CONTRATAPA

Cómo me hice hiena

 Por Juan Forn

Nadie se alegró demasiado en la Argentina cuando V. S. Naipaul ganó el Premio Nobel de Literatura en 2001. Unos porque no lo conocían, otros porque recordaban lo que Naipaul había escrito sobre nuestro país en 1974: un ensayo publicado en la New York Review of Books que se titulaba “Los prostíbulos detrás del cementerio” y explicaba la política argentina a partir de la vecindad de los mausoleos de la Recoleta con los inquilinatos que rodeaban al cementerio por la calle Vicente López (donde hoy se alza ese cachivache compuesto por los cines Village y su patio de comidas). Naipaul decía que aquellos inquilinatos eran un enorme lupanar, que las colegialas porteñas temían ser abducidas y terminar sus días allí y que la sociedad argentina se regía “por un machismo degenerado que considera que el lugar de la mujer es el prostíbulo” y que la gran manifestación de ese machismo era la penetración anal (“sólo entonces es completa la conquista de una mujer para el macho local”).

Naipaul se las arreglaba para enfurecer simultáneamente a peronistas, heraldos de la oligarquía, juventudes armadas, casta militar y eclesiástica y a casi todo el resto de los argentinos con aquel ensayo, ampliado y retitulado en su libro El regreso de Eva Perón, que circuló de mano en mano y más bien clandestinamente por acá cuando se publicó en España en 1980 (los milicos de la dictadura por supuesto vetaron que se hiciera una edición local). Más o menos el mismo efecto han tenido sus libros sobre el mundo musulmán, sobre los países africanos, sobre la India, sobre las Antillas y demás territorios del Tercer Mundo que se le ha ocurrido retratar. Naipaul es capaz de escribir novelas fenomenales (Una casa para Mr Biswas, Un recodo en el río) y libros que dan ira y vergüenza a la vez (su libro Entre los creyentes fue definido como “una catástrofe intelectual” por el orientalista Edward Said). Naipaul ha descripto como nadie la obscena superioridad moral con que el británico trata a los nativos de sus colonias o ex colonias, y el brahmin indio trata a las castas inferiores de su país, pero lo ha hecho adoptando los peores tics y miserias de sus focos de crítica. Por eso es tan odioso para la mayoría de los que empiezan a leerlo. Y para tantos de los que siguen leyéndolo. Porque ése es el tema con Naipaul: uno sigue leyéndolo. Y, cuando más lo está odiando, él se despacha con un libro fenomenal.

Es lo que sucederá en estos días con la publicación en simultáneo de El mundo es lo que es, una explosiva biografía sobre su persona (en la que él mismo confirma las revelaciones más escabrosas) y Cartas entre un padre y un hijo, la correspondencia que mantuvo con su progenitor desde que llegó a Oxford a los dieciocho años, en 1950, con una beca estatal y sin dinero, hasta que su padre murió, tres años después, sin que volvieran a verse. De los dos libros, la biografía es la que ocupará más espacio en la prensa en las próximas semanas, si se repite lo ocurrido en el mundo anglosajón, porque Naipaul no sólo le dio carta blanca a su biógrafo (entre otras cosas le concedió acceso irrestricto a unos diarios íntimos de su esposa muerta que él nunca quiso leer), sino que le reconoció después que las barbaridades que decía aquella esposa sobre él eran ciertas (“Podría decirse que yo fui el causante de su derrumbe. Y sospecho que de su muerte también”). El libro revela, entre muchas otras cosas, cómo fue sodomizado Naipaul en la adolescencia por un primo mayor, cómo conoció, en aquella visita de 1972 a Buenos Aires, a una angloargentina que dejó a su marido y a sus tres hijos por vivir una historia de amour fou con Naipaul que duró más de veinte años y se basó en el sadismo sexual de parte de él (la sodomía y las palizas como elemento central) y cómo dejó abruptamente en la estacada a aquella angloargentina para casarse con una millonaria hija de banqueros paquistaníes sólo dos meses después de enviudar de esa esposa inglesa a la que, según su propia confesión, humilló y maltrató hasta la muerte (de manera que los argentinos ofendidos por aquel ensayo de 1972 tendrán ahora todos los elementos servidos para hacer su interpretación psicológica del caso Naipaul).

Las Cartas entre un padre y un hijo, en cambio, ofrecen una oportunidad única para atisbar al Naipaul que pudo ser y no fue. Como se sabe, la familia de Naipaul fue parte del contingente hindú que el imperio británico trasplantó a sus dominios caribeños como mano de obra agraria hace más de cien años. El lado materno de su familia pronto progresó. El padre de Naipaul, en cambio, era hijo de labradores y periodista mal pago de un diario antillano. Además, Naipaul padre escribía. Humillado a la par por sus compatriotas de casta superior y por los funcionarios coloniales británicos, escribía. Muchas veces a lo largo de su carrera, Naipaul hijo ha declarado que su escritor favorito de todos los tiempos es su padre. La frase parece una muestra más de su olímpico narcisismo. Lo que Naipaul se ha guardado siempre de decir es que su padre también fue su mejor amigo, y el único confidente literario que se permitió tener en su vida.

Es casi inimaginable que un padre y un hijo sean mejores amigos, especialmente si ambos son escritores inéditos, y pobres, y carecen de contactos con el mundo literario. Pe-

ro ése es el asombroso y conmovedor caso de Seepersad Naipaul y su hijo Vidia. “No apuestes mucho por mí porque si no lo consigo te decepcionaría y eso sería terrible para los dos”, le escribe el padre desde las Antillas. “Por favor sigue teniendo fe en mí hasta que te aconseje que dejes de hacerlo”, le contesta el hijo. “Si hace falta vender esta casa para que sigas en Oxford, lo haré”, le escribe el padre, cuando pierde su trabajo a causa de la enfermedad. A lo que el hijo contesta: “Sólo te prometo una cosa: te traeré conmigo a Inglaterra, y haré realidad un deseo que tengo: que puedas escribir tranquilo y que se publiquen tus cuentos. Pero por favor espera a ese momento antes de hacer cualquier tontería”. La tontería, lamentablemente, ocurre: Seepersad Naipaul muere a los 46 años. Y Naipaul hijo escribe a su madre y a sus hermanas, antes de sumirse en una depresión que lo llevará a intentar suicidarse: “Era el mejor hombre que he conocido. Siempre he considerado mi vida una continuación de la suya. Pero ahora deberé renunciar a la idea de hacerme mayor en compañía de él”.

Después del éxito de Una casa para Mr Biswas, la novela de 1961 en que homenajea a su padre, Naipaul logró que se publicaran los cuentos de Seepersad (The adventures of Gurudeva and other Indian tales). Pero nunca hizo el menor esfuerzo por contribuir a la publicación de Cartas entre un padre y un hijo. Y se negó a leerlas cuando se publicaron. “No escribo para que me quieran”, ha declarado muchas veces. Es cierto: le alcanzó con que lo quisiera una sola persona, un escritor inédito como él, cuando él no era todavía la hiena que conocemos hoy.

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