina”. A los 37, Luciana Jury pertenece a la raza de las intérpretes que cantan con vértigo y sin red. Recorre la huella desmalezada por Liliana Herrero, ese canto “fuera de quicio”. Hay un tema insignia en Canciones brotadas de mi raíz: el vals de Canaro “Yo no sé qué me han hecho tus ojos”. Un inicio andaluz, una voz espectral y dolida, una interpretación espesa. Todo el disco es revelador: la chacarera “Corazón santiagueño” (Chango Rodríguez), la cueca “La mariposa” (recopilada por Violeta Parra), “Tragos de sombra” (Falú-Dávalos), “Canción de lejos” (Isella-Tejada Gómez) y hasta el gato propio “De a poquito quiero amarte” (letra de Jury, música de Carlos Delgado). Por sedimentación, por buen gusto, por esa voz oscura, el álbum es de lo mejor que se ha editado en música popular este año. Anoten: Luciana Jury, una cantora formidable en su densidad.

La voz que implota

Roxana Amed: Inocencia

Los agradecimientos develan la sustancia del disco: Roxana Amed agradece a Manolo Juárez, a Adrián Iaies y a Pedro Aznar; en la filosofía en común de esta tríada –música popular en estado de renovación permanente, virtuosismo a mitad de camino entre lo académico y la raíz, tensión entre tradición y presente, fusión e hibridez, jazz, rock, jazz-rock– se incorpora Amed. Después de un comienzo discográfico en que se filtraban tics de la balada pop, afiló su propuesta, abismalmente, desde el jazz hacia el folklore. Su voz es prodigiosa, tiene un registro amplísimo y no cae en la demagogia: todo lo contrario, los últimos discos de Amed exigen una concentración absoluta. Hay algo artesanal en la hechura y algo de manifiesto en las letras de los temas propios y en los acápites distribuidos a lo largo del arte del disco. “Este viaje hacia atrás –que es hacia adelante–, hacia adentro –que es hacia afuera–” reza el inicio de “Inocencia”. De una manera implosiva, en los covers destapa la modernidad de temas como “Doña Ubenza” (Chacho Echenique), “La nostalgiosa” (Falú-Dávalos), “Cartas de amor que se queman” (Leguizamón–Castilla), “La Oncena” (Eduardo Lagos), “La volvedora” (zamba de Aznar) y hasta logra cierta relectura de “Piedra y camino” y “El arriero” del Yupanqui más fatigado.

Dinastía

Marián Farías Gómez: Para ir a buscarte

Primer disco en 23 años, Marián Farías Gómez parece venir precisamente desde el fondo de los tiempos para hacernos recordar una sobriedad interpretativa perdida. Pese a los arreglos anacrónicos (a cargo de su sobrino Juancho Farías Gómez), que abusan del teclado ochentista, la antigua voz de los Huanca Hua reverdece en cada chacarera, cada zamba y es justamente en nombre de la gloriosa dinastía que cristalizó el apellido que logra un plus emocional, simbólico, en temas como “Zamba de Anta” (Leguizamón-Castilla), “La carbonera” (Hermanos Abalos) y “Zamba del Angel” (Hugo Díaz-Ariel Petrocelli) con la negrísima voz de la Blacanblús Viviana Scaliza, más blues que zamba. “Para ir a buscarte” es un trabajo macerado por el fluir de las décadas y, por actitud, un disco político en el amplio sentido. Lo rubrica el afectuoso prólogo de Teresa Parodi: “Fue absolutamente injusto el silencio para lo necesario de tu canto”. “Parte del aire”, de Fito Páez, aparece ralentada y profunda y define desde su título cuál es el sitio que ocupa y representa la figura de Marián Farías Gómez en la música argentina. Aunque grabe un disco cada 23 años.

El arte de la elegancia

Laura Albarracín: Una canción

Admirada por las más bellas voces de América –de Mercedes Sosa a Cecilia Todd–, el perfil subterráneo de Laura Albarracín es inversamente proporcional a su talento. Entonada y con una voz que saludablemente fue ensuciando el paso del tiempo (su dulzura original incorporó la aspereza de los años), en “Una canción” se relame en un repertorio heterogéneo que va de “Dedos” (aquel funk ancestral del Rubén Rada de Totem) a “El último café” (Cátulo Castillo-Héctor Stamponi), pasando por el bolero “Ansiedad” (José Enrique Sarabria Rodríguez) y pese a que se hace fuerte en el folklore argentino, no ancla en ningún sitio. Su apertura no es sólo ductilidad; es sabiduría, kilómetros recorridos, conocimiento del paño. Arreglado y dirigido por Daniel Homer, Una canción sugiere un romanticismo elegante y florido, en las antípodas del fogonerismo coscoíno. Esta chica es delicada en serio. Detalle: el disco merecía una edición más digna o, al menos, sin errores groseros: Héctor “Chupita” Stamponi es aquí Stampone (¿será posible el equívoco a esta altura del partido?); y Sarabria es Sanabria, por citar sólo a dos autores mencionados.

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