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Domingo, 15 de mayo de 2016

CONTRATAPA

Todos somos Erdosain

 Por Javier Chiabrando

La globalización es un bajón. Lo que iba a ser una camionada de posibilidades para todos e iba a permitir que, con un click, un pobre argentino pasara de barrer las calles de Berazategui a barrer las de Nueva York, se volvió un shopping infinito para poderosos y malandrines que mueven la guita de Panamá a Suiza y de Suiza a Panamá, según de qué lado los corra el viento o la policía.

Al fin se cumplió lo que predijo Bauman en sus maldiciones líquidas, que la globalización iba a terminar siendo capitales que iban de acá para allá y malandrines que iban detrás. Es que el gran crimen paga. Basta leer los diarios. Fuga de divisas, evasión impositiva, coimas, fondos buitre, conforman una lista de triunfadores de los cuales sólo paga las consecuencias una minúscula parte. Por cada uno que va en cana, miles siguen descorchando champagne y retozando con putas caras.

Se descubra lo que se descubra, se denuncie lo que se denuncie, todo sigue más o menos igual. Wikileaks, Snowden, Panamá Papers, Fifagate, e tutti gli fiocchi involucran a millones de malandras, pero luego de algunos perejiles presos, la metodología sigue intacta y el mundo sigue siendo la timba de siempre.

La globalización arrasó con el hombre moderno, moldeado en el romanticismo, y creó el homo videns y el hombre líquido, entre otras asquerosidades; pero como no le parecía suficiente, ahora nos refriega en la nariz al garca. Dice Bauman en Miedo líquido que en la globalización podés ser "perpetrador, víctima o daño colateral". Y no hay más ítems.

El garca es el perpetrador, que no necesita saber jugar al fútbol, pintar o cantar bien; le basta con ser amoral, inescrupuloso, y tener suerte de que no lo agarren en el primer allanamiento. Es el que está triunfando. El que genera adhesiones (lo admiran, lo elogian, lo eligen presidente), el barco al que convendría subirse. Claro que para ser un perpetrador tenés que ser heredero, nacer en cuna de oro, o tener amigos millonarios.

Queda la opción intentar volverse un perpetrador. ¿Por qué yo debo ser un tipo bueno y aceptar ser del bando de las víctimas? ¿Porque fui educado en la decencia, porque soy un trabajador, un estudiante, porque tengo moral? Sí, esa es la razón por la que no nos volvemos perpetradores. O quizá lo deseamos pero no pertenecemos a esa casta, no sabemos cómo entrar a ese club, no tenemos carnet de acceso ni Visa Dorada.

Supongamos que lo intentamos. Que por una vez en la vida queremos ser del bando de los que ganan y burlarnos del resto del mundo desde el penthouse donde se celebra una orgía cada día. Fracasaríamos. Lo que lograríamos seguramente es volvernos otro Erdosain. Porque a todo intento de ser del bando de los ganadores, nosotros, los argentinos comunes (víctimas y daños colaterales), tenemos que agregarle ese aderezo nacional y popular, esa especie de chimichurri moral que es el síndrome Erdosain.

Remo Erdosain es el personaje central de Los siete locos, de Roberto Arlt, y es tan argentino que duele. Sueña, pero pesadillas. Se considera inventor, pero termina siendo delincuente y asesino. Es descubierto y humillado. La humillación lo lleva a creer en salidas estrambóticas (confiar en los otros seis locos).

Pero lo más importante de él (como de otros personajes de Arlt), es que sólo se completará cayendo lo más bajo posible, encontrando en la humillación la consumación de la humanidad que no encontró en otra cosa. Erdosain se propone ser, realizarse, a través del crimen. Dice: "No soy ni siquiera como un muerto. Soy la negación de la vida. Soy algo así como el no ser. Un hombre no es como acción, luego no existe. ¿O existe a pesar de no ser?"

¿Es Erdosain la Argentina misma?

¿Es caer para luego subir? ¿Es retroceder para tomar impulso? Arlt no llegó a escribir sobre eso. Murió muy joven. Pero esa explicación quizá pueda encontrarse en la argentinidad. Borges lamentaba que los argentinos no eligiéramos el Facundo en vez del Martín Fierro como arquetipo literario. Y este país manchado de sangre nace literariamente con la violación de El matadero.

Erdosain es la segunda fundación literaria de Argentina. Al principio, es un tipo como cada uno de nosotros (cuando digo nosotros, excluyo a los garcas), con sueños que fracasan, con proyectos que se esfuman, parido simbólicamente bajo el modelo de nuestros abuelos, que defendían el trabajo, la austeridad, el ahorro (la plata en el colchón) y andar con cara de culo por las dudas.

Erdosain quiere ratificarse como individuo ante un sistema que lo oprime, anula, ningunea, ignora. Es un perdedor. Como mucho logrará ser del tipo de pobre que roba a los pobres. Nunca será un perpetrador. No tiene cuna, no tiene amigos en lugares de poder, tíos bancarios, primos testaferros. No tiene lo necesario para ser un evasor internacional, un mafioso, parte de una runfla que se carga al mundo sin medir las consecuencias.

Los perpetradores son los enemigos de todos. Erdosain es un enemigo de sí mismo.

¿Es Erdosain la Argentina toda? ¿Todos somos Erdosain?

Los argentinos llevamos el síndrome Erdosain hasta sus límites. Si hasta pareciera que Argentina vive hoy bajo un sistema copiado de la sociedad ideal del Astrólogo de Los Siete Locos: "Esa sociedad se compondrá de dos castas (...) La mayoría vivirá mantenida escrupulosamente en la más absoluta ignorancia, circundada de milagros apócrifos (...) y elegiremos un término medio entre Krishnamurti y Rodolfo Valentino, pero más místico".

Todos somos Erdosain, impulsados a tocar fondo para así verificar nuestra humanidad en toda su dimensión. Parecería que si los argentinos no caemos a lo más profundo del desamparo no vamos a poder realizarnos como país, como cultura. El problema es que, como en la literatura de Arlt, acá no está escrita la segunda parte. No se sabe si después de tocar fondo hay posibilidades de resucitar, de volver a la superficie, de reivindicación.

No habrá más remedio que vivir esa segunda parte para ver si caemos para subir, retrocedemos para tomar impulso. O es simplemente caer y retroceder, designio de un país que puede morir joven como Arlt. Sin segunda parte, sin chance de revancha.

Quizá sea un capítulo más de la resucitada y publicitada meritocracia, que también vale para los países. Si no hemos hecho más méritos como país para estar mejor, entonces no lo merecemos. Y mientras la realidad nos muestra que vamos camino a la pérdida del trabajo, al desahucio, a la pobreza, los perpetradores fanfarronean con sus riquezas y sus productos de alta gama; la vida como la tapa de Caras.

Es que ellos hicieron el mérito de ser los garcas que ganaron esta batalla. Erdosain, en cambio, se volvió un pobre que roba a pobres, mató para ser un individuo pero apenas se hizo visible. Y para colmo, siente remordimientos, palabra que los perpetradores, los garcas, no tienen en su diccionario.

Como sucede con los hijos, habrá que dejar ir el país hacia su destino, o hacia su deriva, y ver qué pasa. No se puede estar todo el tiempo vigilando a los hijos, de tal forma que no se puede controlar todo lo que le pasa al país. Porque no se puede, porque hay que trabajar (con suerte), dormir, cultivarse. Y mientras uno duerme el país sigue adelante, se ajusta a su destino, cae, retrocede, sin saber si hay segunda parte o no.

Por ahí la historia nos dice que no hay vida después de la humillación. Que la explicación está en el extraordinario diálogo de Los siete locos cuando Elsa deja a Erdosain y ante su reclamo ella contesta: "Mirá... esperame. Si la vida es como siempre me dijiste, yo vuelvo, ¿sabés?, y entonces, si vos querés, nos matamos juntos... ¿Estás contento?" Pero claro, todavía, por suerte, queda la segunda parte por escribir.

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