CONTRATAPA › ESCRITOS EN LA ARENA

Lo que le pasó a Parodi

 Por Juan Sasturain

Tras el grotesco episodio en el superpullman del Cine Atlantic, cuando el joven Dudoso Noriega, bañero fuera de temporada e inexperto caramelero, se cruzó sin querer en las oscuras transas que se producían durante los continuados de los jueves y terminó rodando escaleras abajo con su sucinta mercadería, el pibe la pasó mal. Por meterse donde no debía tuvo que pagar los helados perdidos en la revolcada en la oscuridad y anduvo abochornado durante un par de días mientras los compañeros lo cargaban con saña liviana y sin ingenio. No lo hizo en cambio el damnificado Parodi; el acomodador ni siquiera condescendió a recordarle el asunto excepto para mostrarle –sin decir palabra– una mancha de chocolate imborrable de sus finos zapatos marrón claro.

Discretamente, el jueves siguiente al de su humillación, Noriega pudo comprobar in situ cómo funcionaba el aceitado tráfico del cafishio. Al comienzo de cada intervalo, Parodi se apostaba al pie de la escalera de superpullman durante un par de minutos y, mientras ahuyentaba indeseables y desubicados, filtraba los dos, tres o cuatro varones que, tras pasar por boletería, lo buscaban para recibir el programa y dejarle, con la entrada, los pesos de la tarifa estipulada. Después ponía la cadena en la escalera, se corría hasta la puerta del cine y dejaba fluir a la calle, contraseña en mano, a los espectadores que lo solicitaban. Sólo que algunos, dos, tres o cuatro –los necesarios– se llevaban una contraseña de más. Con ellas, habitualmente cuando ya había empezado la película, entraban por la otra puerta las chicas habitués del dancing de la calle Jara que regenteaba y que, para la ocasión, habían estado esperando apostadas en el bar de la esquina. Y así una, dos, tres veces. Un auténtico continuado.

Para su perfecto funcionamiento, el negocio del rápido Parodi necesitaba el tendido y la garantía de una red de complicidades. Porque menos el dueño del cine, todos en el Atlantic estaban al tanto de los entreveros del superpullman y los que no cobraban en especies por su silencio se llevaban un diego, como los necesarios boleteros.

Sin embargo, cierta vez algo falló. Y no fue en la trama interna sino afuera. Un año y pico después de aquel episodio vergonzoso en que volaron sus mercancías en la oscuridad y Noriega odió al turbio Parodi con una intensidad que lo sorprendió, el ya más ducho caramelero tuvo oportunidad de verlo perder. Pero tampoco esta vez le gustó lo que pasó.

Ese jueves a la noche todo iba normal hasta que, mientras pasaban el último rollo de La Quintrala, con Jorge Mistral y Ana María Lynch, se oyeron gritos de arriba. La gente de la raleada platea volvió la cabeza y el mismo Noriega se asomó desde el pasillo para ver mejor, sin resultado. Hasta que de pronto hubo un grito más fuerte y enseguida un cuerpo voló despatarrado desde el superpullman y se estrelló contra las butacas vacías de la desafortunada fila 18.

Se encendieron las luces. Era Parodi.

Estaba todo roto y la cadera acababa de inaugurar un nuevo ángulo de inserción. El acomodador desacomodado tuvo ánimo sin embargo, incluso en esas circunstancias, para atinar un balbuceo:

–Me caí –dijo claramente antes de desmayarse.

Lo habían tirado, claro. Pero quién lo diría si él mismo callaba. Cuando llegó la parsimoniosa policía, las chicas y sus clientes ya habían sido adecuadamente evacuados, Parodi fue trasladado al hospital con custodia y nadie tuvo qué decir. Incluso La Quintrala continuó como si nada.

Después algo se supo: Parodi había subestimado las advertencias del nuevo comisario de la seccional 2ª y tardó en reajustar la generosa coima que le permitía trabajar tranquilo. Unos dicen que los dos canas que aparecieron de uniforme para el procedimiento eran muy parecidos a dos de los clientes que horas antes habían subido a hacerse tirar la goma según uso y costumbre. Incluso que Parodi los conocía y ni les cobró. Otros hablan de una venganza de El Carabela, el dueño de El Purgatorio, el cabarute de la Terminal, que no podía soportar un enclave extraño en la zona del centro, donde tenía el monopolio de la prostitución.

La cuestión es que quedó como accidente y Parodi nunca volvió; ni a trabajar ni a pararse. Tampoco volvieron las experimentadas chicas de los jueves. Para fin de año, vísperas de Navidad, una delegación del Atlantic lo fue a visitar al dancing de Jara al fondo, y le llevó de regalo una valija de cuero. Adentro estaba la chaqueta almidonada y la linterna con pilas y todo.

–¿Y quién quedó de acomodador arriba? –preguntó Parodi al rato de conversar trivialidades que omitían la silla de ruedas, los zapatos Sistema Delgado impecables sin tocar el suelo.

–El pibe –dijo Ceballos y señaló a Noriega, semioculto a un costado.

–Ahora no te caigas vos, pendejo –fue todo su comentario.

Cuando se fueron, al pasar junto al largo Buick del cafishio, estacionado como para morir ahí, nadie pasó el dedo por el polvo acumulado. Visto en perspectiva, Noriega siempre tuvo la suerte o la desgracia de que sus trabajos fueran consecuencia de la desviación informal, de la deriva, sin mediar vocación previa ni otro mecanismo de continuidad que la mera costumbre, el uso. Fue bañero para siempre porque una vez, al salir de la colimba, pasó por ahí. Y trabajó años y años en el Atlantic –primero de caramelero y después de acomodador– porque cayó literalmente de rebote. Por lo que le pasó a Parodi, quiero decir.

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