SOCIEDAD › LA VIOLENCIA POLICIAL Y LA EXTREMA POBREZA DE LOS QUE “VIVEN” DEL CEAMSE

El supermercado del basural

Son 130 hectáreas junto al barrio De la Cárcova donde van a parar toneladas de alimentos, electrodomésticos, metales, cartón, plásticos y todo lo que sobra en una ciudad. La policía cobra peaje para la “carrera” de los chicos que viven de este recurso.

 Por Carlos Rodríguez

“En el basural encontrás de todo: carne picada en bolsas enormes que tira la empresa que hace las hamburguesas marca Paty, alfajores y galletitas de Arcor o Terrabusi, salchichas de Viena y hasta electrodomésticos. Hay de todo.” Los chicos, que tienen entre 12 y 20 años, juran que en el cinturón ecológico del Ceamse, en la zona de José León Suárez, se pueden encontrar mercaderías “en perfecto estado, como si fuera un supermercado para indigentes”, que sirven para mitigar el hambre de miles de familias de los barrios más pobres del partido de San Martín. Claro que, para encontrar el “tesoro”, hay que revolver basura maloliente que se apila desde hace décadas, a la vera de una autovía que irónicamente se llama Camino del Buen Ayre. “Te aseguro que la comida que se tira no está vencida. En algunos casos tiene fecha de vencimiento para dentro de tres o cuatro semanas o más”, le asegura a Página/12 un hombre que ahora forma parte de una cooperativa, pero que vivió muchos años “levantando comida de la basura”. El entrevistado sostiene con un toque de humor negro: “Hasta ahora nunca supimos de nadie que se haya muerto por comer estos desechos, pero sí hubo varios muertos o heridos por el accionar de la policía”.

Se refiere a los casos recientes de Franco Almirón, de 16 años, y Mauricio Arce Ramos, de 17, asesinados en un hecho por el que fue detenido el oficial subinspector Ezequiel Vega, que además hirió con su escopeta a Joaquín Romero, de 19. También a casos que ocurrieron en años anteriores, como el de Diego Duarte (ver aparte). Almirón, Ramos y Romero formaban parte de una legión de miles de personas de “4 a 80 años” que concurren todos los días al cinturón ecológico a revolver la basura.

“El horario de verano es de 18 a 19, de lunes a sábado, pero a veces la policía que custodia el predio nos echa quince minutos antes. Ellos deciden cuándo entramos y cuándo salimos. Muchas veces nos golpean al entrar y al salir, para que nos apuremos, y se ríen si se nos cae el carrito en el que llevamos lo que pudimos juntar”, afirma uno de los tantos chicos del barrio De la Cárcova, en José León Suárez, que antes de las cinco preparan su bicicleta, sus bolsas o su carrito, para entrar al Ceamse y treparse a las montañas de basura.

“Es un tema muy complejo, donde hay muchos intereses de por medio, y donde los pibes son las víctimas principales”, dice a este diario la socióloga María Magdalena Gagey, del Movimiento Evita, quien le planteó el problema al jefe de la Policía Bonaerense Juan Carlos Paggi, al subsecretario de Política Criminal e Investigaciones Judiciales César Albarracín, y al titular del Centro de Protección de los Derechos de las Víctimas, Alberto Palacio. “Les señalamos la necesidad de buscar formas de organización de los chicos de las villas que van al Ceamse de generar sistemas de reciclado, invirtiendo y organizando cooperativas de trabajo. El problema es preocupante porque hay algunos sectores que tienen un accionar violento, y la situación con la policía es muy tensa, sobre todo después de lo que ocurrió en Suárez”, con la muerte de los dos chicos y el ataque que sufrió un tercero que sigue hospitalizado.

Adán Guevara, vecino del barrio Independencia, organizó en 2004 la primera cooperativa de recuperadores urbanos en la zona de José León Suárez, donde ahora funcionan nueve plantas similares donde tienen su lugar cientos de vecinos. Para la primera se contó con el aporte del Ministerio de Desarrollo Humano bonaerense y del Ceamse. Con el dinero aportado entonces por el gobierno provincial se compraron máquinas que sirven para el reciclaje. Los que trabajan en esas plantas usan barbijos y guantes para separar el cartón y el plástico para luego venderlo. La experiencia, aunque positiva, no alcanza para todos los que revuelven la basura, la mayoría jóvenes remisos a nuclearse en cooperativas, porque “prefieren seguir como ahora, porque sacan una renta que no debe ser muy importante, pero que les permite conseguir algunas cosas, en medio de las enormes dificultades que atraviesan ellos y sus familias”, señala Gagey.

Los chicos del barrio De la Cárcova se quejan de la policía y de algunos personajes civiles. “Hay dos grupos, muy conocidos por todos, que están entongados con la policía y que son los primeros en ser autorizados a entrar al Ceamse. Cuando a nosotros nos dan la orden de largada, ellos ya están arriba de la montaña de basura y se llevan las mejores cosas.” Los líderes de esos dos grupos son conocidos por la policía y también por la Justicia, dado que se han presentado denuncias en las cuales se aportaron datos concretos, pero “hasta ahora parecen gozar de una impunidad que alguien les garantiza”, advierte el entrevistado, que siendo joven solía subirse a la montaña de de-sechos.

“La policía es la que fija los horarios, que se adelantan para el invierno, porque oscurece antes. A nosotros nos cobran 150 pesos por cabeza para poder ingresar por las dos puertas de acceso que tiene el predio, pero los acomodados entran gratis. Durante todo el día, no hay policía controlando el lugar, ellos llegan sólo a la hora señalada, para cobrar el ‘peaje’. A nosotros nos acusan de descarrilar los trenes y de robar la mercadería, pero la verdad es que cuando se produjeron dos hechos, el año pasado, los que más se llevaron cosas fueron los propios policías.” De acuerdo con varios testimonios coincidentes, en dos descarrilamientos hubo saqueo de azúcar y de aceite.

“Muchos de los pibes se llevaron cosas, pero lo hicieron, la mayoría, porque la policía los incitaba: ‘Dale, agarrá eso y llevátelo’.” Los chicos “les hicieron caso y se llevaron mercadería, pero en un momento dado, los mismos policías dijeron: ‘Basta, se acabó, váyanse’”. Luego de eso, de acuerdo con los testimonios recogidos por Página/12, “los que empezaron a cargar cosas, en un móvil que apareció en el lugar, fueron los propios policías, que se llevaron bolsas de azúcar y envases con aceite”. Los personajes policiales “fuertes” en la zona son tres: uno al que se lo conoce por su apelativo “Cadenita de Plata”, un ex jefe de calle de la comisaría cuarta y un tercero del que se tienen pocos datos.

El entrevistado, que hoy tiene una cooperativa, afirma que “es muy difícil agarrar a estos tipos, porque ya hubo varios intentos de la televisión por registrar escenas de la violencia policial, pero no lo lograron porque ellos se portan bien cuando llegan las cámaras y como tienen cómplices entre los que revuelven la basura, aportan testimonios falsos que hablan a favor de la policía”.

“Los policías nos desprecian y nos discriminan. Ellos siempre hacen ostentación de chapa, de uniforme y de pistola. Más de una vez, después que estuvimos juntando cosas arriba de la mierda, cuando bajamos nos sacan algunos metros de cobre o paquetes con salchichas. A mediados del año pasado, un policía grandote le pegó a una nena que estaba con un familiar. El hombre, que era corpulento, se peleó con el policía, pero aparecieron varios y lo golpearon. Estuvo internado y dicen que perdió un ojo”, cuentan varios chicos que se reúnen, en la “previa” al ingreso al Ceamse, en una esquina del De la Cárcova. La historia es conocida en todo el barrio.

El momento de ingreso al Ceamse, de lunes de sábados, es mencionado por todos los pibes como “la largada”. Lo hacen porque los que van a pie se sienten en un maratón y los que van en bicicleta actúan como si corrieran un “sprint”. Cada segundo vale oro. “La presencia policial es lo peor. En la puerta del Ceamse se comportan igual que cuando entran al barrio. ‘Tirate al piso’, ‘Parate contra la pared’ y si te negás, te ponen la pistola en la cabeza. La solución es que todos los chicos tengan un trabajo digno y que se acabe el cirujeo. Mientras tanto, que por lo menos pongan a los gendarmes, que tratan mucho mejor que los canas”, afirma el hombre de la cooperativa.

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Imagen: Bernardino Avila
 
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