DEPORTES › UN SUEÑO REALIZADO CON ESFUERZO Y POLVO DE LADRILLO

La cancha que es una proeza

Un humilde trabajador llamado Rubén Garnica la construyó de la nada en el monte santiagueño para sus dos hijos varones. La historia se refleja en un documental y cuenta cómo Guillermo Vilas y la radio influyeron en ese sueño increíble.

 Por Gustavo Veiga

Entre tanta hojarasca deportiva, la historia que relata La Cancha es la historia de un sueño concretado en una tierra de desesperanza. En los confines de la capital de Santiago del Estero, un humilde trabajador se propone construir solo, con sus propias manos, una cancha de tenis. Como cuenta la voz en off del documental escrito y dirigido por el periodista Mariano Melamed, Rubén Garnica “no tiene ni posición social, ni vínculos, ni dinero”. Su sueño, a priori, estaría destinado al fracaso.

Pero no, el hachero o peón golondrina quiere construir aquel espacio de esparcimiento para sus dos hijos varones. De la nada y en la nada. En un terreno fiscal flojo de papeles, donde de a poco se fue levantando un barrio (La Libertad), sin cloacas, gas natural ni tendido de luz. La mayoría de sus habitantes están colgados de algún vecino.

Garnica cuenta en la película que la radio era “su único medio de comunicación” cuando soñó lo que soñaba. Por ella se enteró que había un tenista llamado Guillermo Vilas. Comenzó a seguir su trayectoria en el monte santiagueño, allá por los años ’70. Igual que otros, antes que él, supieron de las campañas deportivas de Juan Manuel Fangio en los ’50 o de Nicolino Locche en los ’60. A medida que el gran deportista construía una interminable racha de victorias, Garnica se obsesionó con la cancha de tenis: un deporte para pocas billeteras y todavía más en la época en que brillaba el zurdo marplatense.

“Ser pobre y querer jugar al tenis no parece una buena idea”, dice el guión de la película. A Garnica poco le importa. Primero comienza a cavar un pozo en la tierra arcillosa, donde necesita procurarse el material necesario para hacer el contrapiso de la cancha. Pero le faltan los ladrillos suficientes para convertirlos en polvo. Se requieren unos 70 mil –cuenta un ingeniero que dice construir superficies en dos semanas–, aunque al santiagueño no lo desalienta semejante cantidad. Muchos se los proporciona su amigo Hilario en un carrito. Y él comienza a molerlos con un mortero.

La cancha va tomando forma en un paisaje rodeado de arbustos, cactus y una tierra que requiere de agua, ese bien que escasea en la provincia con el PBI más bajo del país, nos recuerda Melamed en su documental. Garnica insiste en el camino emprendido. Quiere dejarles a sus hijos esa superficie de polvo de ladrillo que riega a baldazos, porque en su hábitat no hay suficiente presión de agua.

En una considerable parte de su trabajo (dura poco más de una hora), el director muestra cómo Maxi, el menor de los Garnica, avanza en un torneo provincial disputado en Jujuy, al que viaja solo y con lo puesto. Su padre está ilusionado con que puede llegar a ser alguien importante en el mundo del tenis aunque las estadísticas que brinda el documental son capaces de frustrar al más empeñoso. Sin dudas, Maxi lo es.

Hay 6500 jugadores federados en el país y él intenta hacerse paso entre los jóvenes de su categoría. No las tiene todas consigo. Su alimentación no es la de una futura promesa. Su hermano mayor, con quien se entrena, no puede acompañarlo cuando abandona Santiago. Igual llega a la final y recibe una copa por su segundo puesto.

En la película se reflejan dos mundos opuestos. El de un deporte para pocos que va describiendo la voz en off y el que transcurre en La Libertad donde, pese a todo, puede jugarse en un ambiente desfavorable. Esos mundos sólo están unidos por un hilo muy delgado: la tenacidad de Rubén Garnica, cuya historia Melamed descubrió en 2009, cuando viajaba por la provincia. Vio un aviso pequeñito en el rincón de una página del diario El Liberal y le llamó la atención. Decía: “Se inaugura exposición de fotos sobre curiosa cancha de tenis”. Entonces se propuso conocerla, buscar a su hacedor y saber de su curioso y unipersonal proyecto.

Lo que siguió fue su película sobre este sueño concretado en el monte santiagueño y que, sobre el final, lo muestra a Garnica confesando: “Fue una locura, una esperanza, un sueño”.

En ese final sobrevuela la idea de dos futuros probables para esa obra ciclópea. Un lugar de pastoreo para cabras o la cesión de la cancha para los chicos del barrio. Garnica piensa –y lo cuenta– que no podrá sostener su creación demasiado tiempo. Vilas lo marcó, pero más lo marcó su destino humilde. Una voluntad inquebrantable lo hizo convencerse de que el tenis podría ser, si no su medio de vida, al menos el de sus hijos.

El sueño de Garnica reafirma la idea de que el tenis le debe en la Argentina una considerable porción de su popularidad a Vilas. Lo recuerda el guión de La Cancha –y es un acierto– cuando aporta el testimonio de Eduardo Puppo, un periodista especializado. Cuenta cómo el mejor jugador argentino de la historia exigió que se vendieran entradas al público en general, cuando en su época sólo estaban destinadas a los socios de los exclusivos clubes de tenis. Lo suyo no fue únicamente jugar y triunfar.

La historia de La Cancha refleja una idea que parece absurda –como en la película Fitzcarraldo, de Werner Herzog, donde un amante de la ópera la lleva a la selva amazónica– pero además una obsesión: la del humilde Garnica empujado por los éxitos deportivos de un tal Vilas que la radio llevó hasta sus tierras. Cuando entre tanta maleza discursiva la prensa deportiva habla de hazañas, cabe decir que hazaña es la que emprendió de la nada y terminó con sus propias manos este santiagueño corajudo.

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Rubén Garnica, el creador del sueño de la cancha de tenis en el bosque santiagueño.
 
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