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El juego de las expectativas

 Por Alfredo Zaiat

En estos meses de turbulencias, la evaluación de iniciativas en materia económica se define en la puja política que busca influir sobre las expectativas de los sujetos sociales. El Gobierno muestra una agenda hiperactiva para contrarrestar la corriente negativa instalada por el discurso dominante con medidas que suponen un salto cualitativo, como el fin de las AFJP, y otras que revelan falta de oportunidad, como la propuesta de abrir el canje de deuda en default y pagar con reservas al Club de París. Ahora, acaba de lanzar un controvertido blanqueo de capitales, además de la regulación de trabajadores informales en pymes ofreciendo rebajas de aportes patronales. Sumó a esas medidas la creación del Ministerio de la Producción. Todas iniciativas que apuntan a mejorar el clima desde el lado de la oferta, o sea del sector empresario, con resultado incierto. Es bastante probable que pronto se anuncien medidas para alentar la demanda, con aumentos a jubilados y facilidades crediticias para el consumo de bienes durables. En ese sentido ayer avanzó en un impreciso plan de obras públicas. Por el frente de la oferta y el de la demanda el Gobierno busca amortiguar el impacto negativo de la crisis internacional y de la persistencia de economistas de la city en pronosticar escenarios de catástrofes. En ese complejo panorama, la batalla se libra en el dominio de las expectativas, que va de la mano de la confianza y de la legitimidad de la palabra. En ese terreno se juega hoy la efectividad de esas y otras futuras medidas.

La destrucción de la credibilidad del Indec derivó en un potente perturbador de las expectativas de los agentes económicos. Estas fueron potenciadas por los gurúes de fallidas estimaciones, tarea facilitada por esa intervención oficial en el sistema de estadísticas públicas. Así desde el conflicto con el sector del campo privilegiado, el debate y la comprensión del proceso económico han quedado reducidos a mediáticas sentencias como “saqueo”, “confiscación”, “hacer caja”, “improvisados”, “actos de piratería”, “fuera del mundo”. Se trata de una base muy rústica desde donde empezar a avanzar en la comprensión de los desafíos que se presentan en el actual escenario económico. Por ese motivo el análisis dominante de la sucesión de medidas que se precipitaron desde la derrota de la Resolución 125 está teñido de deseos políticos más que de examinar su consistencia.

Las traumáticas experiencias de las últimas décadas provocan la previsible inquietud y miedo sobre el futuro. Si se le agrega un contexto de crisis internacional de proporciones, el juego de las expectativas asume un papel relevante, más aún en una sociedad con agentes económicos hipersensibles. Esas prevenciones se explican por reflejos defensivos ante crisis pasadas o por la particularidad del poder económico de despreocuparse por el destino local, acostumbrado a fugar capitales y a ganar con los desequilibrios de las variables macroeconómicas. A ese sector se le ofrece hoy el blanqueo de capitales y la rebaja de aportes patronales con la candorosa esperanza de mejorar las expectativas y de revertir la falta de confianza del mundo empresario.

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