EL MUNDO › OPINIóN

Diplomacia político-religiosa

 Por Washington Uranga

El viaje de Benedicto XVI a Tierra Santa ha sido construido por el Vaticano como una delicada pieza de diplomacia político-religiosa y se enmarca dentro de la estrategia ya iniciada por su antecesor Juan Pablo II en busca de acercamientos entre las grandes religiones monoteístas con la indisimulable pretensión romana de que el catolicismo sea el referente central de esa coincidencia. Es un objetivo difícil de alcanzar. Para ello no sólo surgen dificultades doctrinarias, ideológicas, políticas y culturales, sino la referencia incuestionable del crecimiento de los musulmanes en el mundo y de la disminución, al mismo tiempo, de la feligresía católica. Para muchos musulmanes éste no es un dato meramente numérico, sino un signo de Alá acerca del papel al que están llamados a jugar en el mundo los seguidores de Mahoma.

El cristianismo en todas sus formas sigue siendo hoy la religión mayoritaria, con unos 2000 millones de fieles (aproximadamente el 32,79 por ciento de la población mundial) pero sólo el 17,4 por ciento de ese total es católico y es superado en número por 1200 millones de musulmanes que representan el 19,6 por ciento de los habitantes del planeta según las estadísticas que maneja el anuario pontificio de la Iglesia Católica.

Juan Pablo II había desarrollado una paciente estrategia de acercamiento a los líderes de las grandes religiones monoteístas a través de sus encuentros en Asís, aunque nunca se destacó por su celo ecuménico hacia las otras ramas del cristianismo. Benedicto XVI tuvo un grave traspié en el año 2006 al formular declaraciones que los musulmanes consideraron ofensivas para el profeta Mahoma y para el islamismo, a tal punto que el pontífice católico tuvo que salir a decir que lo divulgado no reflejaba su punto de vista.

Nadie quedó demasiado convencido de esa corrección. Ahora Benedicto XVI comenzó su periplo por los lugares santos expresando su “profundo respeto” por la comunidad musulmana. Sabía de antemano que los musulmanes oscilaban entre la apatía y el rechazo a su visita y que incluso los seguidores de Nazem Abu Salim, de la cofradía de los Hermanos Musulmanes, lo esperaban con una gran pancarta en la que se decía “no es bienvenido” recordando un verso del Corán en que se puede leer que “aquellos que le hacen mal a Dios y a su mensajero. Dios los ha maldecido en este mundo y en el más allá, y les tiene preparado un castigo humillante”.

Como para no dejar dudas sobre la molestia que causó a los musulmanes aquel episodio, ni lerdo ni perezoso el príncipe Ghazi ben Mohamad, primo del rey Abdala II de Jordania y consejero en asuntos religiosos, “agradeció” a Benedicto XVI “haber lamentado las ofensas causadas por su discurso del 2006”.

El Papa prefiere no hablar de la religión como causa de enfrentamientos y de diferencias, sino más bien de la manipulación política de la misma. “La manipulación ideológica de la religión, a veces con fines políticos, es el verdadero catalizador de tensiones y de divisiones, y a veces, incluso de violencias en la sociedad”, dijo ahora.

Hablando de la visita el sacerdote católico David Neuhaus, jesuita, vicario patriarcal de los católicos hebreoparlantes en el Patriarcado latino de Jerusalén, afirmó que “es un viaje valiente, porque hay muchos riesgos. Vivimos en medio de un conflicto político-nacional y todas las partes están interesadas en explotar la visita del Santo Padre para servir a sus propios intereses”.

En Israel, tampoco hay entusiasmo desbordante. Los judíos señalan reiteradamente al Vaticano como más cercano a los intereses palestinos y desconfían de cada jugada de la diplomacia romana. En este marco todo debe ser cuidado: los escenarios, los gestos, las palabras. Todo. Porque todo significa y puede ser leído, no sólo en medio de la diversidad religiosa y las diferencias políticas, sino en el marco de un conflicto que aflora violentamente a cada paso. Benedicto XVI quisiera ser “prenda de paz” en medio de ello. Ese sería su mayor logro, pero es también una tarea que tiene pocas posibilidades de alcanzar el éxito en las actuales condiciones.

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