CONTRATAPA

Oroño

 Por Bea Suárez

A mis cumpas Miriam Cairo y Patricio Raffo

"...Voy caminando,

torpemente, por mi parque,

sobre ramas quebradas

de casuarinas,

y, ni siquiera,

su hálito infantil me responde.

Aun el follaje está mudo.

Salvo mis manos

(y por ello que se me acuse)..."

Aldo Oliva. D.N.I.

Ese General Belgrano y otros poemas.

Rosario. 2000.

Hay viento.

Salgo de casa decidida a caminar.

Comienzo Oroño u Oroño comienza en mí una vez más, lo tomo desde la palmera mas baja. Ultimo un coco a pataditas creyendo hacer penales contra las cáscaras.

Pasan en bicicleta, corredores, corretaje, mucho auricular, dos amigas meta parla amasando maridos, un perro pequeño engendro de salchicha y tarro de basura, varias muchachas a punto de procrear, palomas que anoche tomaron Opalino.

Pasa un triunfante, un combativo, el enamorado, la druida, un valiente, pasan cenizas volcánicas, un gorrión, varios políticos hacia los Silos a tomar café y revisar el destino de sus sueños originarios.

Que calle recreativa.

Que calle. Que yo calle de una vez. No puedo. No logro dejar de escribir lo que detecto con los pies.

Asciendo en números y en palmeras, llevo la veinte, la diez, son estatuas dolientes, matrices de la ciudad, su carne viva, la huella bendita de los años, lo que la inflación no detecta.

Camino, camino con la urgencia que me dan algunas flores, ramilletes de consultorios, guardapolvos pensando en curar, en el arte de la sangre o el misterio celular que a todo da esplendor.

Existen muchas placas de bronce, me miro en una que acaban de lustrar, veo la vereda contraria, pasa mucha gente, mucha, mucha, mucha, autos picantes entre sí, todo enraizado a este boulevard donde caen meteoros y hay tesoros que corroen mis ojos palpitantes, inútiles.

Camino y cruzo calles. No es lo mismo. Al cruzar salto de intención. Paso de estación de servicio a mamografía, de la E.P .E. al delirio de una dama en Mercedes Benz, de facultad a criatura, bichos normales. Veo hermanos torpes, triciclos viejos y desencantados, la luz absoluta del mediodía muestra y muestra, obreros, dioses en construcción, corpúsculos de obras sociales, sindicatos que rompen la escena pública, aves caídas.

Fuerzo la vista, deseo alucinar una aventura urbana, ser de otro país, llegar recién y decir qué linda calle. Soy otra, me muero hacia otra que logre escribir mejor, describir sensaciones escoradas, hipótesis de porqué hay mugre o no, etcétera.

Vagueo, me descalzo, paso calle Rioja, los empedrados que pusieron los presos en sobrevoladas cárceles, busco la palabra sagrada en pos de nombrar el soplido de este ir y venir; carros también, uno con cartones escritos, se caen marcas, nombres propios fugitivos tirados, otros prosiguen a caballo.

Aúlla Oroño al lado mío.

La piso.

A noventa grados aún, avanzo, quiero abolirla una vez publicada.

La Oroño hecha papel de diario, latiendo a oscuras, traída hasta la tinta, el nicho, la altura fascinada del poema.

Oroño de carbón y caca.

Oroño, la transpirada.

Oroño, alumna.

Oroño nevada por imprecisos pájaros, oscura por la oscuridad del ladrillo hueco. Oroño hueca, caliente en bancos jóvenes, alcohólica, no pobre, no rica, no nuclear ya. Oroño, morosa y penetrante, que arranca en mí pero termina en Buenos Aires, derechito, ni doblas.

La vieja, emanaciones de exagerado conchetaje también, hormigas rosarinas y olor pinchudo, intersticios domésticos, La gallega os de binario, usted.

Ciega, con la violencia real de las transversales, arrojo todo a sus containers de basura que asumen el control del papel y sus palabras.

Palabra poderosa.

Que bien podría oprimirme en la ciudad.

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