VERANO12

El grito de Janet

 Por José Pablo Feinmann

Otro encargo intolerable. Un suplemento dominical me pide unas líneas sobre Psicosis. Acaso se cumplan cincuenta años desde ese podrido día del estreno, que bien complicado fue para mí y también para otros. A quienes fui yo el que les congeló la velada, pero por sincero, por decir la verdad, por puro. Calma, ya llegaremos a esos eventos. La cuestión es que tengo que escribir sobre Psicosis. Un dislate, desde luego. ¿Qué se puede decir de nuevo sobre esa película? ¿Qué se puede decir que ya no haya sido dicho interminablemente por todo tipo de genios de la crítica de ese arte hoy en plena decadencia que Psicosis –según esos mismos genios, con quienes, se verá, disiento– llevó a las alturas desde el día de su lejano estreno? Decidí hacerme fuerte en ese punto: yo había ido al estreno, ¿quién habría de ostentar semejante as en la manga, semejante lucky punch, semejante sorpresa? ¿O no se han quedado estremecidos por el anuncio? Escuchen, les contaré la noche, la precisa noche del estreno de Psicosis, tal como y solo yo la viví, no creo que pudiera contarla de otro modo. Cuando uno protagoniza un evento la centralidad de la narración se le impone. El punto de vista es el mío. Podría, si quisiera, narrarme a mí mismo desde cualquier otro lado. Desde Dios hasta un grano en mi nariz. O en otra parte, en cualquiera, desde otro grano, no en mi nariz sino en mi culo, sé que lo piensan y alguna vez haré esa prueba. Pero no ésta.

Levanté el auricular y no me sorprendí. Era Janet. Solía llamarme. “Oye, José dear, tengo algo que pedirte”. “Decí nomás, Janet.” “Sabrás que mañana se estrena Psicosis.” “No aquí, Janet. Acaso el año que viene. O el otro. Si no la prohíben.” “Lo sé. Todo llega tarde a tu país.” “Siempre que vos viniste fue el momento adecuado.” “Gracias, José dear. Pero no me hará bien recordar esos momentos ahora. Estoy en problemas.” “Qué puedo hacer por vos, muñeca.” “Ven y te lo contaré hasta el último innecesario detalle.” “Voy a demorar, Janet. Esto es Argentina. No sólo todo llega tarde. A menudo nada llega. O somos nosotros los que llegamos tarde o nunca. Y a todo. Así de lejos estamos.” “Oh, no te preocupes, dear. Te haré enviar un jet a propulsión del Pentágono.” “¿Y vos podés hacer eso?” “No, pero algunos coroneles que me deben favores sí.” “¿Qué clase de favores, muñeca?” “¿En qué piensas, puerco? Soy amiga de sus esposas y he recitado poemas de Emily Dickinson en sus cumpleaños.” “Esa es mi chica.” “Mis locuras las hago afuera. Debieras saberlo, José dear.” “Mirá, nena, evitemos hablar de eso porque aquí, de envidiosos, van a decir que soy un fanfarrón de mierda.” “Como tú quieras. ¡Pero ven y rápido!” Al anochecer estaba en su departamento.

Sirvió unos whiskies. Se la veía bonita aunque los años –que son la tumba de las actrices– se le insinuaban peligrosamente. Lucía un escote formidable, digno de ella. Sus tetas eran legendarias en todo Hollywood y en otros lados también; en Argentina, podría decir, pero no lo diré. “Bien, rubia. Largá el rollo.” “Verás, dear. No bien empezamos a filmar la primera escena del film se presentó un problema.” “¿Aparte del corte que exhibe la imposibilidad de continuar el plano secuencia atravesando la ventana y entrando en la habitación como lo hará luego el idiota de Gus Van Sant en esa remake pedorra que aún no conocemos?” “¡Odio cuando te haces el Nostradamus!” “Continúa, sugar.” “Primera escena: estamos en la cama John Gavin y yo. El tiene su torso desnudo. Yo llevo mi soutien. Esto es Hollywood, bien lo sabes, José. Cualquier actriz europea mostraría sus tetas en esa escena, que no tendrían la jerarquía de las mías, que no soportarían comparación alguna.” “Tal vez Brigitte Bardot...” “¡No me hables de esa puta!” “Continúa, muñeca.” “Adoro que me digas ‘muñeca’.” “También te diré chiquita. Suena a doblaje de serie de Mike Hammer. Esa que hace Darren Mc Gavin. Averiguaré si aún está vivo.” “Sigo, dear: se me acerca el Maestro. Me erizo: ¿qué querrá Hitch? ¿Tendrá algún problema conmigo? No, es con el idiota de Gavin. Me dice: ‘Janet, niña, este muchacho está muy frío. Caliéntamelo un poco, quieres’. Regresé al lecho y le dije al mongui: ‘Oye, o te calientas un poco o esta escena se va a la mismísima mierda’.” “Janet, disfruto cuando surgen en tu lenguaje esos años en Argentina.” “‘¿Qué quieres que haga?’, dijo el mongui. ‘Estoy frío. Si al menos pudiera tocarte una teta.’ ‘Oh, bueno’, le dije, ‘hazlo’. ‘Pero bájate el soutien, Janet. Por favor. Mira, una teta con soutien es como un chocolate sin abrir, entiendes.’ ‘Lo tuyo es la poesía, John. Tal vez lograra calentarte más que este apestoso trabajo de estar conmigo en una cama. Oh, bueno, aquí tienes. Todo sea por el film...’” “¿Y le entregaste la teta?” “¿Qué otra podría haber hecho, bobo? Se trataba de la escena inicial. ¡De un film de Hitch, idiota!” “Continúa, chiquita.”

“Ahí se entretuvo. Tocaba, tocaba... ‘¿Listos, chicos?’, preguntó el Maestro. ‘Aún no, señor’, dijo el caradura. Siguió tocando hasta que casi le arranco la mano. ‘Se acabó, pajero. Ahora harás la escena y espero que la hagas bien.’ Hicimos la escena... Por eso te he llamado, José dear. Desde esa escena, el idiota se agarró una calentura fenomenal conmigo.” “Bravo, Janet: lograste lo que el Master te pidió. Que lo calentaras.” “Pero un poco, José dear. Sólo un poco.” “Pensemos un instante: ¿le será posible a un pobre condenado a sus instintos calentarse sólo un poco contigo?” “El no es lo que tú dices. O no debe serlo en un set. En un set, aunque esté en una cama conmigo, aunque deba calentarse como parte de su papel, es un actor, José. Y como tal debe actuar.” “¿Te entendí bien o he perdido súbitamente la razón? ¿Has dicho que John Gavin es un actor?” “Al menos debe intentarlo, mierda. Más aún si ese papel se lo ha otorgado el Master. ¿Qué sucedió en cambio? Se ha encendido tanto con mi –para qué negarlo– atractiva persona, que lleva meses acosándome. Me he negado a su propuesta de acompañarme al estreno. Y ha jurado, ya con furia, que aparecerá cuando yo entre en la sala, me tomará del brazo y sonreirá a todos los medios de prensa. ¿Qué podré hacer yo? Evitar el escándalo, swetty pay. Sonreír también. ¿Qué publicará toda la prensa amarilla al día siguiente? Leigh y Gavin han hecho realidad la escena hot, más que hot, con que abre el film del Maestro Hitchcook. ¡Una relación prohibida, ajena a los códigos morales de la familia cristiana! Por eso te he llamado, amigo. Quiero que impidas que se me acerque.” “Conozco de otros films, malos todos, al señor Gavin. Creo que es un auténtico animal. No me refiero con esto a sus méritos como actor o a su inteligencia. Ambos, para mí, nulos. Si he dicho un auténtico animal es porque eso es lo que en verdad es. Pocos hombres en este mundo han de estar tan cerca del mundo animal como él. Ha conseguido detener la teoría de la evolución de Darwin. Si por Gavin fuera, el señor Darwin habría sofrenado su teoría en el nivel de los primates cercanos al hombre, pero no hombres aún. Si bien esto me permite desdeñarlo desde la pura razón, me lleva a temerle desde la pura fuerza física. En suma, Janet, creo que de una trompada me destrozará.” “No lo veo necesario.” “Por desgracia, yo sí.” “Oye, no seas cagonazo. Acabo de inventar esta palabra. ¿Te gusta?” “Si se la aplicaras a otro, tal vez.” “José, no demos más vueltas. Tú eres un valiente.” “¿Quién te ha dicho eso?” “Lo sé.” “Dime dónde lo averiguaste. Tal vez si me entero, consiga serlo.” “Basta, idiota. Te daré ya mismo la dirección donde el gran Angelo Dundee entrena a un muchacho joven, un chico que promete, acaso cambies algunos golpes con él. Mañana estarás listo para aniquilar a la bestia de Gavin.” Fui al gimnasio de Dundee. El chico que prometía ya lo había prometido todo. Era Cassius Clay. Se largó a reír. “¿Tú quieres cambiar unos golpes conmigo? ¿Por qué? ¿Ya no amas la vida? ¿Le has tomado extrema repugnancia y quieres morir?” “Mirá, Cassius, la cosa es simple...” “A mí me dices mister Clay y me hablas en inglés. Eso o mueres.” “Oye, mister Clay, es algo que me ha pedido Janet Leigh. Alguien quiere agredirla mañana en el estreno de Psicosis y ella cree que yo puedo defenderla. Demonios, amigo, eso es un desbarro tan grande como la invasión a Bahía de Cochinos que los Kennedy y otros más andan preparando.” “Si hablas mal de Jack Kennedy, mueres.” “¿Por qué no me dices de qué no tengo que hablar mal o de qué tengo que hablar bien o en qué idioma hacerlo o como llamar a cierta gente que valoras mucho para que sepa yo cómo conservar mi vida y llevármela de aquí tal como la traje, intacta.” “Todo esto es muy simple. Me gusta Janet. De muy jovencita veía todas esas películas de princesas orientales, de vikingos o de espadachines que solía hacer. Sobre todo con ese botarate, carilindo, de Tony Curtis, que, creo, ahora, por si fuera poco, pinta horribles cuadros. Hay gente que nunca se cansa de afear, de agredir a este mundo. Bien, alfeñique, ahora vete. Pero dile a Janet que Cassius Clay, nada menos, estará ahí para defenderla de... ¿Cómo se llama el tipo?” Se lo dije.

Fuimos al estreno. Deberé acelerar el relato a partir de aquí, pues me fatiga escribir sobre mis experiencias pasadas. Y creo que esa noche terminó mal, muy mal. Carajo, recién ahora acabo de recordarlo. No debí aceptar esta nota. Menos aún calentarme y empezar a escribir un cuento. Me quitaré rápidamente todo esto de encima. Llevaba a Janet del brazo. Era la envidia de todo el mundo. Apareció John Gavin. “¡Janet, yo debo ser tu pareja! ¡Te amo! ¡Tanto me hiciste arder que sueño contigo cada noche! Que duermo en la bañera entre barras de hielo.” “Esto es lo que temía”, dijo Janet. “Has tu trabajo, José dear.” “Deja eso por mi cuenta, dulce Janet.” Era Cassius Clay. Gavin, al verlo, gritó: “¡No, campeón, no! ¡Piedad! ¡Ya me voy!” Sólo dos buenas trompadas bastaron. Y si alguien sabía colocarlas ése era Cassius, el más grande de todos los tiempos. Y, me permitiré decirlo, sobre todo en 1960, cuando era campeón olímpico y su velocidad para arrojar golpes superaba el arte de Van Gogh y de Brahms, por poner dos nombres al azar, aunque de cierta jerarquía. Gavin se alejó llorando, gimotenado, sangrando; el peor de sus estrenos, sin duda. “¡Oh, gracias, campeón!”, dijo Janet. Y arrojó sus brazos al cuello de Cassius y le propinó un beso de película europea, la boca bien abierta, apenas asomada su húmeda lengüita pero segura de su direccionalidad (buscar la de Cassius y entrelazarla con la suya hasta volarle el bocho o la sesera o el puto cerebro, lo que más les guste) y los labios presionando con fiereza los de su afortunado amante. Parte del público enloqueció. “¿Cuándo se besará así en las películas americanas? ¿Qué somos? ¿Niños de pecho? ¡Niños del pecho de Janet queremos ser! ¡Nos toman por tarados! Vi una película en que Susan Hayward, ese volcán pelirrojo, se dispone a besar a Clark Gable, avanza con su boca entreabierta y la han obligado a que la cierre antes de incrustar sus labios en los del tipo.” “Perdone, amigo”, dijo una modelo que medía un metro ochenta y cinco y era espectacular, demasiado espectacular y demasiado inmensa, diría yo. “Pero si a mí me obligan a besar a ese viejo derruido de Clark Gable, no sólo hago lo que la gran Susan ha hecho correctamente, cerrar los labios. Cuando los retiro de su boca escupo para un costado, como Gary Cooper suele hacerlo luego de acabar con algún cobrizo.” Cassius acercó su bocaza a la orejita de Janet. Y dijo: “Pequeña, ¿debo interpretar ese chupón como un simple, aunque expresivo agradecimiento, o como la promesa de un formidable polvo esta misma noche, tal vez en el mismísimo Gimnasio de Angelo Dundee? Nada falta ahí, criatura diseñada para el gozo por el mismísimo Windsor McCoy.” Janet le dio una patada en los huevos, tan expresiva y tan espectacular como el beso que encendiera al campeón. “Vete solo al Gimnasio de Dundee, Cassius. Sospecho que ese formidable polvo que buscas te está esperando ahí.” “No te permitiré insinuar que...” Grité: “¡Bueno, Janet, el Maestro Hitchcock nos espera”. El público se arrojó sobre nuestra estrella y Cassius, marginado, se alejó rumiando palabras sin duda horripilantes. “¿Por qué no ha venido el Maestro Hitchcock, Janet? Aterrorizados, hemos gritado como locos a través de su película y querríamos agradecérselo.” “Fue a otra sala de estreno. No puede estar en todas partes a la vez. Ni siquiera él.” Un baboso repulsivo le arrojó su saliva en tanto le decía: “Janet, yo tengo un cuchillo más grande que el de Bates, ¿no quieres que te lo clave?”. Un polícía lo desmayó de un palazo. “¡Cállate, imbécil!” Mal podría oírlo el baboso. Juraría que estaba muerto con su infortunado cráneo partido en tantos pedazos que nadie, ni en la morgue, se tomaría el trabajo de contarlos. “¡Huyamos de aquí!”, ordenó Janet. Huimos. Durante el viaje, Janet quiso quitarse una duda: “Dime, bonito, ¿quién es ese gran artista, Windsor McCoy, que mencionó Cassius? Me ha dejado con la intriga. Sabes que Tony Curtis se dedica ahora, además, al arte y quisiera decírselo.” “Debieras avergonzarte, Janet. ¡No saber eso! El gran Windsor McCoy es el dibujante de The Phantom y te aseguro que lo hace mucho mejor que Curtis.” “¿The Phantom? ¿El comic? ¡Eso no es arte!” Evité discutir ese punto.

Nos llevaron a un club privado. Ahí estaba Hitch. “Janet, niña, ganaré millones con esta película. Te felicito. Oh, veo que has traído a un joven. ¿Cuál es tu nombre, niño?” “Ingmar Bergman.” “Ahá, me suena de alguna parte. Pero dime: ¿qué te ha parecido mi film?” “Mire, Maestro, le voy a ser desmedidamente sincero: el diseño de títulos de Saul Bass le quita a uno el aliento. El musical score es genial. Le debe usted al señor Hermann el 80 por ciento del éxito de su film. Si se libra de él nunca realizará otro bueno. Cuando Janet abre la ducha comete un error. Usted, por supuesto. Ella, pobrecita, obedece. Nadie abre una ducha sin testear antes la temperatura del agua. Dirá que me pongo del lado de ‘los verosímiles’ a los que tanto desprecia. Pero nadie se ha puesto de ese lado más que usted. Y precisamente aquí, en esta película, la menos indicada. Continúo, si quería sorprender al público matando a su estrella apenas a los 40 minutos de la película debió poner el nombre de Janet antes del de Perkins. O, al menos, a continuación. Así va una estrella en un cast. Pero lo que ha optado por hacer es de una torpeza increíble: ‘and Janet Leigh’. ¡Y luego del título del film! Cualquiera sabe que Janet hará una participación especial. La estrella de una película jamás figura así en el afiche del film. Uno lee ‘and Janet Leigh’ y ya sabe que algo raro y súbito ocurrirá con ella. Y por último: el espanto, Hitch. ¡Usted, que odia ‘a nuestros amigos los verosímiles’, como le ha dicho a Truffaut...” “¡Aún no se lo he dicho!” “Pero se lo dirá, no mienta. Y se lo dirá porque ahora mismo lo cree. Vuelvo: usted, que odia a los verosímiles, ¡pone a Simon Oakland, que apesta a policía y a psiquiatra, a hacer precisamente de eso y a explicar todo lo que el cine no debe explicar! Esa explicación final –típica del policial británico, Sir Hitch– deteriora enteramente el film. Que mejora un poco con ese cierre a cargo de Perkins: el de la mosca y la calavera. Pero ya es tarde. ¡La explicación didáctica de Simon Oakland es el anticine en un film que pretende ser la esencia del cine!” El Master dio un salto y rugió: “¡Saquen a este hijo de puta de aquí o lo mataré con mis propias manos!” Tres o cuatro gorilas vinieron hacia mí. No me preocupé. Abrí la cartera de Janet y saqué un Smith&Wesson 45 mm. “Calma, idiotas. Calma o los mato a todos. A usted también, Master. La gente dirá que se suicidó. Que William Castle y Roger Corman le han ganado un juicio en el que demuestran que ellos han producido y dirigido el film. Tan malo es que todos les creerán.” Huimos de ese lugar. Janet y yo. Aún nos llegó el vozarrón del Master: “¡Janet, hetaira del infierno, jamás trabajarás de nuevo en uno de mis filmes salvo que castres esta misma noche a ese idiota y me traigas sus pelotas en una jabonera de algún motel de mala muerte!”. “¡Qué pulmones!”, exclamó Janet. “¿Cómo ha tenido aire para decir toda esa línea horrible y larguísima?” “Es un gran hombre. Nunca se le acaba el aire. ¿A qué motel se habrá referido? ¿Al Bates Motel? ¿No querrás ir otra vez por ahí, verdad Janet?” “¡Oh, no! No puedo creer que seas tú el que empiece con ese chiste idiota que me perseguirá siempre.” Arrojé una carcajada que se perdió lejos, en el espacio sideral, acaso. “¡Caíste en mi trampa, nena! Sí, demonios. Vivirás hasta el último de tus días escuchando a idiotas que te preguntarán: ‘¿Tomaría otra ducha en el Bates Motel, Miss Leigh?’” Janet, con voz ronca, áspera, dijo: “No, pero me echaría una buena meada.” Qué mina, carajo. Mi temperatura empezaba a levantar vuelo. La llevé a su apartamento.

“¿Oye, cómo diablos sabías que cargaba una Smith&Wesson en mi cartera?” “Janet, toda estrella de Hollywood debe llevar una. De lo contrario, la violarían cada media hora.” “Eso lo declaré yo en el Hollywood Reporter.” “Ahí fue donde me enteré.” “Dime, little Joe, tú que, a menudo, pareces adivinar los tiempos que se vienen. No sé cómo, pero así sucede y he llegado a aceptarlo sin sorprenderme. Dímelo sin tapujos, ¿qué será de mí?” “¿Puedo serte sincero?” “Te lo exijo.” “Janet, no has hecho una gran carrera. La merecías, pero eso no alcanza en Hollywood. Si Hitch te llamó fue porque antes lo hizo Orson Welles. Y porque en Touch of Evil mostraste que eras buena. Muerto de envidia, Hitch quiso tener a esa rubia con talento y con curvas y con unas tetas imposibles de no ver que venía de trabajar con Welles, cuyo genio radica en convencer a todos los críticos que si no realiza formidables e incesantes películas se debe a la maldad, a la mediocridad de los productores de Hollywood. Curioso problema que no parecen tener John Ford, Howard Hawks, John Huston o Raoul Walsh entre otros. Así, hiciste a la desdichada Marion Crane de Psicosis. Fue un gran trabajo, Janet. Te dará la inmortalidad. Te la dará tu grito, ese grito aterrador que profieres en la ducha. Oye, Janet: nadie ha gritado así en la historia del cine. No te preguntaré qué te motivaba, de dónde lo arrancaste o qué pasó por tu cabeza en ese instante. Tal vez algún cuadro de Tony Curtis.” “Eres un cretino, José dear.” “De acuerdo. Sigo: poco a poco, tu grito será relacionado con otro, algo que implicará tu entrada –merecida– en la esfera del gran arte. No sólo la tuya, la del cine también. Un noruego...” “Munch.” “Exacto. Munch hizo ese cuadro que conocemos. Un grito. Es una gran idea. Un gran curro también. Cualquier etapa de la historia se expresa con un grito porque la historia humana es más terrorífica que Psicosis. O tal vez no. Pero Munch dio en la tecla. Se ofrecieron miles de interpretaciones de su grito. Sin embargo, yo te relaciono a vos...” “¿No podrías hablar en inglés?” “No sé pensar en inglés.” “Sigue.” “Yo te relaciono a vos, a tu grito, con otra obra. Se llama Angelus Novus y es de Paul Klee. Walter Benjamin consiguió comprarlo y se convirtió en su obsesión.” “Quién es Walter Benjamin.” “¿No lo conocés?” Janet negó agitando su cabeza rubia. “Es un actor. Suele hacer de indio en algunos films de Randolph Scott.” “¿Con ese nombre?” “¿Por qué no? Jeff Chandler hizo de Gerónimo. Anthony Quinn de Crazy Horse.” “Anthony Quinn puede hacer de cualquier cosa. Le pones un sombrero mejicano y te hace de Speedy González.” “Janet, Walter Benjamin fue un gran filósofo judío alemán.” “José dear, vete a la puta madre que te parió.” “Veo que no has perdido tu español.” “Si es para putearte a ti, no.” “Sigo: el Angelus Novus era el ángel de la historia. Miraba hacia el pasado. Y no descubría una historia racional, sino un paisaje de ruinas. ‘Una catástrofe única que acumula sin cesar ruina sobre ruina’, escribe Benjamin. Así, el ángel se ve espantado ante tanto horror. Tanta catástrofe. Tú eres el Angelus Novus que mira hacia el futuro. Tu grito es metafísico, Janet. Es el horror ante la Muerte y ante la Nada. Pero también el horror ante el paisaje de lo que vendrá, de lo que nos aguarda. El ángel de Benjamin mira hacia el pasado. Tú, hacia el futuro y no sólo gritas por tu muerte sino porque has visto lo que nadie ve. La humanidad se encamina hacia el Apocalipsis. Y ese Apocalipsis está terroríficamente cercano. Pienso, Janet dear, que esos pocos fotogramas, los de tu grito, los de tu grito inmortal, harán que nadie te olvide porque será imposible hacerlo; pienso, también, que en ese grito tuyo, por completo tuyo porque nadie gritó por vos aunque Hitch te haya hecho miles de indicaciones, está el momento más terrorífico de esa película de terror, está el terror absoluto, el terror metafísico y el terror de la mismísima civilización occidental.” “Oh, José dear, creo que exageras.” “Si exagero fue porque, antes, exageraste vos. Fue porque tu grito fue exagerado.” “No lo fue.” “Entonces no exagero.” Llegamos a su apartamento.

“Voy a ponerme algo más cómodo”, dijo y entró en el baño. Me excité terriblemente. Sabía que luego de esa frase en cualquier film norteamericano sigue algo bueno. Rogué que no tomara una ducha. O sí, Norman Bates pertenecía al Bates Motel. ¿Qué habría de hacer aquí? Aquí estaba la realidad, no la ficción.

Sin embargo, no. Un alarido de Janet (me atrevería decir: aún superior al del film) sacudió las paredes del departamento, echó por tierra varios cuadros (algunos de ellos de Tony Curtis, o sea: nada valían) y prendió el televisor entre chisporroteos volcánicos. Agarré la Smith& Wesson y entré en el baño. Janet había trepado al inodoro y temblaba de miedo. “¡Mata a esa cucaracha!”, ordenó. En el piso, cerca de la rejilla, una rechoncha cucaracha californiana miraba a Janet como un goloso Gregorio Samsa, deshinibido y huérfano.

¿No disfrutan al pisar una cucaracha? Sé que hay mujeres y hasta hombres que –si alguien lo hace en presencia de ellos– pierden el conocimiento. “¡Mátala!”, insistió Janet. “Nena, ¿acabás de morir a manos de Norman Bates y le tenés miedo a una cucaracha?” “¡Mátala!” No podía salir del tema. “Observá cómo se hace. Así la próxima vez lo hacés solita, baby.” “¡No quiero observar nada!” “Escuchá bien, entonces.” Atontada por los encantos de Janet la cucaracha estaba distraída y en manos de cualquiera que deseara destruirla. Puse mi zapato sobre ella y la aplasté con lentitud, con una lentitud, diría, metafísica. Crrruuunnnnnch... hizo repugnantemente. Janet se desmayó en mis brazos. Su toalla cayó. Qué decir. Ese idiota de Gavin no lo era tanto. Bien claros y a la vista tenía yo los motivos por los que deseara prolongar su calentamiento para la escena de apertura. Janet se repuso. Se cubrió otra vez. “¿Me mirabas como un baboso voyeur?” “No, muñeca. Sólo como un baboso.” “Vete, pronto estaré en el living.” Salí.

Apareció otra vez. Tenía un leve y muy largo camisón transparente. “¿Qué pensás hacer, Janet?”, dije. “La noche es aún larga y está llena de presagios.” “Oh, vete al diablo, José dear. ¿Qué eres? ¿Otro pajero como John Gavin o el buen amigo que me ha cuidado durante esta difícil noche de estreno, cucaracha incluida?” “Tu amigo, Janet.” “Pues déjame dormir en paz entonces.” Se metió en la cama y se durmió. No evitaré decir que roncaba. Pero lo hacía con clase. Evitaré decir qué es roncar con clase. No podría.

De pronto, me descubrí solo, en un país que no era el mío y aburrido a morir. Para colmo, la peli del Master no podría haber sido más abyecta y llena de golpes bajos. Me senté frente al televisor. Tal vez pudiera ver algo que valiera la pena. Lástima el control remoto. Estaba negro, como quemado, ensuciaba mis manos y se me adhería peor que una garrapata, pringoso y maloliente. Oigan, esto sí que es extraño. O acaso no. Lo extraño ha sido todo lo otro que les he narrado. Pero, algo raro sucede. Algo no está en su lugar, algo se ha desplazado, ha perdido su eje. No sólo he dejado de oír los elegantes ronquidos de Janet, que atenuaban mi soledad, que traían hasta mí la certeza de una presencia, otro ser humano, alguien. Fuera o no Janet. No, peor. Sucede algo peor: en la tele dan Psicosis. ¿Se dan cuenta? ¡Psicosis! ¿Cómo es posible? Esto no puede estar sucediendo. ¿Ya la pasaron a televisión? Es mala, pero no tanto. Ninguna peli de Hitch la dan en la tele el mismo día del estreno. Tienen que pasar unos años. A veces muchos, pero muchos años. Más aún si van a proyectar una copia como la que ahora estoy viendo. Porque la copia es vieja, ajada, oscura. Y yo estoy muerto.

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Imagen: Daniel Dabove
 

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