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Inflación y suba del salario

 Por Alfredo Zaiat

Los errores de diagnóstico y de pronósticos posteriores de economistas enrolados en la corriente ortodoxa se han reiterado en los últimos años. Existen motivaciones políticas y razones monetarias para ese comportamiento que afectaría la autoestima de cualquier otro profesional. Algunos expresan también el convencimiento ideológico liberal sobre la capacidad del mercado de autorregularse para alcanzar el equilibrio, aunque la evolución de la economía mundial en estos tiempos los está poniendo en aprietos. Pero los militantes del pensamiento conservador no están solos en esa incansable batalla de acomodar deseos a la realidad, sino que han conseguido compañía de representantes de vertientes de la izquierda y del centroizquierda. Para unos y otros, un análisis ajustado de la situación debería ser relevante porque de esa forma podrían explicitar una posición contundente para una acumulación política que les brindaría mayor legitimidad social. Caso contrario, ésta queda dañada. Si no hay día en que los economistas del establishment no expresen la presencia de una economía del ajuste, cuando se está desarrollando la temporada de turismo y consumo record, su credibilidad, no su influencia, queda afectada. Lo mismo pasa con economistas y políticos del denominado progresismo cuando abordan la cuestión social, no así cuando cuestionan el manejo de los recursos naturales, como los hidrocarburos o los minerales. No se cansan de repetir que “la inflación es una fábrica de pobres”, que “aumentó la pobreza” y que “empeoró la distribución del ingreso”. Los fríos datos contrarían esa alarma.

La idea de que el alza de precios deteriora el poder adquisitivo de la población es cierta mientras no haya una recomposición de ingresos igual o mayor que ese aumento. Esto es lo que ha habido en los últimos años. La mejora en términos reales del salario en 2011 ha sido muy importante. En promedio, el alza nominal fue de 29,4 por ciento, mientras que las jubilaciones mejoraron 34,15 por ciento, y comienzan con un piso del 17,62 para este año. Considerando cualquier indicador de inflación, el aumento real de los ingresos ha sido sustancial. ¿Cómo se explica que con inflación no haya retrocedido el ingreso de los sectores más vulnerables, como postula el pensamiento convencional? Porque la actual inflación no es por factores monetarios o fiscales, sino que, fundamentalmente, es por la intensa puja distributiva en un contexto de fuerte crecimiento, con precios elevados de los commodities. Entonces, la fortaleza recuperada de los sindicatos y la caída del desempleo por el dinamismo del mercado interno generaron las condiciones para una suba del salario real. Esto es que la suba nominal del salario fue mayor que el alza de los precios. A la vez, la política oficial en materia previsional, con el fin de las AFJP y la movilidad semestral de los haberes junto a la Asignación Universal por Hijo, lograron una recuperación de los ingresos de jubilados y de grupos sociales marginados del circuito productivo y de consumo.

La otra sentencia se refiere a que ha habido un aumento de la pobreza aunque no se armoniza con la evolución de los datos, el comportamiento de las principales variables del consumo popular y con el resultado político-electoral. La crisis del Indec por el Indice de Precios al Consumidor genera perturbaciones en ese análisis. En un reciente estudio sobre evolución de la pobreza e indigencia de la Consultora Equis, liderado por el sociólogo Artemio López, se indica que la pobreza bajó de 21,9 a 17,6 por ciento, a junio del año pasado en relación con el mismo mes de 2010. La indigencia retrocedió de 5,4 a 4,3 por ciento en el mismo período (ver gráfico). Artemio López no oculta su identificación con el kirchnerismo y, por ese motivo, el progresismo opositor rescataba sus análisis cuando en 2007-2009 advertía sobre un alza de la pobreza o cuando difundía sus estimaciones de la evolución de los precios de una canasta de bienes y servicios, por encima de la relevada por el instituto estadístico oficial. El mismo Artemio López, en un informe preparado junto a Martín Romeo, ahora señala, en base a estimaciones propias y a datos de la Encuesta Permanente de Hogares del segundo trimestre de 2011, que la indigencia y la pobreza han descendido en el último año. Sus datos son bastante más altos que los que presenta el Indec, pero igual marca una tendencia a la baja.

López y Romeo afirman que el descenso de la pobreza por ingresos es tan significativo que constituye el registro más bajo alcanzado por un gobierno desde la recuperación de la democracia. Para evaluar la magnitud de dicha caída, compararon la estratificación actual de la zona metropolitana (Ciudad de Buenos Aires y partidos del conurbano de la provincia de Buenos Aires) con la registrada en 1985, definiendo categorías de medio y medio alto, medio pleno, medio en riesgo, pobre no indigente, indigente. Esa comparación se justifica por tres razones:

1) Es el aglomerado urbano más importante donde reside el 31,9 por ciento de la población total.

2) En donde se materializa aproximadamente el 57,5 por ciento del ingreso total del país.

3) Y es el de mayor memoria estadística oficial por cuanto se disponen datos desde 1974.

Después de 26 años, la región metropolitana ha reducido seis puntos sus niveles de pobreza no indigente pasando de 18 por ciento en 1985 a 12 por ciento en 2011. La indigencia, no obstante, ha aumentado comparativamente dos puntos (2 por ciento de 1985 vs. 4 por ciento de 2011). “Los registros de indigencia muestran en la actualidad descensos leves en un claro síntoma de inelasticidad y estableciendo los límites concretos de las políticas de asistencia social”, advierten López y Romeo. En tanto, los sectores medios en riesgo, aquellos que no logran duplicar con ingresos los valores de referencia de su línea de pobreza, han disminuido su participación ocho puntos pasando de 35 por ciento en 1985 a 27 por ciento en 2011. En síntesis, los sectores más vulnerables (indigentes, pobres y medios en riesgo) han descendido 12 puntos pasando de 55 por ciento en 1985 a 43 por ciento en 2011. Para concluir, López y Romeo afirman que “por primera vez desde la recuperación democrática, la participación de los sectores no vulnerables supera el 50 por ciento de la pirámide socioeconómica”.

El otro dictamen es que “empeoró la distribución del ingreso”. Otra vez, los datos son un colaborador oportuno. El 10 por ciento de los hogares más ricos concentra el 22,9 por ciento de los recursos, mientras que el 10 por ciento más pobre suma el 2,9 por ciento de los ingresos totales, según el último informe del Indec correspondiente al tercer trimestre de 2011. La brecha del ingreso medio per cápita familiar entre los hogares más vulnerables (353 pesos) y los más acaudalados (7310 pesos) llegó en ese trimestre a 20 veces. En el mismo período, el año pasado esa distancia era mayor, 21,4 veces, y un lustro atrás la diferencia trepaba hasta 28 veces. Estos datos del Indec evidencian la continuidad de la reducción en la desigualdad. Esto se confirma con el índice de Gini, un indicador de desigualdad de ingresos donde cero es el nivel de igualdad absoluta, mientras que uno es la expresión de mayor desigualdad. Descendió en el tercer trimestre de 2011 de 0,414 a 0,406 en relación con igual período del año anterior, cuando en el lapso julio-septiembre de 2003 se ubicaba en 0,484, para los ingresos total familiar de los hogares.

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