CONTRATAPA

Pushkin va solo al muere

 Por Juan Forn

Todavía hoy, cuando un ruso nombra al francés que mató a Pushkin en un duelo, dice: “D’Anthés, que su nombre sea maldecido tres veces”. Aunque en el fondo todos los rusos piensan lo que dijo Aleksandr Blok: “No fue la bala de D’Anthés lo que mató a Pushkin; fue la falta de aire”. Pushkin era un prisionero en jaula de oro (“El diablo me hizo nacer en Rusia con alma y talento”). El zar le prohibía salir de Rusia; el zar hacía personalmente de censor sobre cada página que Pushkin mandaba a imprenta; el zar seguía de cerca la suerte del poeta en cada uno de los veintiún duelos en que se batió; el zar lo obligaba a asistir a los bailes de la corte porque le gustaba posar sus ojos en Natalya Pushkina, la joven esposa del poeta, la mujer más hermosa de Rusia. Para garantizarse la presencia de Natalya en la corte, el zar nombró a Pushkin gentilhombre de cámara, un título de pacotilla que se daba a jovencitos lampiños de buena familia cuando estaban en edad de participar de los bailes imperiales. Pushkin mascó bilis, pero no tuvo más remedio que aceptarlo porque a su adorada esposa le gustaba bailar y él tenía deudas por ciento treinta y cinco mil rublos, cuando su sueldo era de cuatrocientos rublos al mes (el propio zar era su empleador: Pushkin debía escribir una biografía de Pedro el Grande, se le otorgó acceso irrestricto a los archivos imperiales, nadie contó mejor la historia de Rusia que él, en esos apuntes vibrantes y dispersos que quedaron truncos por la bala de D’Anthés).

Los gentilhombres de cámara tenían un uniforme verde y otro azul, según la velada que hubiera en la corte, pero Pushkin se presentaba con invariable levita negra. El zar le dijo una vez: “¡Existen reglas!”. Pushkin le contestó: “Creí que las reglas eran asunto de mujeres” (los rusos, igual que nosotros, llaman regla a la menstruación). Nadie sabía cómo tratar a Pushkin, salvo su joven esposa. Se ponía “negro como un africano” a la menor ofensa; sus carcajadas eran tan intensas que dejaban ver sus intestinos, llevaba siempre revuelto el pelo oscuro; su piel era olivácea, los dientes blancos como perlas, los ojos gris acero. No creía en Dios (“Cuanto más nos acercamos al cielo, más frío hace”); sólo creía en Rusia, en su pluma y su pistola. Pero cuando conoció a la joven Natalya perdió la cabeza (al pedir su mano, dijo a la madre de la joven: “Estoy dispuesto a morir por ella, aunque la idea de dejarla viuda, libre de escoger otro marido, es el infierno para mí”), aceptó por ella frecuentar la corte imperial y su atmósfera viciada e histérica, asistía a aquellos trances sólo de cuerpo presente, olímpicamente ajeno al murmullo que despertaban los giros de su esposa en la pista de baile, en brazos de diferentes galanes (“Tengo la desgracia de ser un hombre público, que es algo aun más arduo que ser una mujer pública”).

Por eso Petersburgo hirvió de rumores cuando se supo que Pushkin había desafiado a duelo a D’Anthés, el petimetre francés, oficial en los húsares del zar, que había tomado por asalto al sector femenino de la corte esa temporada (a una pregunta mordaz del conde Apraksin acerca de su éxito con las damas casadas, D’Anthés contestó famosamente: “Cásese, señor conde, y lo sabrá”). Es cierto que el francés cortejaba a Natalya con más intensidad que al resto de las damas de la corte, pero era bien sabido también que D’Anthés era protegido del embajador de Holanda ante el zar, el barón Heeckeren, que “no tenía esposa y no se le conocían relaciones con mujeres” y en cuya residencia confluían los jóvenes nobles adeptos al “vicio asiático”. D’Anthés, según las malas lenguas, sumaba conquistas sólo para el libidinoso regocijo del viejo Heeckeren. Sin embargo, cuando Pushkin recibió un anónimo (también enviado a todas sus amistades) donde se lo proclamaba Rey de la Orden de los Cornudos, envió sin pensarlo dos veces sus padrinos a D’Anthés, luego fue a una casa de empeños, obtuvo mil rublos por el juego de platería de su casa, con el dinero compró dos pistolas y se sentó a esperar.

Hasta el zar trató de intervenir para que Pushkin se serenara. El aterrado D’Anthés ofreció matrimonio a una de las hermanas de Natalya, para calmar al ofendido. El zar bendijo la unión, Natalya le juró y perjuró a su marido que nada había pasado entre ella y el francés, pero Pushkin quería un duelo, “lo más sangriento posible”, con el hombre que iba a vivir bajo su techo, casado con su cuñada. La corte imperial de Petersburgo estaba compuesta en partes iguales por nobles locales y por representantes de las distintas coronas de Europa. Cada noche, al volver de las veladas en palacio, cada uno de esos extranjeros enviaba a su rey un informe confidencial de lo oído en los corrillos de la corte. No por nada Pushkin dijo: “Los embajadores saben siempre más que el diablo. La diplomacia es el arte de saber qué sucede en casa de los demás y contárselo al patrón”. Una siciliana llamada Serena Vitale se tomó el trabajo de leer esa tonelada de papel disperso en archivos nacionales de toda Europa, se quemó las pestañas leyendo durante quince años y en su librazo El botón de Pushkin cuenta la historia como un apasionante folletín por entregas, seguido paso a paso por la corte de Petersburgo y todas las cortes de Europa, porque no se habló de otra cosa, aquel invierno ruso de 1837, que de Pushkin y su desesperante inmolación.

La primera vez que D’Anthés vio a la Pushkina entrar en un salón acompañada de sus hermanas, dijo: “Ella parece un poema y las hermanas, dos diccionarios”. Cuando la zarina intentó disuadir a Pushkin del duelo, él le contestó: “Las infidelidades son asunto de matronas rusas, los duelos son asunto de hombres”. Cuando los duelistas se dispararon uno al otro, Pushkin cayó primero y, al ver que D’Anthés caía, preguntó: “¿Está muerto?” y, cuando le contestaron que sólo estaba herido, maldijo y murmuró: “Habrá que recuperarse y volver a empezar”, mientras su pelliza de oso se teñía de rojo a causa de la sangre que perdía. Ya en el lecho de muerte, Natalya le preguntó: “¿Qué será de nuestros hijos ahora?”. Pushkin contestó que el zar velaría por ellos. Sus últimas palabras fueron: “Vete al campo, guarda luto dos años y cásate de nuevo, pero no con un bellaco”. El pope ruso enviado por el zar llegó cuando ya era tarde, pero nadie se animaba a corregir al monarca cuando decía: “Hemos logrado por suerte que muriera como un buen cristiano”. El zar había ordenado además que las arcas imperiales pagaran las deudas de Pushkin y que la viuda recibiera una pensión anual de quince mil rublos para criar a sus hijos (aunque sólo en los tres días posteriores a la muerte del poeta se vendieron casi cuarenta mil rublos de sus libros).

D’Anthés fue condenado sumariamente a la horca, pero el zar conmutó la pena por degradación a soldado raso y expulsión: despojado de su uniforme, fue trasladado hasta la frontera en camisa, en un trineo descubierto. Al otro lado de la frontera lo esperaba el barón Heeckeren (fueron felices, D’Anthés le dio nietos, nunca volvieron a Rusia). Dieciocho meses después de la muerte de Pushkin, el zar ordenó que Natalya volviera a la corte. Hay quienes dicen que “la honraba con sus atenciones” hasta que la casó con un general, unos años más tarde.

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