CONTRATAPA

El lado invisible de la NBA

 Por Adrián Paenza

El avión del que quiero escribir es un Airbus 319. Es una variación del Airbus 320, pero con un fuselaje más chico. Se fabrica en Francia, en un suburbio de Toulouse. Hay un pequeño grupo de estos Airbus 319 que están acondicionados de manera distinta. No están reformados ni pensados para usted ni para mí ni para la mayoría de las personas que viven en este planeta. No. Están preparados especialmente para que pueda transportar equipos de básquetbol, pero no equipos de básquetbol cualesquiera, sino para que sean usados por equipos de la NBA (National Basketball Association). Algunos de estos equipos tienen aviones propios. Otros, los alquilan. Ahora, algunos datos.

En la competencia conocida como la NBA participan 30 equipos o franquicias. Cada uno de ellos puede tener a lo sumo 15 jugadores en el plantel (y curiosamente, el acuerdo entre los jugadores y los dueños de los equipos obliga a que cada equipo tenga por lo menos 12 jugadores con contrato). Esos contratos tienen un tope máximo, pero también un sueldo mínimo. De hecho, el sueldo depende también de sus años en la liga. Por ejemplo, un jugador que juega su primer año en la NBA tiene que cobrar por lo menos 490.180 dólares. Pero si un jugador participó en diez temporadas (o más) ese salario no puede ser inferior a 1.399.507 dólares.

La cantidad de dinero que cada equipo puede invertir en sus jugadores se modifica año por año. En esta temporada 2013-2014, ese número es de 58.679.000 dólares. Si bien hay excepciones, el club tiene que distribuir por lo menos 45 millones entre los jugadores que tiene contratados. En términos individuales, el contrato más alto este año es el de Kobe Bryant, el jugador de Los Angeles Lakers, quien percibirá un sueldo de 30.453.000 dólares. El segundo mejor pago es el alemán Dirk Nowitzki con 22.721.381. Para poner en perspectiva: Michael Jordan ganó en Chicago 30 millones por temporada desde 1992 hasta 1998.

Ahora bien, piense conmigo este dato interesante: como hay 30 equipos y 15 jugadores por equipo, el cálculo es sencillo: en total, hay 450 jugadores con “categoría NBA”. La aspiración de cualquier basquetbolista en el mundo es, justamente, poder “pertenecer”. Teniendo en cuenta los jugadores que se lesionan y necesitan ser reemplazados, incorporaciones tardías, deserciones temporarias y definitivas, decisiones técnicas, voy a ampliar el número de 450 a 500 y me quedo más tranquilo para poder hacer la siguiente, temeraria, aseveración: en la NBA juegan los 500 mejores jugadores de básquetbol del planeta.

Increíble, pero es así: son solamente 500 entre los más de siete mil millones de habitantes que tiene el mundo. Si usted prefiere, en promedio, hay uno cada 14 millones de habitantes. A la Argentina le corresponderían tres, pero en la última década, ese número fue sensiblemente mayor: Manu Ginóbili, Luis Scola, Andrés Nocioni, Carlos Delfino, Pablo Prigioni, Fabricio Oberto y Pepe Sánchez. Para ser más precisos, también jugaron en algún momento el Colorado Wolkowyski y Walter Hermann.

No es fácil pertenecer. No alcanza con saber jugar. Es necesario pertenecer a una élite muy singular. Son los Nadal, Federer, Djokovic, Murray o Del Potro del momento. O si usted prefiere, los Messi, Ronaldo, Ribery, Iniesta de la actualidad. Los ejemplos abundan, pero las características que distinguen a estos grupos, no. De hecho, en el mundo de la ciencia, quienes hacen análisis desprovistos de inclinaciones políticas o desvíos nacionalistas, sostienen que estos atletas son los mejores del mundo. Por supuesto, si uno piensa en Usain Bolt entonces toda afirmación de este tipo se vuelve opinable.

La temporada regular que va desde el 28 de octubre hasta el 14 de abril consiste en 82 partidos para todos los equipos: 41 de local y 41 de visitante. Sí, un promedio de un partido cada dos días. Y en el básquet, a diferencia del fútbol, cuando el juego se detiene, el reloj también. Se juegan exactamente 48 minutos por partido.

Estos atletas son más altos que el valor promedio de la población. Tomemos por ejemplo San Antonio, el equipo de Manu Ginóbili. De los 15 jugadores que integran el plantel, dos de ellos miden 2,11 descalzos. Sí, dos metros y 11 centímetros. Más aún: el más bajo mide 1,85m, pero los hay de 2,08m, 2,06m y así siguiendo. De hecho, el promedio de altura es de 2,01m. Y pesan bastante también: el promedio es de 118 kilos.

Este tipo de jugador reúne condiciones mensurables que los distinguen: son más altos, más rápidos para su altura promedio, saltan más alto, son más resistentes y toleran condiciones que para cualquiera de nosotros serían totalmente anormales. Y todo eso sin perder la sintonía fina. Por supuesto, es obvio que entre ellos hay diferencias: están los buenos, los muy buenos, los excelentes y los excepcionales, las superestrellas (como en el fútbol Messi y Cristiano Ronaldo) o en su momento lo fue Michael Jordan. Hoy, por ejemplo, el “rey” indiscutido es el jugador de Miami Lebron James.

Lo que es extraordinario, por lo inesperado, es que la Argentina tenga un representante en ese grupo que respira allá arriba un oxígeno al que pocos pudieron acceder: Emanuel Ginóbili.

Antes de volver al tema de los aviones necesito hacer una breve escala técnica, una digresión. Para poner en contexto el lugar en donde juega Ginóbili: San Antonio no es una de las ciudades más populares dentro de Estados Unidos. Está ubicada en Texas, y como la abrumadora mayoría de las ciudades y pueblos texanos, tiene un sesgo fuertemente republicano, religioso, conservador, “de derecha”. Sin embargo, un dato interesante: San Antonio está entre las diez ciudades más pobladas. Es la séptima, solamente detrás de Nueva York, Los Angeles, Chicago, Houston, Filadelfia y Phoenix, en ese orden, y claramente por encima de Miami, Boston, San Francisco, Washington, Denver, Seattle, Dallas, Detroit, que son ciudades mucho más conocidas para los latinoamericanos.

Pero, a pesar de ocupar el séptimo lugar en el país, San Antonio es considerado un mercado menor. Lo curioso es que el equipo de básquetbol de San Antonio se ha convertido en la última década en la franquicia más importante de todas las que compiten en los cuatro principales deportes profesionales: fútbol, básquetbol, baseball y hockey. Es el equipo a seguir, el ejemplo a emular. En los últimos 15 años salió campeón cuatro veces y perdió las finales del año pasado cuando estuvo a 30 segundos de ganar el título. Su conductor táctico, Greg Popovich, lleva acumuladas más de 900 victorias, todas con el mismo equipo. No hay ningún técnico que lleve más años conduciendo un plantel en Estados Unidos, pero no sólo en básquetbol, sino incluyendo al baseball, fútbol y hockey. Popovich lleva 17 años ininterrumpidos.

Otra particularidad de los Spurs (el equipo de San Antonio): de los 14 jugadores que componen el plantel actual, ¡nueve nacieron fuera de los Estados Unidos! En marzo de este año, le pregunté a Popovich por qué. Su respuesta fue la siguiente: “Los fundamentos que tiene el jugador extranjero promedio son mejores que el promedio del jugador nuestro (norteamericano). A igualdad de condiciones, el extranjero sobresale. Tiene más ‘hambre’ y no cree que ‘le corresponde nada’. Sabe que se lo tendrá que ganar. Me interesan esos jugadores”. Ginóbili es un ejemplo.

Hasta acá, ciertamente ha funcionado.

Ahora sí, los aviones. ¿Qué me motivó a hablar de los aviones que usan? Es que estos jugadores van trotando por Estados Unidos virtualmente sin parar. Lo que resulta fascinante es que para poder jugar de promedio un partido cada dos días los equipos tienen que desplazarse distancias grandes. Nunca juegan dos partidos seguidos en la misma ciudad (salvo que sea de local). Si uno suma los 62 vuelos que van a hacer los 169 días de los que hablaba al principio, el resultado es asombroso: 79.190 kilómetros. O sea, es como si dieran la vuelta al mundo alrededor del Ecuador casi dos veces (1,976 veces para ser más precisos). Si uno toma la distancia del centro de la Tierra al centro de la Luna, la distancia es de 384.400 kilómetros. Haga la cuenta conmigo: como Ginóbili lleva 12 temporadas en la NBA, al finalizar este año habrá recorrido en avión más kilómetros que los que hay para hacer un viaje de ida y vuelta a la Luna.

Estos aviones especiales tienen dos cabinas. Una especialmente preparada para que la usen hasta 16 jugadores y 10 del cuerpo técnico. La otra cabina puede alojar a 30 personas más. En total viajan siempre alrededor de 40 personas, pero el avión en sí mismo podría llevar a 56.

En la cabina principal, si bien los asientos no se pueden poner en posición totalmente horizontal (no se hacen cama), hay mucha distancia entre ellos, y además son mucho más espaciosos que los asientos convencionales, aun los de primera clase de los aviones comerciales. Estos Airbus 319 no son propiedad del club, sino que son alquilados y utilizados a la vez por distintos equipos profesionales norteamericanos.

Eso sí, “pertenecer” tiene sus privilegios también. Los jugadores no tienen que hacer ninguna fila, sino que llegan al aeropuerto de San Antonio entre 15 y 20 minutos antes de partir. Por supuesto que este “lujo” no se lo pueden dar cuando el vuelo se inicia en otra ciudad, pero igualmente los horarios de espera son reducidos. Los jugadores dejan su equipaje directamente al lado de sus autos en el estacionamiento y auxiliares del club se ocupan de todo el trámite necesario hasta depositar cada bolso en la habitación respectiva de cada jugador en el hotel que corresponda. No necesitan de boarding passes, pero igualmente hay lugares predeterminados por antigüedad.

El avión en sí mismo no tiene sala de video, pero cada jugador, más allá de su entretenimiento personal, usa su computadora personal (o equivalente) para observar los videos que el equipo les va proveyendo a medida que los integrantes del cuerpo técnico los va editando.

Como un circo cibernético que arma su tinglado virtual todas las noches, los jugadores y equipos de la NBA llevan una vida realmente increíble, pero ciertamente tampoco es sencilla, aunque lo parezca. No sé si son los mejores atletas del planeta, en todo caso resulta irrelevante dar un diagnóstico definitivo. Lo que a mí me interesa es mostrar un poco la parte de atrás, el costado invisible de la NBA, que aún tiene a varios integrantes de la Generación Dorada argentina exhibiendo sus destrezas y pases de magia en ese lugar privilegiado.

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