CONTRATAPA

Clementina y un lugar para sus hijos

 Por Adrián Paenza

Afortunadamente la Argentina ha recuperado la esperanza en estos últimos años. La esperanza de tener un país mejor, un país más solidario y donde la idea pase por que todos tengan las necesidades básicas satisfechas: salud, trabajo, educación, vivienda. Son los pilares de lo que en otras épocas llamábamos los derechos humanos. Aún hoy, no me imagino ninguna sociedad justa que no los involucre. Supongo que las palabras “clave” son: “todos” y “derechos”, pero cada uno le pondrá el acento donde más le plazca.

En el medio de los dolores de crecimiento, empezamos a pensar el país que queremos ser. No soy tan ingenuo para creer que esto está pasando como en Singapur o Finlandia, pero curiosamente el país parece tener ahora algunas políticas de Estado. Es más, parece como que estuviéramos pensando país, en lugar de que nos vaya saliendo país. Más aún: no solamente parece, sino que en realidad hay algunas personas interesadas en que esto suceda dentro del ambiente político y muy especialmente en lugares críticos: Presidenta, algunos ministros, algunos legisladores, por mencionar los más relevantes.

¿Por qué todo esto? Porque como el dinero que se recauda no es infinito, como el presupuesto anual no es infinito, hay que tomar decisiones. Decidir qué es prioridad es hacer política. Entender las necesidades de las grandes mayorías e invertir en ese sentido, para mejorar la calidad de la ciudadanía, es hacer política.

La Argentina tuvo en su momento el privilegio de ser líder en Latinoamérica en cuanto a su inversión en ciencia, tecnología y educación. Fue hace mucho, pero pasó. Hubo momentos de quiebre (las tremendas dictaduras fundamentalmente, pero también los menematos, “alianzatos”, etc.) que nos empujaron hacia un abismo. Pero la Argentina se está recuperando y en particular, desde Néstor Kirchner para acá, hay gente que escucha y a la que la ciencia y la tecnología, y también la educación universal, les importa.

Ahora, dos datos impactantes: este país tiene un lugar geográfico y físico, en donde trabaja el 10 por ciento de los investigadores del Conicet. Sí, leyó bien: el diez por ciento de todos los investigadores del Conicet están concentrados en un solo sitio. Más aún: en ese mismo sitio obtienen sus títulos de doctores el 25 por ciento de los que se gradúan en nuestro país. Cualquier empresa que tenga sus “joyas” presentes y futuras concentradas de esa forma se ocuparía fuertemente de proteger “ese lugar”, de proveerle la mejor atención y de hacer todo lo posible para que esa capacidad se pueda incrementar y sostener en el tiempo. Es sólo una cuestión de sentido común. Ese lugar es la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Allí es donde se forman licenciados en Matemática, Computación, Física, Química, Biología, Geología, Paleontología, Ciencias de la Atmósfera, Oceanografía y Alimentos. Todas estas áreas fueron declaradas clave para el desarrollo del país. Hacia allí va el mundo, hacia allí va (debería ir) la Argentina.

Hace 50 años, en lo que se conoció con el nombre de la Edad de Oro de la universidad argentina –entre 1958 y 1966– en esta facultad, Exactas (mi facultad, su facultad, la facultad de todos) liderada por dos hombres memorables, Rolando García y Manuel Sadosky, se creó el Instituto de Cálculo. Allí se instaló Clementina, la primera computadora académica de Latinoamérica, destinada a resolver problemas numéricos que provenían del sector científico, pero también del sector productivo (como Ducilo y Fiplasto). Más aún: fue un proyecto que involucró a diversas universidades nacionales, el Servicio Meteorológico Nacional, la Comisión de Energía Atómica..., en fin, el país se unía para aprovechar del Instituto de Cálculo en general y de Clementina, en particular.

Todos los que pasamos por Exactas UBA, y en particular por el Departamento de Cálculo, nos sentimos orgullosos de haber sido testigos del funcionamiento de un “monstruo” que ocupaba dos habitaciones. Lo curioso es que lo que Clementina hacía hace cincuenta años, hoy se puede hacer a una velocidad que es prudente no comparar, con una calculadora científica cualquiera que cabe en la palma de una mano.

Pero hay un problema. No hay más lugar. Es tan sencillo como eso. Y todo empieza a estar desactualizado y camino a la obsolescencia.

Y ahí es donde aparece (y lea bien) “Cero más Infinito”, el proyecto del nuevo edificio que analizarán Cristina Kirchner y su gabinete de ministros especializados en el área. La propuesta involucra aportes privados (como el del Dr. Sebastián Ceria, líder de una de las empresas de software de nivel internacional) y del célebre arquitecto Rafael Viñoly, reconocido mundialmente por sus obras destinadas tanto a ámbitos culturales como científicos y educativos. “Cero más Infinito” será la nueva casa para el Departamento de Computación, el de Ciencias de la Atmósfera y del Instituto de Cálculo.

Pero más importante aún, “Cero Más Infinito” será el lugar de interdisciplina en donde el país apostará a desarrollar científicos en áreas críticas, como ingeniería de software, bioinformática, climatología y matemática aplicada. Este país, que en muchos sentidos está “reinventándose”, que apunta a las direcciones correctas, necesita hoy de la decisión política para concretar este proyecto: si la Argentina se prepara para competir en el mundo con el poder que otorga el conocimiento, necesitamos ampliar nuestras bases y fundamentos, y lograr que los científicos y técnicos que formamos acá en la universidad pública y gratuita, no se vayan. Mostrémosles a nuestros hijos (y a los futuros ciudadanitos que habiten nuestro suelo) que el país nos importa. Y que para concretar las políticas de Estado revolucionarias y progresistas, hace falta abonar, proteger y crear conocimiento. De eso se trata: de que después de 50 años Clementina tenga lugar para sus hijos.

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