ECONOMIA › LAS RAZONES DE LA EXTRANJERIZACION

¿Por qué compran, por qué venden?

Cada semana se anuncia la transferencia de alguna compañía insignia de capital nacional a otra extranjera. El proceso toma más velocidad justo en un período de fuerte crecimiento de la economía local. El 72 por ciento de las 500 empresas más grandes es extranjero. Cuáles son las razones y cuáles las consecuencias.

 Por David Cufré

Esta semana fue Alpargatas, la anterior Acindar, Blaisten y las cervezas Bieckert y Palermo. Más atrás les tocó a los frigoríficos Quickfood, Swift, Cepa, ColCar, Consignaciones Rurales, Argentine Breeders & Packers, Exportaciones Agroindustriales Argentinas y Finexcor, mientras otra media docena está en proceso de negociación para pasar a manos extranjeras. También fueron transferidas la autopartista Edival, la textil Grafa, las fábricas de calzados Gatic y Unisol, la panificadora Fargo, las lácteas Milkaut y Molfino, la cervecera Quilmes, la cementera Loma Negra y el holding petrolero Pérez Companc. La lista no es definitiva. Es una muestra de un proceso en plena evolución, que se desató con fuerza en los mejores años del modelo post convertibilidad. ¿Cómo se explica que compañías líderes en sus respectivos mercados cedan el control a grupos transnacionales en el momento de mayor expansión? En lugar de aprovechar las circunstancias para crecer, para dar el salto, esas y otras firmas eligieron vender. ¿Por qué se van y por qué hay otras que llegan?

La nueva ola extranjerizadora se refleja en la encuesta nacional de grandes empresas del Indec. De las 500 compañías líderes en el país, 360, el 72 por ciento, es de capital extranjero. En 1993 eran 219 (44 por ciento), en 2000, 318 (64 por ciento) y en 2004, 335 (67 por ciento). De las diez firmas industriales con mayor facturación, apenas dos pertenecen a un grupo local, Techint. Las empresas transnacionales dominan cerca del 90 por ciento de las operaciones de comercio exterior, contra una participación de 60 por ciento en 1993.

Los datos ponen en evidencia que algo falla en el funcionamiento de la economía local, que no permite consolidar un modelo de desarrollo liderado por actores locales ni siquiera en pocas de bonanza. También denuncian la marcada debilidad de la burguesía nacional para enfrentar la competencia en un mundo globalizado, con reglas de juego adversas de liberalización comercial y financiera. Y describen el carácter rentista y de poco vuelo de esa burguesía, que prefiere vender sus empresas y refugiarse en la producción agropecuaria antes que arriesgar y hacer frente a los competidores. En su defensa, esos empresarios argumentan que en un contexto de permanente inestabilidad económica, donde hoy la compañía vale mucho y mañana muy poco, que se forje esa cultura de aprovechar el momento para hacer una diferencia es inevitable.

La extranjerización o, mejor dicho, la forma de evitarla, lo que va atado a una mirada de largo plazo sobre el perfil productivo que se quiere para el país, no forma parte de la agenda del Gobierno, ni mucho menos de los anteriores. Esa es una primera explicación de por qué se produce. No existe un sendero a recorrer. La comparación con Brasil es inevitable. La aplicación consecuente de una política de desarrollo de su aparato productivo, en beneficio de una clase industrial que utiliza la ayuda para expandirse y no para fugar dinero al exterior, como reiteradamente ocurrió aquí con los regímenes promocionales, dio forma a un abanico de grupos económicos que ahora se reproducen por la región.

Algunos de ellos, protagonistas de compras de empresas en Argentina, son Vale do Rio Doce (minería), Gerdau (siderurgia), Embrear (aeronáutica), Petrobras (hidrocarburos), Sadia (alimentos), Camargo Correa (cemento, textil), Friboi (frigoríficos) y Grendene (textil). Es cierto que el país vecino no escapa a un proceso global de adquisiciones y fusiones, como ocurrió con la siderúrgica Belgo Mineira, comprada por la india ArcelorMittal, o la cervecera AmBev, absorbida por la belga Interbrew, pero el objetivo de insertarse en el mundo con compañías que tengan el control de sus decisiones estratégicas y de desarrollo tecnológico está presente.

Además de múltiples instrumentos de promoción sectorial, Brasil cuenta con el Banco Nacional de Desarrollo (BNDS), que provee financiamiento a la inversión de largo plazo en condiciones flexibles. El frigorífico Friboi, por caso, logró comprar Swift Argentina en septiembre de 2006 con un crédito de ese banco. La puesta en marcha de un plan consistente de crecimiento en ese sector le permitió a Brasil manejar actualmente el 40 por ciento del mercado mundial de la carne. “En 1960 Argentina tenía una participación del 24 por ciento, hoy del 0,4”, apuntó en diálogo con Página/12 el economista Dante Sica, ex secretario de Industria y director de la consultora Abeceb.com. El ejemplo ilustra sobre las consecuencias de contar –en el caso brasileño– o no contar –en el argentino– con un plan de expansión de largo plazo.

La cuestión financiera es central. Después de la crisis de 2001, las empresas que quedaron en pie lograron un fuerte crecimiento por la recomposición de la demanda interna y la protección que ofrece un tipo de cambio alto. Se expandieron utilizando capital propio y la capacidad instalada existente. En esta etapa, sin embargo, para seguir creciendo necesitan hacer fuertes inversiones que aumenten su capacidad de producción. “Para muchos, las dificultades para acceder a financiamiento se convierten en una restricción importante y, ante la presencia de un comprador, terminan vendiendo”, apuntó Sica. El especialista también marcó que en este momento las empresas brasileñas tienen acceso a financiamiento internacional, en un contexto de enorme liquidez.

La decisión de vender las compañías en la mayoría de los casos se explica por la imposibilidad de las empresas locales de consolidarse como actores de peso a nivel internacional. Ante competidores regionales o mundiales más grandes, que en algún momento les acercan una oferta, terminan entregándoles la compañía por temor a ser desplazados del mercado. “Las compañías no se están regalando. Se están vendiendo a buenos precios. Tanto Loma Negra como Pérez Companc o Alpargatas se pagaron muy bien”, describió Sica.

Lo que adquieren los extranjeros son cuotas de mercado. Salvo contadas excepciones, no llegan con plantas nuevas para multiplicar la producción, sino que absorben instalaciones ya existentes que pasan a explotar en función de una estrategia global. Acindar, por ejemplo, ya no es una compañía controlada por capitales locales que busque expandirse tomando a la Argentina como plataforma, sino una pieza más de un conglomerado de compañías siderúrgicas a nivel mundial que controla la india ArcelorMittal.

“Las empresas extranjeras localizan las actividades de innovación, de desarrollo científico y tecnológico, en su casa matriz. El corazón de la compañía, los puestos de alto valor agregado y las decisiones estratégicas se concentran en su país de origen”, explicó Andrés López. director del Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA y director del Cenit. Esas son algunas de las consecuencias de la extranjerización. “No conozco países que se hayan desarrollado con empresas extranjeras”, alertó. Una excepción es Singapur, cuya experiencia enseña otro costado de la postura que debería asumir el Estado frente a la llegada masiva de empresas de otros países. En Singapur se generó un programa de desarrollo de proveedores locales y un marco regulatorio que pone las reglas a la operación de las transnacionales.

Argentina no impone ninguna regulación, ni la aprobación de las adquisiciones a condición del cumplimiento de metas, ya sea de inversión, de creación de puestos de trabajo o de compra a proveedores locales. “Si se deja que las empresas extranjeras decidan su estrategia libremente se corre el riesgo de desarticulación de redes de proveedores”, advirtió López. A mediano plazo, otro efecto no deseado es el drenaje de divisas por las remesas de utilidades y las importaciones a proveedores de otros países. Del lado de las ventajas, Sica apuntó que la llegada de empresas más desarrolladas suele aportar avances tecnológicos y de gestión para las compañías nacionales, que pueden aprender de modo más directo de su experiencia.

Un problema estructural de la extranjerización es que se consolida un perfil productivo centrado en actividades primarias, tanto por el rol que cumplen los que llegan como el que desempeña mayoritariamente el capital nacional. Una salida posible sería apostar al crecimiento de nuevos actores, centrados en sectores dinámicos y de alto desarrollo, en actividades que demandan conocimiento científico y tecnológico. En este momento, cuando la Argentina no puede ni retener la fábrica de zapatillas Alpargatas, esa opción parece ciencia ficción.

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