EL MUNDO › IL CAVALIERE HA PERDIDO SU AURA A FUERZA DE GESTIONAR CASOS INAUDITOS DE CORRUPCION

Italia, en la recta final del berlusconismo

Para muchos italianos, entre 1994 y 2010 se produjo una vuelta a los ’80: los nombres de las redes mafiosas de esa época vuelven a circular. Mientras los escándalos se acumulan, la popularidad del premier llega a lo más bajo.

 Por Eduardo Febbro

Desde Roma

“Berlusconi, capitalista, ladrón y antiinmigrantes.” El africano que recorre con un sombrero en la mano las callejuelas que desembocan en la Piazza Navona consigue la adhesión inmediata de los comerciantes italianos que fuman un cigarrillo en la puerta de los negocios. En un barrio menos turístico de Roma, una frase pregonada así por la calle hubiese provocado un tumulto de aprobaciones. Italia vive la recta final del berlusconismo. Il Cavaliere ha perdido su aura a fuerza de gestionar casos inauditos de corrupción. También perdió a quien fuera su mejor aliado, Gianfranco Fini, el hombre que supo transformar la herencia fascista en un partido con rostro lavado, Alianza Nacional, y con quien Berlusconi fundó el partido Pueblo de la Libertad, PDL. Ambos sellaron su divorcio hace diez días con la expulsión de Fini y la posterior reubicación de éste en la oposición como eje de un llamado “tercer polo”, que tiene muchas cartas en la mano para desalojar al imprevisible Berlusconi.

Il Cavaliere llegó al poder hace 16 años impulsado por un poderoso sistema mediático que le pertenece y la eterna pero inconclusa promesa de poner término a la corrupción y a la fragmentación atávica del esquema político italiano. El hombre fuerte, que debía pacificar la galaxia de mafias, corporaciones, castas, sindicatos, familias poderosas, clanes políticos y judiciales y ramas divergentes de partidos, deja a Italia en el mismo estado de tragedia grecorromana. Con una izquierda hecha añicos por las divisiones y pulverizada en pequeñas y grandes formaciones políticas, con el centro y la derecha diseminados por la operación “Mani Puliti” llevada a cabo en los años ’90 por el juez Antonio Di Pietro, Berlusconi llegó como Mussolini: con el aura de un hombre fuerte que podía estabilizar al país.

Lo apoyó la sociedad, la elite del catolicismo, los empresarios y parte de la izquierda socialista que había perdido todas sus ilusiones en el fango de la corrupción que destruyó al desaparecido Partido Socialista Italiano de Bettino Craxi. Para muchos italianos, entre 1994 y 2010 se produjo más bien una vuelta a los ’80. Los nombres de las redes mafiosas de esa época vuelven a circular, ahora reactualizados bajo la sigla P3. Esta logia sería la sucesora de la logia masónica P2 compuesta en los años ’80 por hombres políticos y miembros de los servicios de seguridad del Estado, a quienes se acusó de crear un Estado dentro del Estado.

En los últimos dos meses, Nicola Cosentino, subsecretario de Economía, se convirtió en el tercer miembro del gobierno que renunció a raíz de su implicación en casos de corrupción. Claudio Scajola, ministro de Industria, presentó su dimisión en julio y Aldo Brancher, ministro federal, lo hizo en mayo. Cosentino es, junto al subsecretario de Justicia, Giacomo Caliendo, un caso emblemático de la parábola del berlusconismo. Cosentino y Caliendo figuran como miembros de la logia P3 y artífices de una amplia red de influencias que manejó la designación de jueces y miembros del Consejo Superior de la Magistratura y se las arregló para llevarse las licitaciones públicas. Si Cosentino renunció, Caliendo empujó el absurdo hasta mantenerse en el gobierno y atravesar airoso una moción de censura presentada por la oposición contra él.

Berlusconi y sus ejércitos claman su inocencia y acusan a la Justicia y a la prensa de protagonizar “una caza de brujas”. Pero los escándalos se acumulan a un ritmo oprobioso. El Banco de Italia reveló la semana pasada que había descubierto graves irregularidades en la gestión del Crédito Cooperativo Florentino, un banco presidido por Denis Verdiniel, coordinador nacional del partido de Berlusconi, el Pueblo de la Libertad. Magistrados, empresarios, parlamentarios, policías: ningún sector escapa a las sospechas y a las acusaciones graves. Hasta el presidente de la Corte de Apelaciones de Milán fue señalado por presionar a la Corte Constitucional a fin de que valide una ley que le ahorra a Berlusconi los juicios durante su mandato. Ante este arrollador panorama, Il Cavaliere movilizó a los miembros de su partido con el objetivo de lanzar la operación “Para no olvidar”. La meta consiste en “recordar” a la sociedad todo lo que Berlusconi hizo desde que llegó al poder en 1994.

Sin embargo, Italia se desliza en un mar de evidencias: la corrupción y la infiltración de las redes mafiosas en el aparato del Estado son una herencia reactualizada del berlusconismo. La colusión de intereses es una moneda corriente y, de una u otra forma, todo conduce a las orillas de la Presidencia del Consejo. La torta es cremosa y hay que repartirla entre los amigos, así se trate de las licitaciones públicas para la reconstrucción del L’Aquila, de los trabajos para los festejos de los 150 años de la unidad italiana, del desarrollo de la energía eólica en Cerdeña o, peor aún, del arraigo de la mafia calabresa, la N’Drangheta, en la región Lombarda. Ante la nueva ola de escándalos que afecta a sus allegados y roza su persona, Berlusconi utilizó los términos que había empleado en 2009 cuando su vida privada fue expuesta en público por una prostituta: Il Cavaliere habló de “campaña sucia”, de “intento de golpe de Estado”, de “tentativa de desestabilización”, de “manipulaciones políticas interesadas”, de “jueces comprados por la oposición”.

En menos de dos años, la popularidad del fallido unificador cayó en picada y pasó del 60 por ciento en 2008 al 40 por ciento actual. Italia se ha acostumbrado al mal de la corrupción y a los diarios intentos del poder por aprobar leyes que cubran todo con el silencio. El presidente de la república, Giorgio Napolitano, dijo hace poco que “Italia cuenta con los anticuerpos para resistir a la corrupción”. El mandato de Silvio Berlusconi es hasta 2013. El guión estaba escrito hasta finales de julio, pero la historia cambió de rumbo con dos golpes sucesivos: la ruptura entre Gianfranco Fini y Berlusconi y la moción de censura contra el subsecretario de Justicia.

Lo primero dejó a Berlusconi sin otro apoyo que el de los xenófobos de la Liga del Norte. Lo segundo plasmó una situación “a la italiana”: Berlusconi salvó a funcionario y a su gobierno, pero se quedó sin la mayoría necesaria para terminar en paz su mandato. La centroderecha de Fini creó un grupo disidente, Futuro y Libertad, con suficiente poder y disciplina como para forzar, junto a la centroizquierda, la creación de un “gobierno técnico” hasta las próximas elecciones. Italia le ha perdonado muchas cosas a Berlusconi: historias sexuales, corrupción. Sin embargo, no parece dispuesta a pasar por alto el hecho de que Il Cavaliere no haya sido capaz de unificar y poner orden. La tragedia italiana ha vuelto a repetirse con una intensa puntualidad.

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Silvio Berlusconi llegó al poder hace 16 años impulsado por un poderoso sistema mediático del que él era parte.
Imagen: EFE
 
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