CONTRATAPA

El hijo

 Por Juan Forn

La escena no podría ser más british: un joven y atildadísimo inglés de clase alta sale a dar un paseo por los jardines de Kensington con su madre y, de repente, como si siguiera hablando del clima, le confiesa que en su infancia fue violado repetidas veces por el padre. Lo hace de la siguiente manera: le pregunta a su madre si recuerda cuando tuvo que ir a Nueva York, diez años antes, a traer las cenizas del padre muerto. Cuando ella asiente, le cuenta que, al salir de la funeraria con la urna bajo el brazo y hacer a pie el trayecto hasta su hotel, a pocas cuadras, descubrió de golpe que era la primera vez que estaba a solas con su padre más de cinco minutos sin que él lo sodomizara, lo golpeara o lo humillara. La cara de la madre se contrae en un rictus durante un segundo. Sin cambiar el paso, sin mirar a su hijo, dice: “A mí me hizo lo mismo”. Así descubrió Edward St Aubyn cómo había sido concebido, durante la luna de miel de sus padres. “Sólo permanecí a su lado porque descubrí que estaba embarazada. Y a cambio de su promesa de que nunca, jamás, podría volver a tocarme”, agrega la madre. Porque me usaría a mí en reemplazo, piensa heladamente St Aubyn, pero otro pensamiento mucho más urgente toma por asalto su persona: ir a inyectarse, encerrarse en el primer cubículo que le salga al paso, arremangarse y buscar febrilmente la vena y hundir la aguja y perderse en brazos de la heroína.

Sólo que, oh detalle, Edward St Aubyn ya no se inyecta heroína. Está limpio. O, para decirlo con sus palabras (en una fiesta en la que se aburre mortalmente): “Dejé todo, pero todavía no lo reemplacé por nada”. Esa tarde de 1989 en Kensington Gardens, St Aubyn tenía treinta y dos años y una novelita en el escritorio de una venerable editorial londinense que acababa de informarle que quería publicarla. El libro tenía cien páginas y relataba un día de verano de una familia rica inglesa (padre, madre, hijo) en su casa de campo en la Provenza: la madre va borracha en auto a buscar al aeropuerto a los invitados y luego se encierra en su dormitorio, el padre sodomiza al hijo y luego baja a recibir a los invitados, preguntándose a cuál de ellos podría contarle lo que acaba de hacer (“la experiencia en sí es un poco brutal, pero no del todo desagradable”) y si ese fugaz deseo de comentarlo no es llevar un poco lejos su desdén por “la moral de clase media”.

En algún momento de su prolongado idilio con la heroína (que fue tan prolongado porque, en el medio, recibió una herencia de su abuela materna que le permitió comprar sólo droga de altísima pureza), St Aubyn había hecho un pacto consigo mismo: “O escribo una novela que consiga terminar y publicar y que sea auténtica o me mato”. Su novelita pasó más bien inadvertida, pero St Aubyn ya estaba escribiendo otra para entonces, así que postergó la decisión hasta terminarla, y para cuando la terminó tenía ya en mente una tercera y luego una cuarta (siempre igual de breves, siempre autobiográficas, en cada una visitando una instancia distinta de su pasado y siempre limitando la acción del libro a un solo día) y así fue como se distrajo del suicidio a lo largo de la década siguiente: vía “fatiga narrativa”.

Mientras tanto se había ido poniendo de moda el confesionalismo terapéutico entre los vástagos de las clases altas inglesas, a tal punto de que algunas librerías inventaron un apartado en su sección autoayuda titulado “Niños Ricos con Tristeza”, pero St Aubyn se libró una vez más del suicidio porque la despiadada, glacialmente irónica versión de los hechos que ofrecía en sus libros fue de golpe descubierta y celebrada por los críticos ingleses como la bendita oveja negra de ese subgénero literario, la excepción que lo justificaba, por el retrato al vitriolo que hacía de su clase: esos ingleses que dicen “nosotros” como si cualquier cosa hecha por alguno de su familia o de su clase en los últimos quinientos años la hubieran hecho ellos (Henry James: “ese mundo inglés donde el presente se ve como si estuviera de perfil y el pasado de frente”), esos “happy few” que van por la vida con cara de “todo me parece aburrido, por lo tanto soy fascinante”, convencidos de que el esfuerzo, cualquier esfuerzo, es una vulgaridad, y que ante el aburrimiento sólo cabe, sólo queda, la arrogancia: el arte del desprecio.

St Aubyn es uno de ellos. St Aubyn dice que lo aprendió observando a su padre. Hay un episodio en su vida cuando tiene ocho años, lleva tres padeciendo el abuso, está con su progenitor en una habitación de hotel, él se lo ha llevado “de excursión”, y cuando se abalanza sobre él, St Aubyn recuerda haber pensado: Basta, aunque me mates, no quiero que me lo hagas más. Ni siquiera sabe qué palabras exactas salieron de su boca, pero su padre se frenó en seco, abandonó la habitación y nunca más lo tocó. Poco después sus padres se divorciaron y St Aubyn pasó a ver a su padre sólo en vacaciones, una semana al año. El padre se había ido a vivir a una casa que se hizo construir en Francia, en medio del campo, una mole de piedra con todas las ventanas apuntando al interior, a un patio oscuro lleno de yuyos donde se alzaba un único árbol, que se había secado. “La tragedia de la vejez: cuando un hombre es demasiado débil para pegarle a su hijo”, escribe St Aubyn, mientras su padre lo mira con infinito aburrimiento y desprecio, como diciéndole: “Mira lo que me has hecho, mira a qué me has reducido: de ser un maestro del sadismo a este tedio”.

St Aubyn aprendió en su infancia a leerle la mente a su padre como si fuera un libro leído a escondidas. Tan ávida era esa lectura, esa observación vigilante, que lo hizo mimetizarse con los parámetros estéticos de su padre. Cuando comenzó a inyectarse heroína, a los quince, descubrió que ese libro leído a escondidas continuaba en el que recitaban las voces en su cabeza. El padre de St Aubyn murió cuando él tenía veinte. A los treinta dejó la heroína (“Hay un punto en las drogas en que el placer y el dolor se hacen simultáneos y da lo mismo inyectarte un frasco de tus propias lágrimas”). Desde entonces lleva más de veinte años escribiendo (y publicando, cada tres años más o menos) libritos de cien páginas en los que revisita, en cada uno de ellos, un día de su vida (el primer abuso; el día que debe ir a buscar las cenizas de su padre; la primera fiesta a la que asiste limpio, luego de dejar la heroína; el funeral de su madre). El elenco de personajes es incesante e innumerable; hilarantes pavos reales de todo tipo desfilan por sus páginas, pero hay sólo dos que no son comparsa, hay sólo dos que no son gelatina en ese áspic tan negrísimamente inglés. A sólo dos personajes logra leerle la mente St Aubyn en sus libros, y a la luz de cómo se las lee, se entiende y se agradece que haya decidido proceder a ese ritmo en sus fatigas narrativas: revisitando un solo día en cada libro, en no más de cien páginas, publicadas cada tres años. “Ni consolado ni inconsolable”, dice él. Y agrega, con escalofriante flema británica: “Quizá sólo se tratara de conformarse con la idea de que ser su padre habría sido aun peor que ser alguien a quien su padre había intentado destruir”.

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