CONTRATAPA

Las aguas y las letras

 Por Juan Forn

El holandés Frank Westerman adoraba desde chico un libro llamado Kara Bogaz. Nacido en los ’60 de padres miembros del PC holandés, el pobre Westerman creció escuchando los logros del Ejército Rojo, de la industria soviética, de los titanes del Realismo Socialista. De todas esas historias su favorita era Kara Bogaz, el relato de cómo un grupo de valientes ingenieros soviéticos descubren a un costado del Mar Caspio una enorme bahía embrujada (Kara Bogaz significa “fauces negras”) y convierten esa caldera de aguas salobres y costa desértica, habitada por feroces beduinos, en un vergel socialista donde todos tienen agua corriente y trabajo y nuevos ideales (en el épico final del libro, los beduinos, convertidos a la nueva fe, se despojan de sus turbantes verdes, símbolo de haber peregrinado a La Meca, y arrancan el velo del rostro de sus mujeres para vivar todos juntos la Revolución del Trabajo y la Igualdad).

Kara Bogaz se convirtió en una de las obras cumbres del Realismo Socialista, gracias a su involuntario timing: se publicó justo cuando Stalin puso en marcha uno de sus más faraónicos proyectos, la Perebroska, que invertiría el curso de todos los grandes ríos de la URSS y acabaría con las estepas y desiertos de su territorio (una canción de la época decía: “Los ríos soviéticos van adonde los bolcheviques sueñan”). El Ministerio de Recursos Hídricos alcanzó a tener más de un millón de funcionarios repartidos por las quince repúblicas soviéticas y llegó a ser el departamento más influyente detrás del de Defensa. Parte de ese inmenso personal lo conformaban los liriki, es decir los escritores que debían narrar cada una de esas gestas y que dieron origen a la literatura hidráulica soviética, según la bautizó Gorki antes de morir. Por supuesto, los liriki debían actuar según las leyes del Realismo Socialista: acompañando a las brigadas que construían diques y represas, para ver suceder el milagro en vivo y en directo, antes de relatarlo en forma de libro. El increíble descubrimiento que haría el joven Westerman cuando logró ser enviado a Moscú como corresponsal de un diario de Rotterdam, ya en los años de la Perestroika, fue que Kara Bogaz, su libro favorito y la obra fundante de la literatura hídrica soviética, no cumplía ni uno solo de los preceptos del Realismo Socialista.

Lo supo por azar, como suelen saberse esas cosas. Para decorar la infame caja de zapatos que le habían adjudicado como oficina, Westerman compró en el metro de Moscú, a un geólogo desempleado, un enorme mapa de la vieja URSS con el que tapizó una pared entera. Para su sorpresa, en la zona correspondiente al Mar Caspio brillaba por su ausencia la bahía de Kara Bogaz. Cuando consultó a un colega ruso, éste lo derivó al Instituto Konstantin Paustovski. ¡El autor de Kara Bogaz tenía una institución dedicada exclusivamente a él! No tanto: el Instituto ocupaba sólo la azotea de un angostísimo edificio de dos pisos, donde trabajaban apretados dos ancianos (el director y la secretaria) con la colaboración ad honorem de Dima, el hijo de Paustovski, que tenía “sólo” setenta años y era el detector de mentiras de la institución: cada vez que el director o la secretaria se encontraban con alguna incongruencia entre la obra de Paustovski y la realidad (cosa bastante frecuente, al parecer) la sometían a Dima, cuya tarea, le explicaron a Westerman, consistía en “descorrer el velo lírico cuando la realidad no alcanzaba a salir a la luz”.

Así se enteró Westerman de que Paustovski nunca estuvo en Kara Bogaz (al llegar a Bakú se le acabó el dinero que le habían dado como anticipo en Moscú), que propuso escribir el libro sólo por consejo de su amigo Isaak Babel (y que lo único que le aportó a Paustovski aquel viaje recomendado por Babel fue una malaria en Batumi y un mal de amores en Tiflis, según su hijo Dima), que en el hospital conoció a un ingeniero que, entre delirios y visiones, le habló de una represa que debía construirse en una bahía maldita llamada Kara Bogaz, y que el resto de información lo fue sonsacando de diversas fuentes, incluida su propia imaginación. En resumen, Paustovski transgredió la gran premisa del Realismo Socialista (“Primero deben producirse los hechos y sólo después deben someterse a la reflexión artística”). Pintó algo que no sólo nunca vio sino que tampoco llegó nunca a hacerse realidad: en el mismo momento en que cientos de miles de niños soviéticos devoraban las páginas de Kara Bogaz, en cuyo final Paustovski describía una represa y una fábrica de sulfato de sodio en pujante funcionamiento, el Ministerio de Asuntos Hídricos daba de baja oficialmente el proyecto de construir tanto la represa como la fábrica.

Lo más sorprendente es que esto sucedió en los difíciles años post muerte de Gorki, cuando bastaba un suspiro para caer en desgracia y casi todos los escritores de la literatura hidráulica fueron enviados a Siberia o ejecutados, uno por uno. Pero Paustovski zafó. Incluso cuando sus protectores Babel y Pilniak cayeron, él zafó. Y después sobrevivió a toda la guerra. Y después se consiguió un puesto en el Instituto Gorki de Literatura (¡enseñando Realismo Socialista!). Y después aceptó obedientemente un encargo de arriba para escribir una biografía sobre el mariscal Bucher. Y, cuando ese militar cayó en la última purga ordenada por Stalin antes de morir, Paustovski asombrosamente zafó una vez más. Y logró llegar con vida al deshielo de Kruschev. Y logró seguir vivo cuando Brezhnev ajustó nuevamente las clavijas de la represión. Y, cuando cumplió los setenta y cinco años, vaya a saberse si por el mérito de haber esquivado tantas veces la picota o por haber fundado la literatura hidráulica soviética, bautizaron con su nombre el tercer pico más alto de la URSS, le otorgaron la Orden de Lenin y le dieron un piso en uno de los edificios laterales del complejo edilicio conocido como Las Siete Hermanas en Moscú (en cuyo bloque central sólo vivían jerarcas de la Nomenklatura). Paustovski murió apaciblemente en su cama en 1968, poco antes de cumplir los ochenta. Según le contó su hijo Dima al holandés Westerman, una sola cosa lo perturbó hasta sus últimos días: soñaba que lo enviaban a la bahía de Kara Bogaz, a escribir su libro de vuelta, esta vez in situ, y sin derecho a inventar nada.

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