CONTRATAPA

Camión a la vista

 Por Adrián Abonizio

Los camiones eran herederos del viento; última cruza entre dragón y lagarto de acero, atiborrados de forraje o frutas, combustible o acero en rollos abarcando el horizonte, llenándolo todo de la incertidumbre anterior a una batalla, con sus olores patrios a combustible y sudor. Andaban por ahí, rodeándonos, en círculos de arenizca sobre la explanada de la calle Paraná, dormidos, bostezando fermentos de eructos en sus bodegas. Los arreaba siempre un camioncito lila que oficiaba de ojeador porque sus pelambres eran recias pero si una lluvia las maldecía resfriándolos debían guarecerse pronto antes que un rayo los alcanzara para despanzurralos; de ahí la chatita preventora, anticipada a todo, como un buscapié del Mal, aindiada, hechizada y sucia como una larva. Porque sus cueros, si bien eran duros, una pedrada bastaba para llenarles el hígado de óxido o un mal entraña que dejase clavos sueltos en los rebordes del asfalto podría partirles las manos de caucho y quebrarlos en un momento, a la espera de un cambio atascado, sin resuello, perdiendo tiempo de oro para llegar a destino. Los había de selvas distantes y matas cercanas, de olores imprevisibles y familiares, domésticos como perros o salvajes como escorpiones. A algunos los queríamos a otros los injuriábamos. Había algunos centenarios, que arrastraban su carcaza de fósiles cubriéndoles los caparazones pero también otros flamantes como amantes nuevos, crueles, despectivos, llameantes. Eran los camiones animales fabulosos que tronaban el aire rabiando de impaciencia por entrar al playón para la pesa y el descargo, para el sueño o el letargo. Los sentíamos desde lejos, cuando los venteábamos para augurar que sucedería con nuestra vida futbolera, alterada en paisaje con ellos, los camiones sagrados: donde pastaban, se reproducían y dejaban sus heces junto a la cama de parvas, allí en el gran óvalo de asfalto que habíanle fabricado junto a las vías donde teníamos nuestra cancha cementada. Eramos especies distintas que evitábamos se conociesen, sabiéndonos perdedores en la contienda. Sólo acudíamos al llamado de la sangre futbolera cuando estaban lejos, aprovechando el gran cero vacío, de greda y arenisca. Olíamos lo que delataban sus pasos yéndose con una superstición y respeto mayores. Eran nuestros enemigos y nuestros reyes. Los reconocíamos superiores. Alguno que hacía de bombero al detectar su forma daba el alerta y escapábamos hacia las cumbres altas, por la calle Zeballos, desde donde asistíamos a sus maniobras de dinosaurios como si fuésemos enanos sin gloria. Era un espectáculo de cuadrigas romanas verlos pasar: los vidrios laterales pintados con paisajes, chorreantes de agua sucias los días malos, de flores secas en los días buenos. Sus conductores eran nuestros enemigos permanentes: con ellos nunca habría fútbol en paz, ni pelota a salvo, ni bicicletas sanas. Pero admirábamos a nuestros pérfidos enemigos, envidiábamos su olor cerril a goma quemada como quien admira faraones o platillos volantes. Cierta vez, en la cortada estacionó uno y vinos descender a un corpachón silencioso que mirando discretamente se metió en el pasillo dando golpecitos en el reborde alto de la puerta de hierro, en lo de la Alicia, conocida puta que venerábamos y a la que algún día accederíamos. Es nuestro, dijo Martoli. Y hacia allí fuimos, acercándonos como ante la presencia dormida de un alacrán gigante; lo trepamos con cuidado, escudriñamos su carga: estábamos ya en la panza del dragón, en la tráquea del monstruo, en la vejiga de un gigante. Marcelito vigilaba de tanto en tanto, dando saltitos que le permitieran espiar si por el patio de Alicia aparecía el dueño. Tanto fue mi contento, mi embriaguez de batalla que estuve como una hora arriba cuando los demás habían abandonado la inspección y en nada advertí el grito de aviso: se estaba abriendo la puerta de la menestrala y llegando el grandote hacia la cabina, y encendido ya el motor a esto sí lo sentí en la panza . Todo en lo que dura un suspiro. Me agarré fuerte a la lona, a la encrespada aleta dorsal y empezó el viaje fantástico. A la altura de Avellaneda un semáforo lo detuvo y de un salto pude hacer pie sin un raspón. Pero necesitaba alargar la aventura: me estuve demorado en el andurrial cercano visitando a un pibe que trabaja en el taller de matrices del padre, luego, saltando la baja cerca entré al Cementerio de Disidentes y recorrí las pulcras tumbas hasta que empezó a anochecer y regresé. El grupo se sobresaltó y me recibieron como a un emisario de la sangre, a un guerrero sobreviviente. Todos se sentaron en ronda para oírme. Entendí algo supremo: los camiones encarnaban lo impenetrable y lo sagrado, el miedo de morir y la alegría de vivir. Entonces narré y narré por horas el viaje que nunca hice, comprendiendo mientras lo hacía que además de futbolista me dedicaría a eso, a engañar, a inventar, a mentir. Escribir, en suma.

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