DEPORTES › OPINIóN

Contrabando ideológico

 Por Diego Bonadeo

Resulta proverbial que, en muchos casos, la “criptoprogresía” vernácula que no ha sabido resolver siquiera sus propios entredichos huya hacia adelante, atribuyéndole todos los padecimientos a una supuesta “derecha”, cuando muchas veces a la derecha de esa huida hacia delante de ellos mismos solamente haya “nada”, una pared a lo sumo. Lo que parecen no entender ni los unos ni los otros es que, para derechas, mucho mejor es la pierna derecha de Batistuta o el brazo derecho de Del Potro que la cara pintada de Aldo Rico o el diario Convicción de Massera y compañía en el que parecen haber escrito algunos de los “criptos” de marras. Y para izquierdas, las zurdas del Diego y de Nicolino Locche gratifican más que las purgas siberianas de José Stalin o las corbatas de seda de Patricio Echegaray.

Sin embargo, las contradicciones no resueltas aparecen a cada rato y en todos los órdenes. Apenas estallado el conflicto de la televisación del fútbol, en el primer corte comercial del entretiempo del primer partido televisado con el nuevo régimen (Gimnasia-Godoy Cruz), el aviso de “El Gran DT”, concurso organizado por el diario Clarín, no pudo provocar más que confusión entre los consumidores de fútbol, dado que el problema surgió justamente a raíz de la ruptura del convenio entre la AFA y la empresa TSC de la que forma parte el holding de los Noble.

Pero la “criptoprogresía” agregó más al dislate, esta vez de la mano de Juan Pablo Varsky, que ya en su blog de La Nación pareció intentar cuestionar veladamente al monopolio en el que trabaja y, para completar la desnaturalización de lo que no debe ser, aparecía en un aviso de la televisión pública cuestionando justamente a los monopolios, en sintonía con la batería de avisos de la TV pública en ese sentido, horas antes de sentarse junto a otros panelistas y a Macaya Márquez para participar de Fútbol de Primera, paradigma de los monopolios si los hay.

Allí, como en su blog del diario de los Mitre, pudo bilardear su equivocidad, incluso con chascarrillos ajenos, tales como “hizo lo que la jugada le pidió...”. Las jugadas no hablan y por lo tanto no pueden pedir, como sabe cualquier gil de cuarta. ¿O alguien cree que el contrabando ideológico no existe?

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