CONTRATAPA

Crónicas de colectivos (urbanos) II

 Por Iván Fernández

Línea 35/9 "San Juan" / Viernes tarde noche / Sentido hacia Villa Gobernador Gálvez. Ya promediaba mi viaje en el 35/9 "San Juan", el único tipo de 35/9 que me está permitido habitar ﷓el otro está vedado para quienes, como yo, portamos solamente tarjetas de cartón﷓ cuando ingresaron los primeros hacedores de un encuentro histórico. Ella (unos 18 años), remera, gastada, y pantalones, gastados, y zapatillas. Él (unos 20), también zapatillas, pantalones y remera y, además, campera de jean, con estandartes cosidos a mano, pintada sobre el omóplato derecho una "A": una "A" particular, anarquista.

"En cada ciudad del mundo, por más pequeña que sea, hay al menos una persona que se reclama anarquista. Esta solitaria e insólita presencia debe ocultar un significado que trasciende el orden de la política, del mismo modo en que la dispersión triunfante de las semillas no se resume en mera lucha por la supervivencia de un linaje botánico." (Christian Ferrer. Cabezas de tormenta. Colección Utopía libertaria. Buenos Aires, 2004. Pág.: 65)

Muy próximos uno del otro suben al colectivo portando pequeñas risas, avanzan por el pasillo y ocupan dos asientos, uno al lado del otro. Ya sentados, cariños, besos y mimos. Parecen despreocupados.

"Las únicas cosas que no tengo derecho a hacer son las que no hago con espíritu libre". (Daniel Guèrin, citando a Stirner. El anarquismo. Colección Utopía libertaria. Buenos Aires, 2004. Pág.: 56)

A poco de esto, surgen en el colectivo, y suben por la puerta delantera, dos jóvenes varones (unos 20, 21 o 22 años). Visten, los dos, trajes de un verde oscuro de corte clásico, tradicional. Hay cierto desaliño en sus ropas, tal vez alivio, y, resultará extraño, parecen quedarles grandes, como si los cuerpos no alcanzaran a llenar esas prendas.

"... el problema vital no es, por lo tanto, en definitiva, el correspondiente al desenvolvimiento de la actividad capitalista (variable únicamente en cuanto la forma),... por el contrario, más pronto es aquel que dio origen al capitalismo industrial burgués con su organización racional del trabajo libre; dicho en otros términos, el del origen de la burguesía occidental con su peculiar aspecto..." (Weber, Max. La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Ed.: Prometeo libros. Buenos Aires, 2003. Pág.: 15)

Avanzan también por el pasillo, sosteniendo una charla que emana fin de semana y se ubican, parados (todos los asientos están ya ocupados), junto a la joven pareja, particularmente, junto al joven campera de jean, que está sentado del lado del pasillo. Las ropas se gruñen. Es claro que estas prendas (trajes, pantalones roídos, zapatos, zapatillas, campera de jean -con una "A" anarquista-) no podrían haber permanecido tan de cerca si estuvieran dentro de una vidriera. Sin embargo, los cuerpos que las soportan se mueven atentos a cada una de las charlas tranquilas, como desconociendo que se está preparando una función. Y en ese momento, de total despreocupación, el crucial encuentro, sendos coros cantan su manifiesto: de un lado Proudhon, Bakunin, Malatesta; del otro, Smith, Locke, David Ricardo. Los jóvenes, la pareja y los amigos, aparentemente distendidos, indiferentes a la música de las ideologías, de las teorías, de las políticas, de las formas del poder, que entretejen líneas. Y repentinamente: un desenlace, la pareja de las zapatillas, del jean, comienza a erguir sus cabezas escrutando las calles. Se ubican, encuentran el punto donde abandonar el colectivo. Ganan el pasillo hacia la puerta trasera y un coro (Proudhon, Bakunin, Malatesta) canta su elegía. Los trajes ocupan los asientos abandonados por la campera y su compañera, y otro coro canta (Locke, Smith, David Ricardo) su cenit. Ya no hay más una "A" particular, anarquista; ahora, donde tenía puesta mi mirada, trajes verde oscuro. Unos ya están en las calles, otros pasaron al estatuto de los sentados. Uno de los coros (Smith, Locke, David Ricardo) no canta ya, el otro (Proudhon, Bakunin, Malatesta), no lo sé, está en otro ámbito.

"Una sociedad de esta naturaleza (...) ya no reconoce autoridad personal, porque en ella, (...) el centro está por doquier y la circunferencia, en ninguna parte." (Daniel Guèrin -citando a Proudhon-, El anarquismo. Colección Utopía libertaria. Buenos Aires, 2004. Pág.: 72)

Sigo en el colectivo con un silencio capital.

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