EL MUNDO › LARGAS COLAS EN LOS COLEGIOS ELECTORALES DE TODO EL PAIS

Apasionados a boca de urna

Rara vez la democracia en el Reino Unido fue adoptada tan convincentemente como durante las 15 horas de ayer, cuando cuatro millones de escoceses –con 59 millones de británicos conteniendo el aliento– decidieron el destino de esa unión.

 Por Cahal Milmo, Chris Green,
Jonathan Brown, James Cusick
y Nigel Morris *

Desde Inverness a las fronteras, se formaron colas antes de abrir los colegios electorales. En Paisley, las colegialas en blazers emitieron sus votos camino a clases. Y cerca de Gretna Green, una pareja esquivó las cámaras –la timidez causada por cambiarse al campo del “sí” cuando su familia pensaba que eran “no”–.

Rara vez la democracia en el Reino Unido fue adoptada tan convincentemente como durante las 15 horas de ayer, cuando cuatro millones de escoceses –con 59 millones de británicos y gran parte del mundo conteniendo el aliento– tuvieron que decidir el destino de esa unión. Los 307 años desde los Actos de la Unión –y los últimos 30 meses de exhaustivo y agotador debate sobre su valor actual– llegaron a esto: el paso de toda una nación a través de 5579 centros de votación, donde se les presentaban seis palabras sobre las que colgaba la existencia del Reino Unido: “¿Debería ser Escocia un país independiente?”

Afuera de la Escuela Primaria de Nôtre-Dame en West End de Glasgow, donde el flujo de votantes fue incesante desde el amanecer, una activista que sostenía un cartel del “no” dijo: “Esto no se parece a nada que hayamos visto antes. Asombroso”. Incluso antes de la esperada corrida de la noche, aquí había un pueblo galvanizado por una votación mucho más allá de la política normal. En Kinghorn, Fife, más votantes pasaron por uno de sus centros de votación en los primeros 30 minutos que en la totalidad de las elecciones europeas de mayo. En West Lothian, algunos centros de votación habían registrado un ciento por ciento de participación ya temprano a la tarde. Así, entre los muchos cambios en el panorama geopolítico entre los que el Reino Unido se puede despertar esta mañana, está la ironía de que el voto más popular de su historia podría ser el que le puso fin.

Para el cierre de la votación a las 10 de anoche, se prevé que hasta el 90 por ciento de las 4.285.323 personas registradas para votar habría emitido su voto. Hasta ahora, la mayor participación en Gran Bretaña había sido la elección general de 1950, con 83,9 por ciento. Dependiendo del resultado que se anunciará hoy al desayuno, en el cavernoso Royal Highland Centre de Edimburgo, lleno de cámaras de 200 organizaciones de medios de comunicación de todo el mundo, Alex Salmond se encontrará en la inmortalidad o la ignominia. Pero, al igual que su opuesto de la campaña del Sí, Alistair Darling, el líder del Partido Nacional Escocés (SNP) emitió su voto junto con la declaración de que había tenido una noche de sueño tranquilo.

Una encuesta de opinión final, de Ipsos Mori para London Evening Standard, sugería menos consuelo prediciendo una victoria del “no” en un 53 por ciento al 47 por ciento. Pero la realidad era que este último, de tomar el pulso político oscilante de Escocia, era irrelevante de cara a la marcha de sus ciudadanos a las urnas. Como Salmond dijo: “Estamos en las manos de la gente de Escocia y no hay lugar más seguro donde estar que en manos del pueblo escocés”.

De hecho, fue en las calles –más que en los cálculos de los estadistas- que la energía, mayormente pacífica, aunque en lugares teñida de rencor y oscuridad, generada por la decisión de la independencia de Escocia, donde se medía realmente. Si las elecciones se ganan por la gran cantidad de posters y la efervescencia de los activistas, entonces una mayoría considerable del Sí podría haber sido durante mucho tiempo un hecho consumado.

Entre las primeras en atravesar la puerta en un colegio electoral de Edimburgo estuvo Lisa Clark, una trabajadora de la Iglesia, que votó por el Sí. Dijo: “Quiero un tipo diferente de Escocia, una Escocia socialmente justa”. En este carnaval de plebiscito, se encontraban a cada paso caras pintadas con la bandera escocesa. En otros lugares, un alma resistente entró al Royal Mile de Edimburgo llevando una tabla de emparedados con la bandera de Unión.

En el distrito de Portobello de la capital, una pareja se abrazó apasionadamente mientras esperaba. A pocos kilómetros de distancia el flautista de Craigmillar, uno de las decenas de gaiteros preparados para marchar con los votantes del Sí a los colegios electorales, aportó el atractivo de su instrumento.

Pero en la política Escocia es también, como dijo uno de los primeros votantes, “un asunto privado” y es esta reticencia la que durante largo tiempo la campaña del No consideras el as en la manga. En todo el país, sus activistas insistieron en que su mayoría silenciosa, reacia a mostrar sus colores, estaba en el trabajo. Como un empleado de la estación de votación Mejor Juntos dijo: “Hemos tenido un montón de pulgares arriba cuando la gente se iba”.

Por momentos, la pasión se convirtió en cruda y desagradable. La policía dijo que había arrestado a un hombre de 44 años, que se pensaba que era un partidario del “sí”, por un presunto asalto a votantes del “no” fuera de un centro de votación en Clydebank. Los votantes que llegaron a un centro de votación en Dunbarton encontraron que había sido pintado con spray con el mensaje “Vote sí, o bien...”. La motivación detrás del graffiti sigue siendo poco clara, aunque los líderes del No, incluyendo a Gordon Brown, condenaron el “abuso inaceptable” dirigido a los votantes del “no”.

También funciona en ambos sentidos. Después de que el tenista Andy Murray pusiera fin a su silencio sobre el asunto ayer tuiteando su apoyo al Sí, fue objeto de abuso citando su presencia en la masacre de Dunblane (un asesinato múltiple en 1996 en una escuela escocesa donde Murray era alumno).

* De The Independent, de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Traducción: Celita Doyhambéhère.

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El líder de la campaña por el “no” posa con su esposa antes de votar en Edimburgo.
 
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