EL MUNDO › OPINION

La naturaleza de los procesos destituyentes

 Por Ariel Goldstein *

A raíz del reciente golpe en Paraguay donde se destituyó al mandatario Fernando Lugo, ha surgido un debate importante para nuestra actualidad latinoamericana como es el de la naturaleza y las características de los “nuevos procesos destituyentes” –tomando la expresión de Nicolás Casullo– en nuestra región. Analizando el fenómeno, podría ser posible detectar ciertas características comunes que es posible identificar en el tipo de argumentaciones a las cuales recurren las oposiciones y algunos medios de comunicación para propiciar estas crisis. Estas argumentaciones se producen –en distinto orden de aparición según el contexto– tanto en los casos “fallidos” como “exitosos” de intentos de destitución, ya que luego parece ser la correlación de fuerzas lo que define la efectividad de estas operaciones:

a) Descalificación por “incapacidad” de los mandatarios: especialmente acentuada cuando provienen –y son expresión– de los sectores populares: “No sabe ni puede gobernar, hay que devolver el poder a quienes realmente pueden conducir este país”. Este argumento elitista suele ser contradictorio, puesto que la “incapacidad” del mandatario remitiría a dos aspectos: fomentar el desorden por su “incapacidad para contener a los movimientos sociales”, lo que sería expresión de una “falta de autoridad” para gobernar así como de complicidad con los “subversivos”, al mismo tiempo que se resalta el “autoritarismo” del gobierno, por su falta de apertura a las propuestas de los sectores conservadores. Esta situación provocaría en la sociedad un “enfrentamiento” que colocaría “argentinos contra argentinos”, “brasileños contra brasileños”, etc. y que extraviaría las raíces de una supuesta historia nacional consensuada y sin conflictos en su interior.

b) La ideología de estos mandatarios es exhibida como una máscara para ocultar oscuros intereses inconfesados: se construye una narrativa donde la ideología sería el pretexto para la concentración del poder, la corrupción y la riqueza de estos mandatarios y sus aliados, una narrativa de la “impostura” que aspira a encontrar detrás de cada declaración o acción de estos gobiernos la prueba de la falsedad.

c) Se produce una asociación, cuando resulta posible, de estos gobiernos con las experiencias radicales construidas negativamente por estos mismos medios del tipo “el PT y su relación con las FARC”, “Ollanta Humala, réplica de Chávez” que provocan expresiones como “Cristina: andate con Chávez”, “no queremos otra Cuba”. Se demoniza primero una experiencia política para luego asociar a todos los mandatarios de otros países a la misma, de forma descontextualizada y como otra demostración de “cuán ajeno es este gobierno a nuestro ‘ser nacional’”.

d) Una vez realizadas estas operaciones –que por supuesto, no se agotan con las aquí descriptas– en las cuales suelen retroalimentarse los argumentos de ciertos medios y de las oposiciones, sobreviene “un acontecimiento”: el Mensalao en Brasil, el conflicto agropecuario en Argentina, el referéndum de Zelaya en Honduras, el motín policial en Ecuador, el enfrentamiento de Caraguaty en Paraguay y así...

Este “acontecimiento” es utilizado como la prueba que confirma todo aquello que se señalaba previamente de forma reiterada y sistemática. Prueba del “autoritarismo” y de la “falta de autoridad” que trae como resultado el “desorden” y el “conflicto”, prueba de la “chavización” y prueba de la “impostura del gobierno”. A estas alturas, si esta narrativa ha logrado constituirse en sentido común en sectores importantes de la población –especialmente sectores medios-altos relacionados con la formación de opinión pública– la destitución “aparece” como la “confirmación” del proceso de erosión de la legitimidad presidencial previamente producido y “confirmado” a partir de este último acontecimiento.

Retomando una expresión de Pierre Bourdieu, las argumentaciones destituyentes operan al modo tautológico de la “profecía autocumplida”: “porque no tiene legitimidad debe ser destituido, fue destituido porque perdió legitimidad”. Finalmente, el éxito de los actores conservadores que construyen estas narrativas estriba en su capacidad para borrar las propias marcas de su intervención en estos procesos, apareciendo luego como “inocentes espectadores” que “observaron con consternación” los acontecimientos, pero ahora ya “están listos” para hacerse cargo de los destinos del país.

* Sociólogo (UBA). Becario Conicet en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (Iealc).

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