VERANO12

Yergue el Ande 1

 Por María Moreno

“Esto es Valparaíso, abuela, un cielo que de pronto cae al mar.” Yo alzaba a mi abuela diciéndole este verso como broma de cariño a lo bruto. Era fácil de alzar: tenía el tamaño de una muñeca que camina. Luego le deletreaba en la oreja: “Estoesvalparaísoabuelauncieloquedeprontocaealmar”. Ella respondía dándome el pellizco que más duele: el que se da con las uñas del índice y el pulgar clavadas en un mínimo de pellejo. Yo no seguía mi frase. Nunca había escrito poesía, pero al haber anotado en mi libreta de almacén lo que le recitaba a mi abuela, apostaba por un comienzo y, para continuar, no contaba con el trabajo sino con la inspiración. Pero no seguí: la línea quedó sola en mi cuaderno entre notas sentimentales y listas de compras. Sospecho que era un plagio; en todo caso, un relato de viajes en su mínima expresión. Poco antes, había ido a Chile a empezar por abajo el recorrido de Latinoamérica con que los modales de la revolución habían cambiado los planes de vacaciones de tantos. Mi novio era comunista y el Che era su agente de viajes. Yo no me atrevía a decirle que lo acompañaba, pero traduciendo su mapa: donde él leía iniciación militante, yo leía karma; donde él abría el mapa de la costa del Pacífico, yo recordaba la ruta 66 del autoestop beat –entonces, ¿qué era yo?, ¿existencialista pop?–. El viajaba hacia su conciencia solidaria y su bautismo de realidad; yo, hacia la experiencia interior y el azar de las amistades on the road. Además, nos habíamos separado varias veces. Viajar era recaer. Darse una prórroga con paisajes.

Fuimos hasta Bariloche, en la segunda clase de un tren donde éramos apenas mayores que los egresados de secundaria quienes, envalentonados por su número, hacían un ruido capaz de tapar el de las ruedas que iban variando sus ritmos de acuerdo con los accidentes del camino –abismos entre nubes, vías estropeadas, estaciones de pueblo fantasma, estaciones regulares– y se paraban de pronto, sin explicaciones del guarda, en páramos que ofrecían el único consuelo de orinar al sereno y estirar las piernas entre desconocidos. Cuando el tren se detenía, yo me sentaba en la puerta del vagón, dejaba caer las piernas sobre las vías y canturreaba en francés “Les feuilles mortes”. Mario, mi novio, me miraba con malicia. Era el tema de mi número, sacado del repertorio de Patachou: solía cantar desnuda, una boina muy ladeada sobre la frente, luego de hacer el amor, a la hora en que Mario fumaba el primer cigarrillo. Una mezcla de El muelle de las brumas, afectación bohemia y coartada para el cabello sucio. “Buena burguesita”, leía en los ojos de Mario.

Cruzamos la cordillera en un camión que transportaba vigas de madera. No recuerdo quién me izó hasta lo alto, Mario no bastaba, la carga sobresalía de los bordes de la caja y yo no era ágil. Recuerdo el orgullo por pasar esa primera prueba sin quejarme. Metí los pies bajo una lona, la espalda apoyada en la cabina, codo a codo con mi novio que se negaba a darme la mano y que, en cambio, señalaba los lugares por donde había pasado el libertador San Martín. No era exactamente por ahí, pero que imaginara yo el calor sobre los uniformes entorchados, las mulas tambaleantes y tercas, el soroche y sus náuseas, los cientos de ojos pehuenches que espiaban y que tal vez delataran. Yo ojeaba los picos nevados y la ruta plateada bajo los rayos del sol. Con el traqueteo anestésico del camión y la inclinación de la carga en cada curva –nos obligaba a torcernos en dirección contraria para no caernos– debía estar atenta, apenas sentía cómo las astillas de la madera me atravesaban el jean y se me clavaban en las nalgas –a la noche, en Petrohué, Mario me las quitó con unas pinzas–. El episodio, más grotesco que erótico, fue la anécdota humillante en los asados con amigotes en los que yo me aburría soberanamente y terminaba encerrada en el baño con una revista o escapándome a hacer dormir a los niños.

Osorno, Valdivia, Temuco no evocan hoy ninguna imagen precisa. Sí el recuerdo de un temor que no me dejaba en paz: el de no estar a la altura de los anfitriones comunistas que nos recibirían en las ciudades, de dormir en el suelo durante el camino, de la revolución. Para colmo, Mario me advirtió que no dijera pico bajo ninguna circunstancia, que en Chile era una mala palabra y que no siempre estaríamos en espacios informales. A fuerza de evitarlo, no podía dejar de pensar en eso; en los primeros contactos con camaradas, la palabra me venía una y otra vez a la boca. El tiempo, que nunca me preocupó salvo en el momento de llegar a una cita o concurrir a una clase, se transformó en una obsesión; los kilómetros recorridos durante nuestro viaje, en una coartada para una conversación de la que siempre me sentía excluida. Total: decía “a las cinco y pico dejamos de esperar...”, “habrá de Valdivia para acá unos 300 kilómetros y pico ¿no?”.

En Santiago vi por primera vez un partido de fútbol entre el equipo de la Universidad Católica y el de la Chile. Yo sabía de qué lado estaba, pero sabía poco y nada de ese lado. Indecisa, me apegaba a la elección de Mario y gritaba “shishishileleleuniversidadechile”, como deletreaba a mi abuela aquel verso sobre un cielo que de pronto cae al mar. Entonces en el cielo había fuegos artificiales. Recuerdo los tinglados en los rincones de la cancha donde se representaban sketches cuyos códigos se me escapaban. Pero qué emoción reír en masa. Yo era la única mujer en ese sector de los tablones. Cuando empezó el partido, a cada infracción de los jugadores, a cada injusticia del árbitro, a cada falso gol, los varones que nos rodeaban iniciaban en distintos tonos la palabra chucha, pero, como si de pronto se dieran cuenta al unísono de mi presencia (eso creía yo), la aspiraban hasta que se iba convirtiendo en un “shuuuuuu” apagado. Tal vez ese “shuuuuuu” no tuviera nada que ver con la caballerosidad, quizá sólo era el bramido popular mínimo, el más solidario y más simpático para unificar la protesta sin exigir ninguna destreza como corear una letra o porque una injuria más rebuscada hubiera hecho desafinar la comunión.

Fuera de Santiago acampamos, era menos duro en verano y Mario descontaba mi adaptación. Al principio armaba la carpa él. Lo hacía torpemente, culpando cada vez a no sé qué error de cálculo. En su refunfuño yo leía el reproche por mi falta de colaboración, esa tendencia a hacerme servir de hija única de familia con servicio cama adentro. Yo miraba acongojada la tirantez exacta en los parantes de la Cacique naranja y verde, y el techo de dos aguas –símbolo del hogar en los manuales de la escuela– me parecía que cambiaba de sentido: un hogar sin muebles y cuyo piso, aunque plantado sobre llanura, tiene jorobitas, no es un hogar, algo que hay que armar y desarmar, una demostración de precariedad.

Pronto Mario empezó mi instrucción. Era de los que esperan el error para reconvenir, se diría que lo esperaba para ejercer su misión pedagógica –jamás reglas de prevención, jamás un consuelo alentador–, desconocía la paciencia y exigía eficacia desde el vamos. Y parecía perverso el silencio con que esperaba que yo eligiera la ménsula equivocada, con que me miraba clavarla y dejar un lado chingado y flácido. No me soplaba la solución y cuando yo, a la larga, la encontraba, ponía una sonrisa que era menos orgullo de mí que autosatisfacción por su firmeza. Era la granja koljosiana con un solo pionero y un solo líder.

Mario era un militante crítico que pronto se alejó del partido sin fraccionarse, un atormentado que quería ser pintor, un moralista de izquierda para quien lo fácil y lo feliz siempre resultaban sospechosos, sosteniendo, a cambio, la incomodidad y esfuerzo como valor, también el verticalismo: la proletarización de mi ocio era en realidad el verdugueo de un sargento sobre un colimba que sueña despierto.

Una vez armé mal la carpa y a la primera lluvia quedó arruinada. Recomponerla formó parte de mi Siberia personal: secarla con mi secador de pelo, conseguir la pensión de reemplazo, sobre todo escuchar la cantinela de Mario. Sólo años después comprobé que sabía armar una carpa perfectamente, en un santiamén, mínimo de movimientos, un martillazo de herrero aquí, otro allá; una vez que la escena armado de carpa ya no formaba parte del repertorio del teatro conyugal.

En Osorno paramos en un parque natural. Estábamos solos a no ser por una carpa de ejército, armada a algunos metros aprovechando el terreno apisonado cercano a la despensa, donde paraban seis muchachones que solían beber hasta tarde y comer polenta con queso como único plato. Apenas nos saludaron, creo que eran cortos en el trato, pero Mario desde la primera noche pensó que intentarían violarme. Al parecer, ellos no hacían el viaje iniciático –dedujo por sus conversaciones, que nos llegaban desde lejos a favor del viento–, sino el viaje económico a secas. Las botellas de pisco que parecían no faltar, la ausencia de guardias, la soledad y la abstinencia se enhebraban en la hipótesis de Mario, que empezó a dormir con el machete al alcance de la mano. Durante las tres noches que pasamos en Osorno, yo dormí bien, no tanto por la presencia de Mario y el machete, sino por la certeza de la inocencia de aquellos que a veces se quedaban dormidos a la intemperie y cuyos ronquidos me alcanzaban con ese ritmo profundo que la mamúa imprime al cansancio físico.

Estábamos acomodando las cosas –nos íbamos al día siguiente– cuando vimos acercarse a uno de los muchachos. Mario plegó la sevillana –le estaba sacando la grasa del asado– y se la metió en el bolsillo. El muchacho era tímido y no iba al grano. Pero quería ayuda: un compañero se había cortado fiero con una lata y necesitaba desinfectante y vendas. Nosotros ¿teníamos? No, se nos habían acabado, pero para eso estaba el dispensario. Justamente, dijo el muchacho, el dispensario estaba cerrando, pero la banderola era baja; ellos, demasiado grandes. Miré a lo lejos. Los otros esperaban alineados: el que no era grande era un ropero; el que hablaba con Mario, gordo.

–Querría La Rucia hacer el favor...

Me parece que Mario sintió alivio: no debía entregar la prenda a la fuerza de una horda alzada, sino cederla en calidad de escaladora y enfermera. En la mirada que me mandó adiviné que ésa sería mi tesis de graduación en la granja koljosiana. Confieso que me divertí.

Los muchachos me levantaron en el aire a la vikinga, dejándome en la posición del leño con que se quiere bajar el puente de una fortaleza (Mario era el único que se permitía agarrarme por las caderas). Me monté en el borde de la banderola. Adentro estaba oscuro. Traté de acostumbrar la vista. Luego salté. Prendí la luz. Yo recordaba el lugar, porque había ido a pedir un antiespasmódico luego de un guiso carrero cuya escasez de elementos Mario había compensado con picantes. No había casi nada salvo un juego de escritorio y un armario oxidado, en el que el más elevado material de primeros auxilios eran jeringas descartables. Tiré el frasquito de desinfectante y un rollo de vendas por la banderola. ¿Y yo? A nadie se le había ocurrido cómo volvería a subir y a saltar del otro lado. Tras la puerta recién caían en la cuenta. Mario intentaba dar órdenes, pero todos hablaban al mismo tiempo, hasta que una voz sensata indicó que buscara la escalera. No me detuve a pensar si sabían de antemano que había una o si recién, en ese momento, se acordaban. De pronto caí en que hacía mucho que no estaba sola y separada de Mario. “El jefe” estaba a cuatro metros de altura. A ver si se venía a buscarme, ya en su voz se notaba el despuntar de la angustia. Dije que sí, que veía la escalera, que todo sería muy fácil (todavía no la había visto, pero lo que grité para atajar a Mario fue verdad unos minutos después). No quería apurarme. Me senté en el borde del escritorio e hice tiempo. Del otro lado, un coro me daba gritos de aliento con un acento que tapaba el de Mario. “Po”, “po”, “po”, oía en los remates. Qué interesante, ningún che: me distraía. Siempre fui un poco snob. Coqueteando, dejé pasar unos minutos sin contestar. Se pusieron nerviosos. Luego grité que me había ido al fondo para ver si en alguna parte guardaban antibióticos. Los muchachos se calmaron. “¡Subí de una vez, carajo!” Mario, en cambio, perdía los estribos. Podía quedarme un rato más para vengarme de tantas cosas, pero después me acordé de que en la carpa había un compañero sangrando y subí. Apoyada en la banderola saludé a la plebe exaltada que aplaudió y me tiró los brazos.

A lo mejor, pienso, no fue en Osorno.

En el hospital San Juan de Dios, bajo el campanario, había lugar para la carpa. El cura párroco nos dijo que el tañido de las campanas nos haría saltar a las siete de la mañana y que ésa era la única molestia. Podíamos usar los baños de la parroquia. Un perro pastor dormía ahí mismo, pero era inofensivo: nunca se decidió entre cuidar nuestra carpa como territorio propio o mantenernos a raya con desganados ladridos que lanzaba puntuales cuando salíamos o entrábamos.

La cerca de los curas protegía de todo, incluso de los hippies que tenían instaladas un par de carpas en la playa, cuyo fogón nunca se apagaba y desde donde venía el sonido de las guitarreadas y de los sapucai de vino tinto. Eran mansos y, como nosotros parecíamos miembros de la aristocracia del camping puesto que estábamos al amparo de un edifico público y teníamos fama de pareja constituida, cuando nos veían pasar tan de lona de playa recién estrenada y anteojos negros, murmuraban entre risitas.

Al atardecer yo bajaba a lavar los platos con arena, a enjuagarlos en las olas de la creciente; era la convención. ¿Qué costaba un envase de Odex, una esponja de alambre? Mario me reconvenía con furia. ¿Por qué no usar el baño de los curas? Eso sería abusar de la hospitalidad: de pronto mi comunista se ponía en huésped discreto de la Iglesia Católica. Yo me sentía como una Romanov, el manguito de visón alrededor de las manos heladas, hecha prisionera junto al trineo donde había cargado su vajilla de Meissen decorada con cebollas, su colección de huevos de Povarché, su escupidera ribeteada de oro, todo para no quedarse con lo puesto. Anastasia Nikolaievna.

Ah, pero hubo momentos felices. En La Serena me alejaba sobre mi colchoneta roja hasta el límite de la balsa boya, en la que a veces me esperaba Mario. A través del visor transparente, mientras avanzaba empujándome con los brazos –no había conocido hasta entonces un mar tan transparente y tan rico en criaturas– veía las caparazones coloradas de las centollas y las estrellas de mar a las que recién descubría vivas.

Una tarde, al volver, vimos desde lejos algún desorden en la zona de los hippies. A Mario le pareció que faltaba una de las carpas. Frente a la iglesia estaba la camioneta de los pacos. Mario dudó si debíamos acercarnos o no. Después se impuso la solidaridad de vecinos. Nos apuramos. Los hi-ppies estaban desparramados haciendo declaraciones, los pacos anotando. El Oriental –después supe que era el jefe– vino hacia no-sotros. Unos fascistas habían pasado a caballo y prendido fuego a una carpa. Ellos también solían hacer guitarreadas en la playa, pero bastante más lejos; pasaban todos los días a caballo llevando antorchas prendidas que después clavaban en la arena, les gustaba esa bravuconada de galopar dejando una estela de fuego. A veces insultaban, se les respondían pero sin elevar el tono, ésa era la consigna, El Oriental había prohibido que se les franqueara el paso y se intentara bajarlos de los caballos. Que se aburrieran o se amigaran, aunque no fuera más que para compartir la playa. Los hippies eran ocho, dos uruguayos y seis chilenos (dos eran mujeres: una, la novia de El Oriental, la otra estaba suelta y era menor). Se habían ido juntando en el camino, la carpa incendiada era de El Oriental. Allí tenían las reservas de comida y el botiquín. Iban a ver cómo se organizaban ahora para dormir. El Oriental tenía sífilis, le confesó a Mario en un aparte. Anastasia Nikolaievna (yo) volvió como Cruz Roja: donó sus antibióticos, sobres de sopa deshidratada, latas de tomate, prestó una manta. Ellos regalaron un porro y una pulseritas de hilo rojo. Me los guardé en el bolsillo del anorak. Los pacos ofrecieron alojamiento en la comisaría –no en las celdas, claro–, en la sala de espera podían tirar unos catres. No parecía que fueran a iniciar una investigación ni nada. La chica más joven nos pidió dormir con nosotros. Tenía el pelo como de pubis, secuelas de raquitismo en su cuerpo lacio. Esa noche comimos todos juntos y Mario probó por primera vez un porro. A mí no me gustaba, pero le di al pisco para que no dijeran que arrugaba. Delante de Mario la chica empezó a hacerme la corte. Yo estaba asombrada, no conocía esa especie de amor. Ella me tomaba la mano y yo me ponía colorada. Me piropeaba, aunque dirigiéndose a Mario: “Tu mujer...”.

Mario se asombraba y se divertía, pero a la hora de acomodarse en la carpa se metió con firmeza entre las dos. Fingió dormir. La chica pasó el brazo por sobre la almohada y comenzó a darme tirones suaves y rítmicos en el pelo. Me asusté, me excité, no sabía que quería (yo) y si quería algo. Al día siguiente la chica se levantó y se vistió sin saludarme. Luego fue a sentarse junto a sus compañeros frente a la fogata. Le acerque un café, hizo como que dudaba en aceptar, luego agarró la taza:

–¿Por qué no me contestaste?

–¿...?

–¿No entiendes el morse?

Qué piropos me habré perdido, qué canción de cuna lujuriosa en ese tamborileo que me pareció simplemente un “¿estás ahí?, yo estoy aquí”.

Después se fueron en un camión. Desde la caja la chica me mandó un piquito con las manos (allí no se dirá piquito). ¿Sabía la niña que desperezaba el amor propio de una porteña triste que ignoraba las virtudes guardadas en su bikini a lunares (como la de la canción pop) y que sabía y no sabía que pronto sería abandonada?

Con Mario seguimos peleando a cada rato, con treguas de ternura y sexo incómodo. La ternura con dormidas “en cucharita” –porro regalado mediante– y besos de veinte minutos; el sexo con la cabeza o la nariz rebotando contra el ábside de la carpa y las rodillas sobre guijarros infinitamente pequeños, pero cuyas puntas atravesaban la tela impermeable del piso, donde los petates solían caer de pronto sobre un lomo excitado o cortar el impulso hacia el éxtasis con un estrépito de aluminio desbarrancado. Era lindo cuando llovía y el ruido de las gotas sobre el techo dictaba determinados compases o cuando leíamos hasta tarde a la luz de las velas. Por momentos parecía que comenzábamos a construir un nosotros, ya fuera porque Mario aflojaba la instrucción, yo me había hecho baqueana o por simple rutina, que siempre termina imponiéndose.

Un día vimos dos enormes tajos en el frente de la carpa. Las mochilas habían sido revueltas, el arroz y la polenta volcados, mis corpiños estaban a la vista. Mario se fue furioso a despertar al párroco. Lo acompañé incrédula. Nos atendió frente a su escritorio, no detrás. El sabía lo que yo ignoraba: a Mario no había que dejarlo avanzar. Escuchó con paciencia, pero empujándonos a la puerta. Mario enumeró evidencias: el atentado a los hippies de la playa, el prejuicio que hacía suponer en cada grupo de acampantes, una célula guerrillera, la impotencia de los momios puesto que la Unidad Popular iba a ganar las próximas elecciones. El párroco involucró casi inmediatamente al perro; ahora no estaba cerca de la carpa sino adentro de la iglesia, junto al púlpito en donde solía dormir cuando hacía calor. Para congraciarse con nosotros y de paso para sacarnos de la sacristía, nos hizo acompañarlo para que viéramos cómo lo reconvenía. El perro lanzó un aullido tenue, de compromiso.

Mario no se tragó que era el culpable. Fue a la comisaría y luego, durante una noche eterna, planeó nuestro traslado. Imaginó la complicidad del cura; más segura, su delación. Yo me puse a revisar las cosas arruinadas. Qué raro que no hubieran tocado la puerta. Esa era precisamente la amenaza: “Entrar destruyendo”, decía Mario. Estaba furioso, porque si yo revisaba entre los daños era porque buscaba otra hipótesis. No me habló durante dos noches y me dormí llorando. Al día siguiente, mientras Mario volvía a la comisaría para completar no sé qué trámites, me puse a coser la carpa. Doblaba hacia adentro la tela rajada y, casi en el fleco, pasaba una costura doble en punto atrás idéntico y recto como si hubiera aprendido con las monjas. Quizá ese pulso firme se debía a la paz interior del que vive los últimos espasmos de un amor que, remozado por unas vacaciones a la socialista, ignoraba su próximo fin. Esa carpa vuelta al servicio de protegernos de la lluvia y el viento quedó emparchada, expresión que Mario utilizaba para aludir a nuestra pareja. Terrible metáfora en esa tela de avión zurcida sin frunces y en la que sólo al mirarla muy de cerca se notaba el parche (¡yo nunca volví a emparchar así!).

Probé la carpa tirando un poco de agua con la pava en el sobretecho: no pasaba al interior, los cierres de la entrada estaban derechos. Me serené un poco y saqué de la mochila la lupa que usaba para leer imposibles instrucciones de comida envasada. Fue la primera vez que realicé una investigación. En cada paquete volcado –los guardamos como prueba–, en los tajos de la puerta y en los cordones de las mochilas había unos agujeros minúsculos, a veces alineados, y algunos pelitos duros. Cuando Mario volvió le conté; el cura tenía razón, había sido el perro. Montó en cólera. ¿Los fascistas se despelechaban en su carpa y yo buscaba una explicación? Claro, cómo no iba a coincidir con el cura si vivía en una nube pop, si para mí no había lucha de clases sino accidentes, si desconocía... y antes de que la palabra compromiso se dibujara en esos labios apretados y finos en los que el beso solía entrar como con pala, estallé yo. Porque a menudo mi sometimiento era una indiferencia profunda, si no el resultado de estar pensando en otra cosa, volando o soñando con quién sabe qué falta, que siempre era la que Mario precisamente no veía y que, sin embargo, tenía ante sus narices. Pero mi ira se expandía en una larga lista de lógica implacable, esa que él solía utilizar masticando la palabra dialéctica. Mi prueba final era irrefutable: había desaparecido un pedazo de panceta. Primero propuse la reconstrucción de los hechos. La habíamos comprado antes de ir a la playa. La guardábamos para una salsa que luego no hicimos. Estábamos cansados y nos contentamos con una lata de atún y pan lactal. Después ni nos acordamos de la panceta. Ocurridos los sucesos de la carpa, comimos en Caleta Abarca, un lugar cómodo para desarrollar una teoría paranoica, con una mesa de por medio, como la de un juzgado o un comité. Aquí largué una carcajadita. ¿Culpables los fascistas? No, el perro. El perro viejo, alimentado con sobras eclesiásticas, había venido primero a orinar –eso lo habíamos pasado por alto, ya que el calor procede al secado rápido y tampoco nosotros estábamos demasiado limpios–. Luego percibió la presencia de la panceta en alguna parte. Encima, con el calor, debía haber flor de olorcito a sebo recalentado. Hecha agua la boca, el perro saqueó, desgarró y rebuscó; primero con el morro desilusionado, conformándose con el sobre de sopa de pollo. Viejo y con mal olfato, se desorientó bastante, fue probando hasta ropa interior con efluvios humanos y sólo encontró lo que buscaba al final del estropicio. Era evidente que quien había rasgado la puerta no sabía abrirla, y no era la señal de amenaza que los fascistas querían dejar a los reos de izquierda que dormían en piso sagrado sin pagar ni siquiera con limosna. ¡Por favor!

Desde el episodio de la panceta, la palabra se convirtió en la consigna de rebelión ante cualquier pretensión despótica de Mario en aras de mi educación revolucionaria. ¿Que volviera a armar la carpa a las dos de la mañana puesto que lo había hecho mal? ¡Panceta! ¿Que cargara cincuenta kilos de provisiones en subida? ¡Panceta!

Panceta se volvió el sinónimo de la cara palurda de un hecho en apariencia con algo de épico –por ejemplo, ser víctima de la persecución política–, algo para contar en el quién es quién combativo. Si panceta era lo que buscaba el viejo perro pastor, criado por los curas del San Juan de Dios, panceta era también lo que buscaban esos otros perros en Portbou cuando le ladraron a mi mochila, bajo la luz de las linternas de los guardias de frontera, en una hilera de árabes de trabajo salteado en el rubro de construcción. Pero ésa es otra historia y yo ya era vieja.

La noche en que quedó revelada la operación panceta vinieron los pacos, al parecer a investigar luego de la denuncia de Mario. Acudían no sólo tarde sino a desgano. Vieron la carpa cosida, escucharon balbucear al denunciante cada vez más colorado a medida que ampliaba sus explicaciones. Sólo al final mencionó al perro. Pero para los pacos Mario debía tener algo sospechoso o su tonito de superioridad en la comisaría los había mosqueado. Uno dijo que quedábamos detenidos hasta que todo se aclarara. Lo del perro, dijo, ahora le parecía una excusa. Subimos a la camioneta. Yo iba encantada, curiosa; Mario, paranoico o quizá vagamente satisfecho, por fin alguien reconocía su peligrosidad. Pero la camioneta no arrancó. Primero se bajó un paco, luego todos. Se pusieron a discutir delante del capó abierto. Pasaron largos minutos de debate escolástico sobre mecánica del automotor. Mario me hablaba por lo bajo. Decía que en la comisaría saldrían a relucir sus antecedentes de manifestante callejero. Me asusté. No demasiado. Un paco abrió la puerta y nos hizo bajar. Ellos se subirían y nosotros empujaríamos. La angustia de Mario se disolvió en una risa sorda. Yo tomé aire y apoyé las manos en la camioneta cuyo motor carraspeaba. Empujaba ya con la fuerza de la mochilera experta en cargar su casa sobre las espaldas o con la bestialidad de la inocencia. La camioneta no arrancó. Pero yo seguía empujando. Hasta que sentí el toquecito sobre el anorak –“Rucia, Rucia, pare”–. Un paco me hizo dar la vuelta. Se veía que tenían que resolver la situación con cierta dignidad. “¡Documentos!”, bramó. Se los dimos. Luego contestamos un par de preguntas acoplando no el obediente o temeroso “señor”, sino atribuyéndole a toda la comitiva grados muy por encima de los que tenía cada uno de sus miembros. Se quedaron o fingieron quedarse conformes. Después se fueron caminando por la playa..

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