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Riesgo país: USA y Argentina

 Por Ricardo Aronskind *

El índice de riesgo país no es un instrumento de precisión. Técnicamente mide la diferencia entre la tasa de interés implícita en un título de deuda argentino y uno similar norteamericano. Pero se convirtió en un instrumento de control político y de manipulación de la opinión pública. Buena parte de la sociedad, dada su sujeción ideológica al neoliberalismo, cree que “los mercados” saben algo de economía y, por lo tanto –y para el bien de todos–, recomiendan medidas para “resolver los problemas”. Veamos un ejemplo actual: la catástrofe de los bancos de inversión norteamericanos ha llevado a compras masivas de títulos públicos estadounidenses. Al subir el valor de estos títulos, baja su tasa de interés implícita. Por lo tanto se agranda la brecha con los títulos argentinos... ¡y sube el riesgo país de la Argentina! Recordemos: lo importante no es el índice, sino la interpretación. Los sectores financieros locales ya reclamaron achicamiento del gasto público, políticas monetarias contractivas y rápido pago a los bonistas que rechazaron el canje de deuda ya efectuado. Nuevamente, lo propuesto no guarda relación alguna con solucionar eventuales problemas externos, pero sí con aprovechar para generar nuevos negocios privados.

Por eso lo más relevante del riesgo país es entender que es un instrumento de influencia política de los intereses financieros locales y externos sobre la opinión pública, los políticos y el resto de los empresarios. Lo lamentable es que industriales a los que les ha ido muy bien en estos años –sin ayuda del capital especulativo– se “desalientan” por el efecto “riesgo país” y el parloteo mediático de los voceros del capital financiero. Ya en 1972, uno de los más agudos empresarios con que ha contado el país, Marcelo Diamand, decía en relación con las limitaciones conceptuales de muchos colegas suyos: “Como resultado de la desorientación resultante, la mayor parte de los sectores de actividad económica no tiene ni idea de cómo defender sus intereses e incluso algunos de ellos ejercen sistemáticamente una presión política suicida, totalmente contraria a ellos”.

En esta histórica coyuntura internacional una sociedad no alienada debería ser capaz de reconocer sus propios intereses. Está claro en estas horas que la decisión política en EE.UU. es que el Estado absorba todos los destrozos provocados por “los mercados” para evitar un impacto directo en la economía real y una recesión severa. Sin embargo, la masa de activos “basura” de los cuales deberá hacerse cargo la administración norteamericana es de una magnitud tal que no puede sino repercutir en la “salud” del propio Estado afectando su estabilidad fiscal y su credibilidad monetaria. La experiencia internacional enseña que parte de los costos de las crisis en el centro termina siendo pagada en la periferia. Ese sí es un riesgo cierto del que debemos ocuparnos.

A las tendencias recesivas, a la destrucción de demanda que provocará la crisis, habrá que responder protegiendo el nivel de actividad y el empleo locales. Si el bloque de intereses llamado “el campo” quiso instalar la idea de que el motor para la economía argentina debía ser la demanda china y europea de soja, es hora de reestablecer la sensatez. Sacar al país del riesgo que proviene del Norte es proteger nuestra producción de los capitales especulativos y de la competencia desleal, profundizar nuestra integración regional, fortalecer las capacidades productivas de la economía y expandir la demanda interna promoviendo que todos los compatriotas tengan acceso a un ingreso digno.

* Investigador UNGS.

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